miércoles, 18 de mayo de 2016

EL PARTIDO Y EL PODER

Por: Jorge Gómez Barata

Es probable que las reflexiones sobre la dialéctica entre el partido y el poder de la época bolchevique, deban ser retomadas en Latinoamérica, donde ante la Nueva Izquierda se plantea la necesidad de compaginar la gestión de gobierno con el desarrollo y fortalecimiento de estructuras que aporten consistencia y profundidad al apoyo popular expresado en las urnas.

Una peculiaridad del actual proceso político latinoamericano es el modo sorpresivo como una hornada de líderes progresistas, sin contar con organizaciones nacionales que los sustentaran alcanzaron la presidencia, otorgando al movimiento denominado Nueva Izquierda un perfil gubernamental.  



Ese giro, iniciado con la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela, y ampliado posteriormente a media docena de países, convirtió en presidentes a líderes populares emergentes, cuyos programas se basaban esencialmente en la promoción de la justicia social y el progreso nacional.

El apoyo electoral, casi siempre inferior al 60 por ciento del electorado, habilitaba a los liderazgos para avanzar a ritmos moderados, sin plantearse metas cuya realización exigiera transformaciones sistémicas. Menos aún proponerse la construcción del socialismo, proyecto en torno al cual, en las presentes circunstancias, es difícil generar consensos nacionales.

Incluso en los casos en que las metas son menos ambiciosas, es evidente que constituyen tareas para cuya realización no alcanza uno ni varios períodos electorales, ni pueden ser resueltas en los marcos de las constituciones y las leyes vigentes. Esa peculiaridad obligó a forzar realidades, improvisar, y ampliar, sin consenso social y de modo autoritario, los horizontes de los procesos.

Esa redefinición de metas, aunque justas frecuentemente desmesuradas, condujeron a las administraciones progresistas a intensos debates nacionales, a posiciones excesivamente radicales, a la elevación exagerada del gasto público. A la vez tuvieron que lidiar con problemas inéditos, enfrentar poderosas fuerzas opositoras, incluido el capital, los gobiernos extranjeros y la entente mediática, además de la necesidad de persuadir a los propios beneficiados. 

Mientras presidentes, ministros y cientos de otros cuadros se hacían cargo de administrar y gobernar países enormes y de gran complejidad, y conducir difíciles relaciones con gobiernos extranjeros, se dedicaba poco tiempo y talento a la atención de las organizaciones sociales y políticas, y al trabajo de masas que no se conduce a distancia ni se realiza solo con discursos y apelaciones, sino que necesita de constancia, métodos, esfuerzos organizativos, políticos e incluso docentes, enormes.

Más de cien años atrás, en su trabajo ¿Qué Hacer?, Lenin enfatizó en la necesidad de distinguir entre la organización de los revolucionarios, es decir el partido, y las organizaciones obreras, esto es, los sindicatos. Ello era necesario para esclarecer las peculiaridades de las luchas sindicales, enfocadas en asuntos salariales y laborales, y las batallas políticas que aludían al poder. Tal vez con las organizaciones populares ocurra algo semejante.

Obviamente, aquellos debates carecen de vigencia, excepto como referentes, para establecer algunas analogías y tomarlas como puntos de partida, al tratar de entender fenómenos políticos enteramente nuevos, entre ellos la inesperada llegada al poder en América Latina de lo que hemos llamado una “Nueva Izquierda”, y la necesidad de forjar herramientas para asegurar la sostenibilidad de sus proyectos políticos, viables únicamente desde el gobierno.

En cualquier caso las reflexiones urgen. Allá nos vemos.