jueves, 4 de febrero de 2016

LA HORA DE LAS REVOLUCIONES


Tal vez con las revoluciones sucede como con otros fenómenos sociales, que tienen sus momentos. Ocurren cuando en tiempo y espacio se juntan las condiciones para ellas, y no son posibles ni necesarias cuando ese momento pasa. El propio Lenin lo declaró: “Ayer era muy temprano y mañana puede ser muy tarde”.

En la Europa Occidental de mediados del siglo XIX, las enormes tensiones sociales creadas por la combinación de las tecnologías de la Revolución Industrial a la producción capitalista, la urbanización explosiva, y la total ausencia de regulaciones laborales, crearon una situación revolucionaria. Sin embargo no hubo ninguna revolución exitosa.


La revolución ocurrió en Rusia, donde al auge del capitalismo salvaje y la opresión nacional, se sumaron la intolerancia del zarismo y las devastadoras consecuencias de la Primera Guerra Mundial, conjugado con la existencia de organizaciones liberales, socialistas, y comunistas, y el liderazgo bolchevique encabezado por Lenin, los cuales iniciaron una de las más grandes aventuras  políticas de la era moderna.

Tan convincente fue el éxito de los bolcheviques que creyeron que se trataba del comienzo de la revolución mundial. Lo que en realidad ocurrió fue que las burguesías europeas, vencedoras en la Primera Guerra Mundial, protagonizaron un nuevo reparto del mundo, adquiriendo recursos que coadyuvaron a la prosperidad económica, y permitieron aplicar internamente políticas que mediatizaron las luchas políticas.

El reformismo capitalista paralizó la revolución europea, a lo que contribuyó luego el estalinismo, al impedir que el relampagueante éxito económico soviético fuera acompañado con la entronización de mínimos de democracia, que hubieran convertido aquella experiencia en una “tormenta revolucionaria perfecta”.

Años después la experiencia pareció repetirse con la Revolución Cubana, que dio un tremendo impulso a los procesos políticos en la región, hasta el punto de que Estados Unidos llegó a darle en parte la razón, y bajo la conducción de Kennedy, intentaran maniobras del calado de la Alianza para el Progreso y los Cuerpos de Paz.   

Las experiencias derivadas de la lucha armada, los procesos revolucionarios en Nicaragua, El Salvador y otros lugares, el tsunami político creado por el fracaso del socialismo en Europa Oriental, coronado con el fin de la Unión Soviética, y la evolución de Cuba, que desanda caminos para desmontar un modelo fallido, son un claro indicio de que, si bien hay opciones para el movimiento popular latinoamericano, son otros los caminos.

Creo que el socialismo llegará, pero no porque nadie lo construya a base de voluntarismo, sino cuando el progreso, el desarrollo, y la democracia lo entronicen gradualmente. Venezuela se esfuerza ahora por rectificar y hacer lo correcto. No se trata de prescindir de la renta petrolera, ni calificar al petróleo de maldición, sino de usarlo para promover el desarrollo integral del país.

La máquina de vapor y el telégrafo fueron herramientas magnificas que dejaron de ser apropiadas. Tal vez conducir la evolución sea más eficaz que promover cambios excesivamente radicales, y para los cuales no existen consensos nacionales decisivos. Estamos a tiempo para insistir en la estrategia y mejorar las tácticas. Me arriesgo a incurrir en otra herejía antes que dejar de intentarlo. Allá nos vemos.