jueves, 14 de abril de 2016

Construir un futuro mejor

Por: Rolando López del Amo

El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los EEUU y el proceso de normalización de las mismas ha provocado numerosos comentarios acerca de los peligros de penetración ideológica en el seno de nuestro pueblo. Hay quienes manifiestan temores sobre la  incorporación de  ciertas tecnologías avanzadas de comunicación. Con el permiso de los que así piensan,  deseo expresar el porqué de mi desacuerdo.



Si de penetración cultural se trata hay que decir que esta comenzó hace muchos años y ha estado en pleno desarrollo, en primer lugar, a través de nuestra televisión nacional. Basta contar el número de películas estadounidenses de cualquier tipo y calidad y para todas las edades que se proyectan semanalmente por nuestros canales de televisión.

En los peores momentos del período especial el  horario estelar del más visto de nuestros canales, los sábados en la noche, proyectaba –y se sigue proyectando hoy-  la película del sábado, siempre estadounidense entonces, que tenía, de oficio, tres componentes: sexo, violencia y lenguaje de adultos. Agréguese el número de series por episodios en los mejores horarios y el resto del material audiovisual, musical y de otro tipo, que también se transmite. Hasta los programas nacionales de video clips  musicales están estructurados sobre los códigos, como ahora se gusta decir, de los videos de nuestros vecinos del norte. Y como remate, el paquete semanal que inunda los aparatos caseros con una selección variada de programas de la televisión estadounidense y otros materiales. A todo lo anterior debe añadirse el elevado número de cubanos que acceden a Internet.

Si a esto sumamos que Cuba ya recibe cada año tres millones y medio de turistas extranjeros consumidores del producto cultural e informativo estadounidense, de que es común  encontrar familias cubanas que tengan uno o más  parientes, amigos o vecinos emigrados en  los EEUU u otro país occidental y que decenas de miles de esos cubanos residentes en el extranjero viajan a Cuba con frecuencia y traen regalos o envían remesas, más los cubanos que viajan temporalmente a los EEUU cada año, podemos comprobar cuanto intercambio se produce.

El consumo de ropa importada y del peor gusto y calidad que venden nuestras tiendas recaudadoras también es parte de la moda cotidiana y los jóvenes buscan las marcas conocidas de las sociedades de consumo y copian sus hábitos, desde el piercing, hasta el tatuaje, sin dejar de mencionar la onerosa costumbre bastante reciente de celebrar el arribo a los quince años de las jovencitas con superficialidades costosas como álbumes de fotos que cuestan no menos de un año de salario medio de un trabajador cubano.

Lo que quiero precisar es que la influencia de la cultura y hábitos estadounidense, muchas veces promovidos por nuestras tiendas estatales minoristas, está presente en Cuba desde hace mucho tiempo y con ella convivimos sin que renunciemos a nuestra identidad. Estas modas solo pueden enfrentarse con la elevación del nivel cultural de nuestro pueblo, de sus jóvenes en particular, y no con prohibiciones.

Se sabe que poderosos  monopolios de los EEUU controlan las grandes cadenas transnacionales de la información y dan una imagen deformada del acontecer mundial de acuerdo con sus intereses de hegemonía global. Y ahí es donde está la batalla de ideas que hay que dar. Ahí está la guerra de pensamiento. Pero esa es una guerra que se gana esgrimiendo la verdad. Cuando las cosas se hacen bien y para bien, no hay nada que temer.

Nadie puede engañarnos sobre lo que pasa en Cuba, sobre la realidad que vivimos cotidianamente. Lo que corresponde es mantener una información verdadera y oportuna, sin secretismo ni distorsiones para justificar lo mal hecho, hágalo quien lo haga.

José Martí pensaba que Ni con la lisonja, ni con la mentira, ni con el alboroto se ayuda verdaderamente a una obra justa (3-75)

Nuestra mejor razón consiste en hacer las cosas bien, con la
seguridad de que si todos hacemos lo mejor, todos tendremos lo mejor. Martí creía que El pensamiento se ha de ver en las obras. El hombre ha de escribir con las obras. El hombre sólo cree en las obras (1-424)

La historia demuestra la razón que tenía Martí al afirmar que Las ideas de baja ley, aunque hayan comenzado por brillar como de ley buena, no resisten el tráfico, el vapuleo, la marejada, el duro tratamiento. Las ideas de ley buena surgen a la postre, magulladas, pero con virtud de cura espontánea, y compactas y enteras (7-227) Porque Una idea justa que aparece, vence (5-105)
De modo que no hay que temer al debate, a la confrontación ideológica, sino comparar la idea con la realidad  de lo que dice expresar, con la verdad y la justicia que la sustenta, con la obra humana que representa.

Martí también descubrió el genoma espiritual del cubano y lo definió así: El cubano, indómito a veces por lujo de rebeldía, es tan áspero al despotismo como cortés con la razón. El cubano es independiente, moderado y altivo. Es su dueño y no quiere dueños. Quien pretenda ensillarlo, será sacudido.

Los cubanos no son horda, ni rebaño, ni aldea. Juntos quieren: juntos trabajan: juntos triunfan. (1-380)

Aquí vivimos con el corazón abierto a todos los derechos, y a todos los meritos, y a todas las glorias, de nuestro país. (1-480)

Cuba quiere ser libre, para que el hombre realice en ella su fin pleno, para que trabaje en ella el mundo, y para vender su riqueza escondida en los mercados naturales de América (4-153)
Un vecino, obrero metalúrgico, me decía sobre muestra realidad actual: lo que hay que lograr es que los trabajadores puedan vivir, decorosamente, de su salario.  Y en eso andamos.

No basta repetir lo que hemos logrado. Hay que resolver lo que falta y hacerlo para hoy. Si fallamos, seguiremos siendo fuente de emigrantes económicos e iremos perdiendo el capital humano que tanto nos ha costado formar.
No tenemos otra alternativa que ser prósperos y sostenibles. Y eso se logra con inteligencia y trabajo. Se logra con una visión clara de nuestras necesidades y posibilidades y con un gobierno estrechamente vinculado al pueblo, eficiente y ejemplar, que demuestre en la práctica la justeza de su propuesta a la nación. Solamente con la participación consciente de la población hemos hecho nuestras mejores obras. De igual manera podremos hacer las que tenemos por delante en una nueva circunstancia histórica en la que, sin bajar la guardia y mantener al más alto nivel nuestra capacidad de defendernos, podamos aprovechar las ventajas de la paz para edificar el mundo mejor por el que hemos venido trabajando.

José Martí, quien comprendió que para la independencia de Cuba no había otra alternativa que la lucha armada, la definió como la guerra necesaria y la preparó de tal forma que pudiera ser breve. Pero su pensamiento sobre Cuba nunca fue verla aislada del resto del mundo, de ahí su frase de que patria es humanidad.

El veía a la América Latina con ojos bolivarianos, como la patria grande de la que formaba parte el Caribe. La guerra de Cuba sería también por la independencia de Puerto Rico, para evitar el expansionismo estadounidense y tratar de salvarle el honor ya lastimado y fijar el equilibrio del mundo.

Y como la patria es la humanidad toda, creía que Es hora ya de que las fuerzas de construcción venzan en la colosal batalla humana a las fuerzas de destrucción. La guerra, que era antes el primero de los recursos, es ya hoy el último: mañana será un crimen (14-331)  Y aún más: La fraternidad no es una concesión, es un deber (6-227)
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Armados de ideas tan poderosas legadas por el Apóstol de la nación cubana podemos compartir el optimismo histórico de Julio Antonio Mella cuando afirmaba que cualquier tiempo futuro sería mejor, la visión de que un mundo mejor es posible.

Lo largo y difícil del camino no es razón para no andarlo.