martes, 8 de noviembre de 2016

Mirarnos por dentro

Por: Rolando López del Amo

Que las fuerzas imperialistas de los Estados Unidos de América y sus aliados y servidores han tratado y seguirán tratando de liquidar  a la Cuba independiente y revolucionaria es algo muy evidente. Lo que no es tan evidente es que encuentren aliados inesperados dentro de lo que quieren destruir.

Pongamos un ejemplo. Si en el puerto de La Habana se acumulan mercancías que el país ha importado y se dejan allí  deteriorándose y no se distribuyen a los que deben recibirlas y se permite, además, que se echen a perder y queden inservibles, esta inacción se convierte, objetivamente, en un sabotaje a la economía nacional.

Si añadimos que a la pérdida de lo pagado por esas mercancías se une que hay en el puerto barcos pendientes de atracar al muelle para descargar otras mercancías, pero no pueden hacerlo porque los almacenes están llenos y hay que pagar, innecesariamente, miles de dólares diarios a dichos buques por el tiempo que están perdiendo y que, finalmente, los estibadores del puerto se quedan sin trabajo y sin ingresos por esta paralización, veremos cómo el daño económico crece en detrimento de los intereses de la nación. Si a esto se le suma que los responsables de tal desastre permanecen impunes, estamos frente a una situación que los más diestros agentes enemigos, oficiales y colaboradores de los servicios de inteligencia de los EEUU difícilmente pudieran planear y ejecutar mejor. 

Lo expuesto anteriormente me permite resaltar la importancia y la justeza de la advertencia hecha
por el máximo dirigente de la revolución cubana en el Aula Magna de la Universidad de La Habana hace once años acerca de que los revolucionarios podrían destruir la revolución.

Esto me hizo recordar  cómo el primer Estado socialista establecido en el siglo XX, la antigua URSS, se desintegró después de casi tres cuartos de siglo de existencia y dio paso a un capitalismo salvaje y hasta la ilegalización del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Claro que los responsables directos de tales acontecimientos no fueron los revolucionarios que tomaron el poder durante la Revolución de Octubre de 1917, pero sí sus sucesores dentro del propio partido revolucionario.

Pero, ¿cómo es que los revolucionarios pueden destruir su propia obra? Descontemos que sea esa su voluntad o su intención, salvo que se hayan pasado al campo enemigo y finjan seguir siendo revolucionarios. Me referiré a quienes no son traidores ni agentes enemigos.

Se puede destruir la revolución, sobre todo, desde el poder, si se aplican políticas erróneas que, en lugar de beneficiar al pueblo, lo perjudiquen. Las decisiones que se adoptan desde el poder central afectan a toda la nación.

Tales decisiones pueden ser producto de la ignorancia, el desconocimiento, la incapacidad de quienes las toman y son el resultado, por ejemplo,  de una deficiente política de cuadros, de promociones no basadas en el mérito. De un mal estilo de trabajo  y del descontrol administrativo. 

Esto ocurre cuando se rompe el vínculo permanente que debe existir entre gobernantes y gobernados. Si quien dirige es víctima de la arrogancia y se considera a sí mismo superior e infalible, deja de escuchar las opiniones ajenas, se distancia de los dirigidos y pierde la capacidad de evaluar objetivamente los resultados de sus acciones.

Este mal se multiplica cuando se extiende, como pandemia, por las distintas esferas del poder, creándose una casta burocrática diferenciada del pueblo por las regalías del poder. El modo de pensar y de actuar de estas personas se va disociando del resto, especialmente de la masa trabajadora del país. Casi se convierten en una nueva clase, no por lo que poseen, sino por lo que administran como si fuera su propiedad. 

Como en nuestro país el grueso de la economía es propiedad estatal y se maneja muy centralizadamente, los funcionarios tienden a preocuparse más por contentar a sus jefes superiores que en rendir cuentas a la población. Y así se crean las condiciones óptimas para la corrupción y la mala administración.

La ignorancia, la falta de preparación, el egoísmo, el amiguismo,  la indolencia, la insensibilidad, la desidia, la falta de previsión, la deshonestidad, la superficialidad, la falta de rigor, el descontrol de los recursos,  el desamor por el interés general, son, entre otros,  ingredientes que, sumados y mezclados,
forman el explosivo para implosionar un proyecto revolucionario.

El análisis introspectivo permanente es un buen hábito para los revolucionarios. Revisar las deficiencias propias y proponerse corregirlas es algo importante. Y lo es, muy especialmente, para quienes ejercen responsabilidades de dirección. 

Lo primero que debe recordarse es que todos los seres humanos somos importantes, pero ninguno imprescindible, porque hasta el más valioso no escapará de la muerte. No por gusto los revolucionarios más destacados de la época contemporánea, digamos Martí o Lenin, insistían en la necesidad de combinar las direcciones colectivas con las responsabilidades individuales. El indispensable centralismo a distintos niveles debe conjugarse armoniosamente con la democracia. Centralismo democrático y no burocrático. Solo la participación activa, consciente y empoderada de la población es el antídoto contra las enfermedades derivadas del ejercicio del poder.

Todos los funcionarios, todos sin excepción, son servidores públicos y deben rendir cuentas de su labor y recordar que su cargo es eso, un servicio público y está obligado a responder e informar de lo que hace al pueblo al que representan. 

Quien sienta que no puede con la tarea para la que se le ha nombrado, debe reconocerlo y pedir su reemplazo.

Las revoluciones sociales se hacen para mejorar la vida material y espiritual de las personas en general. No para mejorar la condición de los revolucionarios, sino de toda la población, incluidos los revolucionarios.

En ese intento, la primera batalla es vencer la propia ignorancia. Ya Martí había prevenido que la ignorancia era el problema más serio que enfrentaban los que tenían de su lado la justicia. A partir de esa idea, Fidel insistió desde el principio en la alfabetización de todo el país, después en la campaña por el sexto grado, la educación obrero-campesina, la universalización de la universidad, en fin, en la educación masiva del pueblo.

El buscaba una educación integral que incluyera también las artes y los deportes. Pero, como advirtió José Martí, las revoluciones hay que hacerlas con los hombres como son y no como deberían ser.
Y en esa batalla por ser como deberíamos ser, en ese esfuerzo de superación humana constante, radica una de las mejores armas para salvar la obra revolucionaria y continuarla.

Pero para que eso sea efectivo, como para todo lo demás, los dirigentes tienen que ser el ejemplo a seguir. 

Cuando frente a la amenaza del ciclón Matthew el compañero Raúl, nuestro Presidente, se traslada al oriente del país para desde allí organizar y controlar el trabajo de preparación y prevención y después el de inicio de la reconstrucción, está dando el ejemplo de la conducta a seguir. Frente al peligro, junto a su pueblo.

Ese es el mejor modo de educar.

De lo que se trata es de que la grandeza de las ocasiones excepcionales se convierta en la norma de cada día, en el callado heroísmo cotidiano que, finalmente, decide el devenir. Esto lo señaló, tempranamente, el Che.

Que cometamos errores es normal. Lo que no es normal es insistir en ellos. Por eso el principio enarbolado por Fidel de cambiar todo lo que deba ser cambiado, lo que hemos hecho y no funcionó bien o ya no funciona porque las circunstancias son otras.

Tenemos un objetivo declarado: lograr una sociedad socialista próspera y sostenible. Para ello existe ya un conjunto de ideas. De lo que se trata ahora es de cómo lograrlo en la práctica.

Los resultados de lo planeado lleva un tiempo de realización. Hay plazos cortos, medianos y, finalmente, largos. Pero los resultados tienen que irse sintiendo desde el presente, pues las personas tienen una sola vida conocida y aspiran a que esta sea lo mejor posible. Si no ofrecemos una respuesta adecuada, las personas buscan otra opción que, en primer término, es la emigración. Y esta última nos cuesta una pérdida considerable de conocimientos y energías juveniles, de inversiones realizadas. 

Las mentalidades obsoletas sirven a los enemigos de nuestros sueños por un mundo mejor, por la sociedad próspera que deseamos y merecemos. 

Hay que destrabar todo lo que frena el desarrollo de nuestras fuerzas productivas en lo interno. Hay que luchar contra eso con la misma fuerza que lo hacemos contra el criminal bloqueo imperialista. 
El deber de los revolucionarios es hacer la revolución y hacerla bien.