miércoles, 2 de marzo de 2016

Una precisión necesaria

Por: Rolando López del Amo

Siempre que he tenido acceso a ellos, he leído con interés los artículos que sobre la realidad cubana contemporánea escribe el periodista Fernando Ravsberg.  Sin embargo, un artículo reciente sobre tabúes en el tratamiento de nuestra historia me pareció desafortunado. 

El artículo comienza por manifestar su desacuerdo con una aparente sanción a los autores de un blog por un artículo publicado allí. Hasta ahíconcuerdo con él, pues soy opuesto a las censuras y creo en el debate de ideas. Pero a continuación Ravsberg toma partido por la demanda de los autores del blog en una petición de disculpas que debería dar, aparentemente, la dirección de la revolución a los que fueron llamados a prestar servicios en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción en la década de los años sesenta del siglo pasado. 


Y estas unidades, aparecen mencionadas coexistiendo con la enumeración de grandes atrocidades históricas como la inquisición católica o el holocausto nazi. Semejante comparación es verdaderamente increíble. Lo que resulta gracioso es que los tres nombres de personas que pasaron por la UMAP son nada menos que el Cardenal Ortega Alamino, el Reverendo Raúl Suárez y el cantautor Pablo Milanés. Teniendo en cuenta la relevancia alcanzada por esas tres personalidades en sus respectivas profesiones, que en el caso de Suárez hay que añadirle su condición de Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, parecería que la UMAP no fue una mala escuela.

De otra parte, ¿qué sentido tiene esa reclamación de disculpas medio siglo después de aquellos años? ¿En interés de quien se hace tal reclamación?

Las cosas hay que verlas en su contexto histórico. Los años sesenta fueron los de la invasión mercenaria de Playa Girón y la Crisis de Octubre, los de la ruptura de relaciones con Cuba de los EEUU y del resto de los gobiernos de América Latina salvo el de México. Fueron los años de la Operación Peter Pan que organizó el imperio yanqui junto con la iglesia católica, cuya jerarquía era contrarrevolucionaria y dejó huérfanos a miles de niños cubanos enviados a los EEUU; fueron los años de implantación del bloqueo económico yanqui, de las bandas de alzados en todo el país con el apoyo yanqui. Fueron los años de los sabotajes y atentados terroristas, desde el vapor La Coubre, hasta la tienda El Encanto y el asesinato de alfabetizadotes adolescentes. Fueron años muy complejos y duros en los que se jugaba la sobrevivencia de la naciente revolución cubana y de la nación misma.

Para un cubano común –y el cubano común era en su mayoría partidario de la revolución- fue una época de arduo trabajo y de ocupación del tiempo libre en la superación educacional, el trabajo voluntario, las guardias de noche y madrugada en los CDR, de la preparación para la defensa en las Milicias nacionales Revolucionarias y de guardias en el centro de trabajo. Era una actividad febril en pos del objetivo de independencia nacional y justicia social. Recuerdo la zafra de 1963 en la que los miembros de la dirección provincial del Partido en la capital –entonces era el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba-  fueron, en dos grupos, a participar en la zafra en Camaguéy, en una zona cercana a un batey de haitianos, sin electricidad, alojados en tiendas de campaña del ejército, sin agua corriente –el agua se traía en camiones cisternas que llenaban unos tanques. El desayuno era chocolate con agua y el almuerzo y la comida consistían en arroz con potaje de frijoles colorados y nada más. Había que cortar la caña a mano, con guámpara, y alzar y carretear, desde el amanecer hasta el atardecer, con un par de horas para almorzar y descansar. Y de madrugada, entre la neblina, había que hacer guardias armados porque había alzados en la zona. Y esos eran los hombres que construían el Partido en la antigua provincia de La Habana, incluyendo la Isla de Pinas y casi todo el territorio que ocupan hoy las provincias de Mayabeque y Artemisa. La vida era dura para todos.

Si de disculpas se trata hay que exigirlas, en primer lugar, a los enemigos de Cuba y a quienes los han apoyado y apoyan.

Ninguna revolución es un camino fácil porque se tiene que enfrentar a poderes establecidos que cuentan con muchos recursos de todo tipo.

Por supuesto que las revoluciones y los dirigentes revolucionarios, como todos los seres humanos, cometen errores. Eso es inevitable. El desarrollo es una sucesión de pruebas, errores, aciertos. Lo importante es rectificar los errores y consolidar los aciertos. 

Por supuesto que hay que mirar al pasado con objetividad para sacar experiencias. Y eso lo hemos hecho y lo hacemos. La visita a Cuba de tres Papas distintos y de uno de ellos, digamos que por segunda vez aunque fuera sólo una escala para reunirse con el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, y la libertad con que funcionan en Cuba todas las religiones, desde los Testigos de Jehová hasta las confesiones judía o musulmana o la santería, demuestran, factualmente, que ese es asunto superado con creces. También la preferencia sexual dejó de ser un problema y no es impedimenta para que nadie ocupe responsabilidades de dirección en diferentes instituciones.  Esas realidades son mucho más importantes y conforman nuestra unidad dentro de la diversidad.

Después de la UMAP surgió el Ejército Juvenil del Trabajo, paralelamente al Servicio Militar General. Ambas instituciones funcionan adecuadamente. Sin embargo, todavía nos queda un sector poblacional que ni trabaja ni estudia ni está activo en la defensa del país y que gusta vivir del trabajo ajeno. Desde el siglo XIX la vagancia era un problema social en Cuba sobre el que el notable intelectual y pensador José Antonio Saco propuso un conjunto de acciones a tomar para enfrentar ese mal.

Creo que nuestra Asamblea Nacional podría pensar en la creación de una nueva institución productiva que le de ocupación a los vagos contemporáneos. 

Mucho hemos hecho y mucho tenemos que hacer para el mejoramiento de nuestra sociedad en todos los terrenos: económico, político, social. La vida humana es una lucha constante por su perfeccionamiento. En ella, aunque es tarea de toda la población, tienen una responsabilidad principal los gobiernos. En nuestro caso, la mayor recae en el Partido Comunista y su capacidad de aglutinar, en torno a su programa y su ejemplo a todo el país, junto con las organizaciones sociales y de masas, junto al conjunto de instituciones que forman lo que llaman la sociedad civil. En esa tarea andamos.

De José Martí aprendimos que Las revoluciones no triunfan, y los pueblos no se mejoran, si aguardan a que la naturaleza humana cambie; sino que han de obrar conforme a la naturaleza humana y de batallar con los hombres como son-o contra ellos…Los pueblos no están hechos de los hombres como debieran ser, sino de los hombres como son (2-62)

Y sin olvidar, por supuesto, esta definición guía:  La justicia, la igualdad del mérito, el trato respetuoso del hombre, la igualdad plena de derecho: eso es la revolución (3-105)