viernes, 29 de abril de 2016

Omar Torrijos y su idea de un entero

Por: Rolando López del Amo

Hoy, domingo 24 de abril de 2016,  estaba recordando al general Omar Torrijos, a quien pude conocer personalmente a comienzos de 1973 durante una visita a Panamá como parte de una delegación de la Universidad de La Habana.  Entonces no teníamos relaciones diplomáticas y la fórmula que se encontró para este contacto fue una invitación del Rector de la Universidad panameña, Rómulo Escobar, hombre cercano a Torrijos. Viajamos en un avión de transporte de la fuerza aérea panameña.

Dos semanas pasamos en Panamá y lo recorrimos   hasta la provincia de Chiriquí, incluyendo  la frontera con Costa Rica. El día de regreso a Cuba, Torrijos se apareció en el aeropuerto a despedirnos y conversó con nosotros durante dos horas. El entonces Rector de la Universidad de La Habana, Hermes Herrera, le entregó a Torijos una edición de las Obras Completas de José Martí que le enviaba Fidel. Torrijos era un admirador de Martí.


Panamá, nuestra América y el mundo, siempre recordarán a Torrijos como el hombre que logró, junto al presidente estadounidense Jimmy Carter, los acuerdos que devolvieron a Panamá la soberanía sobre el canal que atraviesa el istmo. Pero los cubanos lo recordaremos, especialmente, por aquella emotiva afirmación suya ante los representantes de los gobiernos de la región, de que cada minuto de aislamiento de Cuba eran sesenta segundos de vergüenza continental. Omar Torrijos fue un precursor de lo que vendría después en materia de unidad latinoamericana y caribeña. Es una figura para recordar con agradecimiento.

En una ocasión, hablando sobre la necesidad de un partido político, dijo en broma algo que tenía un profundo significado: lo que hace falta no es un partido, sino un entero. Era su  modo de llamar a la unidad del pueblo junto a su dirección política.

Sabemos que en política, los partidos representan intereses de diferentes clases sociales y puede haber diversos partidos que representen a unas mismas clases. 

En el caso de Cuba, desde los tiempos de lucha contra el colonialismo español y el anexionismo a los EEUU, José Martí concibió la idea de un solo partido revolucionario cubano, que defendiera la independencia nacional como parte de la de toda nuestra América, el antiimperialismo y la paz mundial y, en lo interno, la más efectiva democracia participativa, la igualdad de derechos para todos los cubanos, la no discriminación por motivo alguno, la justicia social, las relaciones mutuamente ventajosas con los demás pueblos del mundo sin sujetarse a ninguno de ellos porque el que quiera ser libre en política ha de serlo también en los negocios. Todo sobre un fondo de aspiración a la fraternidad internacional, porque la patria no es más que una parte de la humanidad toda y la etnia, el idioma, el color de la piel son como ropa de quita y pon sobre la que subyace la esencial identidad humana.

El Partido Revolucionario Cubano de Martí fue, para decirlo con la frase de Torrijos, un entero. Y ese entero tuvo continuidad tres décadas después en nuestro primer Partido Comunista con Baliño, Mella y Fabio Grobart, también uno de sus fundadores que llegara después, como transmisor de la antorcha revolucionaria, hasta la fundación de nuestro actual Partido Comunista de Cuba, fruto de la integración del Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular, crecido con los hombres propuestos por el pueblo trabajador en asambleas de obreros ejemplares, cantera para la posterior selección de los nuevos militantes.   

Si se quiere dirigir un pueblo con un partido único, ese partido ha de ser un entero, uno que refleje los intereses de la nación en su conjunto, la unidad de lo diverso en un mundo que todavía vive dividido en clases sociales y es gobernado por un puñado de grandes ricos sustentados en descomunales desigualdades que condenan a la pobreza innecesaria a un número demasiado alto de seres humanos, negándoles la posibilidad de salir de ella mediante su esfuerzo y su trabajo. Un mundo marcado por una injusta acumulación de riquezas en tan pocas manos que no suman más del uno por ciento de la humanidad toda.

El capitalismo ha sido el régimen económico-social más productivo de la historia, pero castrado por la acumulación de riquezas en muy pocas manos, ahora a escala global. 

Los partidos comunistas surgieron como expresión de la lucha de la clase antagónica a la de los capitalistas, la clase de los proletarios, de los obreros propietarios solamente de su fuerza de trabajo. En el curso de la Revolución de Octubre en Rusia, los obreros comprendieron la necesidad de ser aliados de los campesinos y también de la intelectualidad revolucionaria, lo que amplió las bases del partido comunista. Pero la Rusia soviética, para subsistir, necesitó de capitales y tecnologías y tuvo que adoptar, a propuesta de Lenin, una nueva política económica en la que, bajo la dirección del Partido Comunista, existiera una economía mixta para crear las bases del desarrollo y la prosperidad necesarias en un país desangrado por la Primera Guerra Mundial, la invasión de numerosos ejércitos extranjeros y la guerra civil.

Esa experiencia fue retomada con éxito en la República Popular China y en Vietnam. Es una política con riesgos y contradicciones, pero indispensable para alcanzar la base material del ideal socialista. De esa forma, el Partido Comunista, sin olvidar su objetivo a largo plazo, debe incorporar a sus filas a otros sectores de la sociedad o, cuando menos, tener en cuenta también sus intereses. 

La aspiración primera de Marx y Engels era lograr armonizar los intereses del individuo con los de la sociedad en su conjunto. Y esa es la esencia humana de las ideas comunistas.

Cuba está iniciando el proceso de reformas que nuestros camaradas asiáticos ya han ido realizando. Sin copiar a nadie y cada cual según sus condiciones el objetivo perseguido es el mismo: un socialismo próspero y sostenible y no una restauración capitalista neoliberal. 

Lo que resulta muy claro es que no se puede repartir equitativamente lo que no se tiene. La riqueza hay que crearla, producirla. Y ello implica recursos, conocimientos y trabajo sobre el potencial que ofrece la naturaleza del país. 

Por eso es que el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba ha puesto énfasis en tres aspectos: desarrollo económico, paz y trabajo ideológico. Nadie duda que la economía es la base de toda sociedad humana o, como decían los antiguos romanos, primero vivir y después filosofar. 

La paz es hoy más importante que nunca pues el potencial de las armas de destrucción masiva existentes puede liquidar la vida humana de la faz de la tierra. Y la paz es necesaria para el desarrollo económico, para que los enormes recursos que se consumen en armas y guerras, sean destinados al desarrollo económico. Con toda certeza el compañero Fidel dijo en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1979, y después fue apoyado por el Papa Juan Pablo Segundo, que sin paz no hay desarrollo económico y sin este último no hay paz. Y a esos dos factores acompañarlos con el trabajo ideológico que explica el porqué de las cosas y permite unir a los seres humanos en torno a las ideas científicas, a la justicia, a la solidaridad, a la fraternidad a la belleza del milagro de la vida, para disfrutarlo con inteligencia y la alegría de espíritu, que nace de los sentimientos nobles. 
¿Quién puede negar que un programa así inspirado vale la pena?