martes, 26 de abril de 2016

METÁFORAS, REALISMO Y POLÍTICA

Por: Jorge Gómez Barata 

Todas las grandes doctrinas humanistas, teorías sociales y programas son elogios a la imaginación, reflexiones capaces de levantar estructuras conceptuales que critican o glorifican el pasado, sin poder extraer de allí argumentos ni metas. Muchos proyectos políticos apuestan al futuro, e incluyen ilusiones cuya realización suelen ser difíciles y no pocas veces cruentas.

Algunos prominentes líderes e ideólogos son también literatos, que en su labor de proselitismo y propaganda política utilizan recursos de la literatura, incluso de la poesía. Entre los más frecuentes figuran la metáfora y la ficción. En Europa se destacó Carlos Marx, que además incorporó la abstracción y los modelos teóricos. En Hispanoamérica las palmas son para José Martí. 



En uno y otro caso los exégetas realizaron aportes relevantes y colocaron alta la varilla. La Internacional, durante un tiempo himno de la Unión Soviética y canto predilecto de los comunistas de todo el mundo, prometía convertir la tierra en “El paraíso bello de la humanidad…” y, con argumentos presuntamente científicos, se llamaba a construir una sociedad enteramente nueva, incluyendo un hombre nuevo. 

Con los recursos de la poesía y la imaginación, el discurso político se embellece, y las reflexiones teóricas se hacen más asequibles. No obstante, en ambos casos se corre el riesgo de generar confusiones, originadas cuando consignas, metáforas y modelos teóricos son asumidas en sentido estricto, o como si fueran realidades tangibles, preceptos científicos, o metas alcanzables.  

La fantasía puede producir un doble efecto, al asociar proyectos políticos que, en caso de que sean realizables, transitarán por duras realidades, con ilusiones de progreso y felicidad difícilmente alcanzables. Puede ocurrir que la realidad que se pretende transformar se presente de modo monstruoso, y se generen divisiones y odios, que si bien alimentan la lucha de clases, también crean daños colaterales cuando la nación, las familias, y las sociedades se dividen y se enfrentan.

Ningún símil es más socorrido en la obra del autor de la doctrina socialista que la del “vampiro”, una invención literaria de la Europa medieval, narrada con tal realismo, que se incorporó a la cultura popular de modo tan convincente que llegó a constituir una superstición, y para muchas personas una realidad. La analogía con el “chupasangre” sirve a Marx para añadir dramatismo al relato acerca de la crueldad que la explotación capitalista representa para los trabajadores, dando fuerza a la denuncia y virulencia a la confrontación. 

Hoy, cuando a la luz de concluyentes experiencias y reveses las luchas políticas auspiciadas por la izquierda han incorporado realismo y moderado aspiraciones, es preciso comprender que los hombres y mujeres que apoyan las ideas socialistas, actúan movidos por ideales de justicia social y por apremiantes necesidades, y no por la afiliación a doctrinas políticas. 

No son militantes sino electores, no se consideran habilitados para cambiar el futuro de la humanidad sino que se esfuerzan por su supervivencia, no necesitan megaproyectos políticos sino programas concretos, alcanzables por y para ellos mismos. Allá nos vemos.