miércoles, 20 de abril de 2016

Reformas y revolución

Por: Rolando López del Amo

Gracias a Telesur hemos tenido la posibilidad de ver en vivo y en directo y a todo color, como decía un anunciante, la sesión de la Cámara de  Diputados  de Brasil  en la que se celebraba la votación nominal para decidir la continuación del proceso encaminado a impedir que la presidenta electa por la mayoría de los electores brasileños continúe en su cargo.

Cada uno de los votantes explicaba su voto antes de hacerlo. Aquello fue un desfile de carnaval verdaderamente ridículo y vergonzoso. Las razones para el voto contra Dilma eran argumentadas de formas tales como Dios me dijo que votara o lo hago por mis hijos y la familia o es en homenaje a mi tía Fulana. Era un espectáculo repugnante que pone de manifiesto el carácter de los políticos burgueses del país más grande de nuestra América. Me recordó la politiquería cubana de la época de mi niñez y adolescencia en el que Antonio, un hermano del presidente de la republica, Carlos Prío Socarrás, aspirante a la alcaldía de La Habana, utilizaba en su propaganda medallas con la imagen de la Virgen de la Caridad, como si la santa lo apoyara. Todos querían llegar al poder para robarse los fondos públicos, como aquel Ministro de Educación del gobierno de Ramón Grau San Martín, que se robó el presupuesto asignado a su Ministerio y se fue huyendo a los EEUU done construyó el estadio de béisbol de Miami.


Hay que decir que en materia de suciedad política nuestros vecinos del Norte son ejemplo. Basta con seguir la actual campaña para escoger a los candidatos a la presidencia del país o recordar la elección de George W. Bush gracias a las trampas que hizo en el estado de la Florida.

Pero volviendo a Brasil y lo que está ocurriendo en Latinoamérica va quedando claro que si las estructuras económicas de la oligarquía que ha dominado nuestros países por doscientos años y de las instituciones

públicas creadas a su imagen y semejanza se mantienen intactas, las fuerzas populares que lleguen al gobierno no tendrán muchas posibilidades de realizar los cambios necesarios y, sobre todo, de consolidarlos. 

Hoy en Brasil, la oligarquía, la plutocracia, los ricos, dominan la economía del país y los medios de comunicación de masas, lo inundan de mentiras repetidas cotidianamente para crear estados de opinión y que lo falso parezca cierto y embellecen y aúpan a personajillos politiqueros corruptos para que actúen en defensa de sus intereses.

  La clave del triunfo de la revolución cubana de enero de 1959 dirigida por Fidel fue que dejó sin poder económico, militar, político y mediático a las clases explotadoras. Se desmontó el Estado burgués. Solamente así se puede hacer una revolución. De otra manera, se pueden hacer reformas, pero estas durarán lo que convenga a los que disponen del poder real. Y eso lo podemos ver, actualmente, hasta en Francia, con el gobierno de un partido que se dice socialista. Poderoso caballero es Don Dinero, como advirtió el poeta español Francisco de Quevedo.

La izquierda latinoamericana necesita reflexionar para sacar las  conclusiones pertinentes.
La contrarreforma está en marcha. Argentina es el botón de muestra de lo que aspiran a hacer realmente las viejas clases dominantes. La esencia del pregonado cambio es volverlo todo atrás.
La lucha de clases no la inventó Carlos Marx.  Como tampoco inventó el carácter clasista del Estado. 
Con el príncipe danés creado por el genio de William Shakespeare podemos repetir el dilema encerrado en una simple frase: Ser o no ser.