lunes, 6 de junio de 2016

Sobre el modelo económico social cubano

Por: Rolando López del Amo

Ya están disponibles los documentos aprobados, en principio, por el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba. Basta una primera lectura al documento titulado Conceptualización del modelo económico-social cubano para comprender el enorme esfuerzo realizado para unir y sintetizar lo que constituye, prácticamente, la base programática de la construcción de nuestro socialismo. A veces puede ser un tanto reiterativo, pero aquí lo que abunda no daña. 

A propósito del asunto deseo exponer el siguiente comentario.

El modelo económico-social cubano está inspirado en los estudios  científicos de Carlos Marx y Federico Engels que defendían  la posibilidad de lograr, a escala global, una sociedad en la que los seres humanos aportaran lo mejor de sus capacidades y recibieran a cambio la satisfacción de sus necesidades materiales y espirituales razonables. Para llegar a este punto resultaba indispensable un elevado desarrollo de las fuerzas productivas y un alto grado de conciencia social, incluyendo la desaparición de la división de la sociedad en clases y la extinción del Estado como medio de dominación de unas clases sobre otras y su conversión en un medio para la administración de las cosas.


En la etapa actual, el mundo está aún lejos de alcanzar tal estadío y los niveles de desarrollo entre países y dentro de los países mismos son muy desiguales, lo que no hace posible una solución global como soñaban Marx y Engels. Ellos hablaron de un período de transición entre el capitalismo y el comunismo,  al que denominamos socialismo, en el que los seres humanos aportaran a la sociedad según sus capacidades y recibieran a cambio un pago según la cantidad y calidad de su trabajo. En esa etapa de transición se inserta el modelo cubano.

La posterior experiencia rusa de 1917, bajo la dirección de Lenin, continuador del ideario de Marx y Engels, apostó por la construcción del socialismo en un solo país y no en todos a la vez.  Lenin comprobó, después de tomado el poder político,  que esa construcción socialista requería de una poderosa base económica sin la cual no era posible poner en práctica los ideales marxistas. Para lograr este objetivo comprendió que resultaba necesaria una política económica que desatase todo el potencial de las fuerzas productivas del país, junto con la aplicación de la ciencia y la técnica más avanzadas y contar con los recursos económicos para crear los medios de producción necesarios, en un país que no era de los más avanzados y estaba devastado por la guerra y el aislamiento internacional. Por eso Lenin propuso la Nueva Política Económica que estaba abierta a todas las opciones en materia económica: inversión privada extranjera y nacional, capitalismo de Estado, cooperativas, etc.

Decenas de años después esta política fue seguida, exitosamente, por China y Vietnam. En los tres casos, el proceso se realizó bajo la dirección de los respectivos partidos comunistas de esos países.

Cuba, con una revolución socialista victoriosa que en sus primeros treinta años se benefició del apoyo de un campo socialista europeo encabezado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas al cual estuvo integrada económicamente, pudo así sobrevivir a las agresiones militares y de diversa índole de los EEUU y los rigores del bloqueo económico, financiero y comercial que nos impuso. Con la súbita desaparición de ese mundo socialista, Cuba perdíó su apoyo fundamental.  Se inició entonces un período extraordinariamente difícil del que aún no hemos salido totalmente, aunque sus efectos son menos severos que en la etapa inicial.

La actualización de nuestro modelo económico- social se inspira en nuestros  objetivos iniciales y en las experiencias de otros países hermanos para lograr la indispensable prosperidad económica sin la cual no hay socialismo posible.

El socialismo cubano

El socialismo cubano ha sido el garante de las grandes aspiraciones de la nación cubana desde sus orígenes: independencia nacional y justicia social Esto incluye la posición anticolonialista, antiimperialista, internacionalista y de respeto a la más plena dignidad humana, sin exclusiones. La revolución nacional se hizo siempre para la prosperidad de los ciudadanos, sin la cual no se pueden desarrollar las cualidades mejores de los individuos. Una prosperidad sin egoísmo y hermanada al estudio y al trabajo, defendida por el fusil de un pueblo de soldados patriotas con sentimiento de humanidad como patria mayor.

Ese pensamiento revolucionario está condensado en la obra del Apóstol, José Martí.

La etapa actual

Aunque la posición internacional de Cuba hoy se torna crecientemente más favorable, todavía está bajo la presión del bloqueo económico, financiero y comercial de los EEUU, que aplica con saña su carácter extraterritorial para procurar el aislamiento de Cuba e impedir su desarrollo económico. Esta es una circunstancia que no puede obviarse ni tampoco permitir que, internamente, se utilice como excusa para justificar insuficiencias ajenas al mismo.

Cuba se plantea un modelo económico-social que sea próspero y sostenible, lo que implica hacerlo eficiente en su funcionamiento a partir de nuestras condiciones nacionales y cuidando de no dañar el medio ambiente. . Esto implica la más óptima utilización de nuestros recursos, ya sean humanos o materiales. Implica también el dominio y utilización de la ciencia y la técnica más avanzadas, una planificación correcta de nuestros recursos y objetivos, con sentido realista y máxima honestidad y diligencia en todo nuestro trabajo.

Nuestro modelo busca el necesario equilibrio, la armonía  entre los intereses del individuo y de la sociedad en su conjunto, que es la base del pensamiento socialista de Marx y Engels. Nuestro modelo tiene que enfrentarse, simultáneamente, a la pobreza y a la excesiva concentración de la riqueza en pocas manos. La prosperidad básica para el ciudadano consiste en que pueda tener una vivienda decorosa, con servicios de electricidad y agua corriente, con el mobiliario y los equipos eléctricos y electrónicos normales de la vida moderna, disponer de una alimentación adecuada, poder vestirse y calzarse, tener un trabajo útil que le proporcione sus ingresos, acceder a servicios de salud y educación, a la cultura y el deporte, al descanso y vacaciones anuales, a una recreación adecuada, a visitar y conocer otros países,, a disponer de un transporte colectivo eficiente. 

Por las razones anteriores defendemos la propiedad social sobre los medios de producción fundamentales y los recursos naturales, aunque comprendemos que  esta justa idea requiere de la existencia de una elevada conciencia social que se logra en la medida en que eduquemos a la población y que los productores de bienes y servicios se sientan comprometidos y vean como suya esa propiedad social. Si un trabajador de una empresa social productora de bienes o servicios recibe ingresos mayores o menores de acuerdo con los resultados del trabajo, se sentirá más comprometido con lo que hace y su existencia social actuará sobre su conciencia. Pero hay otras áreas de la actividad social que tienen otro carácter no vinculado a la producción de bienes materiales: administración, servicios educacionales, servicios médicos, en la que los estímulos materiales deben entregarse de otra forma, que tenga en cuenta otros méritos tales como la superación profesional, los resultados de su trabajo, los años de servicio, la disciplina laboral, etc. , más una consideración especial por la importancia social de su labor, especialmente en los casos de la educación y la salud pública y la defensa y el orden interior. 

De lo que se trata es de premiar el mérito moral y materialmente, como hacen, por ejemplo,  nuestras Fuerzas Armadas.

Nuestro modelo contempla también la propiedad colectiva, las cooperativas que tanto elogiaron Marx y Lenin. Y también la actividad privada, hasta el nivel de pequeña o mediana empresa.  

Otro aspecto de nuestro modelo es la empresa mixta de propiedad social y participación privada. Y el modelo alienta también la inversión privada extranjera en áreas de nuestro interés porque ellas aportan capital que no tenemos, tecnologías y mercados y contribuyen a la creación de empleos y al desarrollo económico del país.

Para que el modelo sea armónico necesita de la planificación de la economía nacional, sin negar el papel que desempeña y desempeñará el mercado mientras los valores de uso que se producen sigan siendo valores de cambio y exista el dinero como valor común de medida.

Nuestro modelo está consciente de que en el período del socialismo habrá diferencias de ingresos monetarios entre los ciudadanos, pero estas deben ser fruto del trabajo, del esfuerzo, del aporte cuantitativo y cualitativo que los ciudadanos hacen a la sociedad. Y, de ninguna manera, se permitirá la excesiva concentración de riquezas en unas solas manos, porque el exceso de unos supone desposeer a otros de la distribución del producto social. El nuestro no es un modelo capitalista, sino socialista, que en su larga transición al sueño originario, sabe que tiene que utilizar diversos  medios para construir la nueva casa, con un piso decoroso para la vida humana, y un techo que ponga límite a los excesos de acumulación. Para ello están las leyes y los sistemas impositivos de recaudación, que han de ser proporcionales a los ingresos.

Aunque somos un archipiélago, formamos parte de un continente y de un planeta y dentro de esa geografía, interrelacionados, debemos vivir. Nuestra individualidad tiene que convivir con el resto, diverso, variado, presente.

Para sostener nuestro ideal de justicia social, el poder del pueblo debe ejercerse participativamente. Como todos no podemos dirigir el país a la vez, tenemos que delegar esa responsabilidad en personas electas por todos por un período determinado, pero bajo permanente supervisión y control.  Nuestro modelo implica una sociedad profundamente democrática, de personas que piensan y se expresan con libertad y responsabilidad. Con un gobierno, en sus distintos niveles, de servidores públicos electos para trabajar con todos y para el bien de todos los ciudadanos de la república.

Pero este modelo necesita un elemento cohesionador, una base de ideas y propósitos compartidos por el conjunto de la sociedad y que constituya, por sus objetivos, su calidad, inteligencia y ejemplaridad, la fuerza motriz del modelo económico, social y político. La fuerza espiritual reconocida, respetada y deseada. Esa fuerza es el Partido Comunista que, si lo integran los ciudadanos reconocidos por los demás como las personas más idóneas, puede actuar como la necesaria vanguardia que abre camino al modelo de bienestar y dignidad que nos proponemos lograr.

Para el éxito de nuestro modelo, el Partido Comunista ha de ser su promotor y garante, su inspiración y acicate. El ejemplo a seguir.