lunes, 30 de mayo de 2016

DIÁLOGO ABIERTO

Jorge Gómez Barata
Por: Jorge Gómez Barata 

En las democracias liberales la coexistencia y el diálogo entre el gobierno y la oposición son constantes, no eventualidades. Normalmente no se trata de ejercicios de ocasión, sino del modo como opera el sistema. El ejecutivo y la oposición constituyen actores que, aunque integrados a un modelo político que asumen como válido, se reconocen como diferentes. Este entorno provee la infraestructura institucional y el marco jurídico para funcionar. 

Para los sectores progresistas y de izquierda, insertarse en esa dinámica y asumir sus reglas significa la oportunidad de alcanzar el poder y avanzar en la realización de sus programas. La apuesta implica costos y beneficios. Pretender disfrutar de algunos y desconocer otros no es posible. 


En Venezuela desde hace años se gestan situaciones anómalas, emanadas de una ambigua coyuntura caracterizada porque tales reglas no se rompen, aunque tampoco se aceptan por ninguno de los principales protagonistas, lo cual ha llevado a tratar de encontrar salida mediante la mediación foránea y el establecimiento en el extranjero de instancias para el diálogo político. 

Aunque ese paso es preferible a la incomunicación y al estado de virtual guerra existente, la iniciativa no deja de ser extraña y probablemente poco prometedora. Excepto que se propicie un rápido entendimiento y se promueva el retorno a alguna forma de normalidad institucional y avenencia mínimas. 

Aunque no se reconoce, la situación se relaciona con el error de confundir la victoria electoral, que habilita a gobernar; con el triunfo de una revolución, que permite avanzar en el cambio de sistema, proclamando como objetivo la construcción del socialismo, cosa que, de ninguna manera, ni en parte alguna puede realizarse en breves plazos ni con un país dividido.   

Al margen de los apretados resultados electorales con que ganó cuatro elecciones, el presidente Chávez poseía notable talento, carisma, dotes de orador, y capacidad de seducción, que lo convirtieron en un relevante fenómeno político, reforzado por una elevada capacidad de maniobra, lo que le permitió impulsar numerosos e importantes programas sociales. 

Desde los primeros momentos, su liderazgo adquirió dimensión continental, reforzada al coincidir con un momento de la política latinoamericana que favoreció la instalación de varios gobiernos progresistas con los que forjó alianzas, desempeñando un papel decisivo en la creación de nuevas instituciones y estructuras de colaboración e integración. 

Aún en la cumbre de su popularidad, Chávez enfrentó poderosas, activas y por momentos violentas fuerzas opositoras, que agruparon a las élites económicas, políticas y mediáticas, todas apoyadas desde el exterior. La definición como socialista de su proyecto alimentó prejuicios entre las clases medias, incluso entre las masas. 

Aunque bajo enormes tensiones, el líder bolivariano se las ingenió para administrar las crisis, cosa que al presidente Nicolás Maduro, electo en cerradas elecciones, y a sus colaboradores le ha sido extremadamente difícil.

Al saludar el diálogo con la oposición es preciso hacer votos porque sea breve, transparente y conclusivo, y permita regresar cuanto antes a la normalidad de las instituciones nacionales. 

Para el gobierno reconocer a la oposición no puede limitarse a admitir que obtuvo más votos, sino a respetar la decisión ciudadana, y crear condiciones para interactuar con las autoridades electas, al margen de que le simpaticen o no. En el caso de la oposición ejercer su victoria no puede significar sabotear al gobierno, sino probar que es apta y hábil para influir en un curso positivo para el país.

Acudir a la mediación foránea, aunque legítimo, es un recurso extraordinario, realizado de modo secreto y difícil de compartir por importantes sectores del país, que aspiran a que los asuntos de política nacional se ventilen en las instituciones que los representan. 

Toda dependencia del exterior pone en riesgo la soberanía, y evidencia limitaciones para cumplir la función asignada por la sociedad. Para unos gobernar, y para otros ejercer responsablemente la oposición. Allá nos vemos.