miércoles, 30 de marzo de 2016

#CUBA: UN DESAFIO INSOSLAYABLE

Por: Jorge Gómez Barata 

Aunque raras veces se propician reflexiones al respecto, tal vez los problemas de la institucionalidad cubana no son solo de funcionamiento, sino principalmente de conceptos y de diseño. No se trata de perfeccionar o actualizar, sino de desmontar o restablecer.    

Las instituciones de la superestructura cubana son resultante de un proceso que incluye seis experiencias o referentes: (1) La administración colonial española bajo cuyos términos se fundó el país. (2) La República en Armas, prolongada por 30 años, con cuatro constituciones y siete presidentes. (3) La ocupación militar norteamericana, bajo la cual se fundó la república, se introdujeron los conceptos políticos estadounidenses, y debutaron los primeros partidos electorales. (4) La República y sus constituciones (1901 y 1940) (5) La Revolución de 1959, que introdujo el “Gobierno Revolucionario” (6) La experiencia de la Unión Soviética y otros países socialistas, así como su diseño institucional.


A ello se añade la cultura jurídica y política occidental, que desde Carlos Manuel de Céspedes, fundador de la República en Armas y su primer presidente, hasta Fidel Castro, estuvo presente en todos los pensadores y líderes a lo largo de la historia de Cuba.    

En los años setenta, cuando la Revolución puso fin a la provisionalidad que ella misma introdujo, se descartó aquel legado, y aunque con cambios, algunos sustanciales, se adoptó el esquema soviético basado en un concepto de poder hibrido entre el estado y el partido, un rígido centralismo, y concepciones especificas acerca del poder, la democracia, los derechos humanos y otras. 

La prensa y la literatura política de entonces recogió los esfuerzos del presidente Raúl Castro para evitar que aquella estructura condujera a la “dualidad de poderes” entre el partido y el estado, a la suplantación de competencias mutuas, y menos a una fusión de partido y con la administración. También procuró que el parlamento y el gobierno se equilibraran. Su crítica a la unanimidad formal y a los conceptos burocráticos en el ejercicio del poder procede de entonces. 

  Aquel esfuerzo no fue totalmente exitoso, y se gestaron anomalías que ahora es preciso resolver para que las reformas funcionen cabalmente, lo cual, como sostiene el propio presidente, supone cambiar mentalidades, estructuras, esquemas organizativos y conceptos obsoletos. Todo ello demanda la introducción de innovaciones ineludibles. 

Tal vez esos y otros asuntos están estorbando la difícil tarea de elaborar la conceptualización teórica del modelo de sociedad a la que se aspira. De lo que quizás se trata es que a estas alturas del desarrollo de la sociedad cubana, si bien es preciso fundamentar y defender ciertos hechos institucionales, otros hay que rectificarlos, removerlos, tal vez reinventarlos o restablecerlos. 

Los redactores de la primera constitución cubana aprobada en los campos de batalla, cuando la Republica era un sueño, no erraron al establecer que la función de diputado era incompatible con cualquier otra en la república, ni erraron al asumir la separación de poderes, adoptando las estructuras políticas más avanzadas de la época, por cierto, muchas vigentes todavía…Hay tela por donde cortar y asuntos por debatir.  Allá nos vemos.