miércoles, 25 de mayo de 2016

LECCIONES ECUATORIANAS

Por: Jorge Gómez Barata 

Al presentar su último informe a la nación en calidad de presidente de Ecuador, Rafael Correa ha realizado el balance de nueve años de gestión, en la cual ha liderado lo que él mismo llamó una “Revolución Ciudadana” indudablemente exitosa, ejemplarmente moderada e inequívocamente democrática.

Bajo su conducción, a pesar de la enconada hostilidad de los sectores oligárquicos, la derecha conservadora, la partidocracia tradicional y la entente formada por los grandes medios de difusión masiva, la crisis económica y la caída de los precios del petróleo, el país creció no solo económicamente, sino en todos los aspectos, se estabilizó, adquirió confianza en sí mismo y en sus capacidades. 


Al asumir la presidencia Rafael Correa heredó un país en el cual la crisis política parecía haberse convertido en endémica. Entre 1996 y su toma de posesión en 2007 hubo en Ecuador nueve presidentes y una junta militar. Al entregar la banda presidencial, dejará como legado, un país floreciente, seguro y plenamente integrado a las corrientes avanzadas del continente y el mundo global. 
  
En completa armonía, sin presos políticos y sin un solo acto de represión, Rafael Correa cederá la conducción del estado a quien resulte electo, lo cual es consecuente con la esencia y la lógica del proceso institucional.  

El desempeño político en Ecuador pone de manifiesto aspectos esenciales del actual devenir latinoamericano y es propicio para realizar precisiones que pudieran ser necesarias de cara a la coyuntura en la cual las fuerzas progresistas y de izquierda de la región han cedido posiciones mientras la derecha conservadora, gana espacios en Venezuela, Argentina, Brasil y Bolivia. 
  
Cualquier reflexión deberá no solo lamentar y explicar, sino asumir posiciones para revertir la situación y recuperar la iniciativa estratégica, en lo cual es de vital importancia abordar la cuestión de la estructuración y el papel de las vanguardias, los liderazgos y las administraciones. 

Al respecto es pertinente recordar que los procesos democráticos no siempre necesitan líderes de talla histórica y perfil mesiánico, sino que, en general basta con mandatarios con razonable respaldo popular, capaces de generar ciertos consensos y competentes para administrar el país y conducirlo durante un periodo. Líder y presidente son categorías, no solo diferentes sino difícilmente intercambiables. 

El liderazgo que a veces proviene de circunstancias más o menos fortuitas y de actitudes personales irrepetibles, no se traspasa ni se hereda y si bien es legítimo inspirarse en ellos tanto como en los próceres, no suele ser eficaz tratar de imitarlos o de hacer lo que nos parece que ellos hubieran hecho. Las direcciones de China y Vietnam comprendieron esa diferencia y Raúl Castro fue categórico: “Fidel es Fidel”. 

Las reflexiones de fondo al interior de la izquierda pudieran incursionar también en la naturaleza, las funciones y las posibilidades de las organizaciones, en especial de los partidos y los movimientos sociales, algunos de los cuales, como son los casos del Frente Para la Victoria en Argentina, el Partido Socialista Unido de Venezuela, el Partido del Trabajo en Brasil y el Movimiento al Socialismo en Bolivia, a pesar de ser grandes formaciones políticas, contar con cuadros y experiencias, no estuvieron a la altura. 

Tal vez convenga recordar la afirmación de Lenin: “La seriedad de un partido revolucionario se mide por la actitud antes sus propios errores…” Allá nos vemos”.