miércoles, 24 de febrero de 2016

DE CARA AL VII CONGRESO

Por: Jorge Gómez Barata 

Aunque plagado de malformaciones derivadas de errores teóricos, debilitado por una deficiente arquitectura, y por concepciones políticas antediluvianas, el socialismo de matriz soviética pereció por su incapacidad para renovarse, relegitimarse y democratizarse. La experiencia y sus lecciones están disponibles.  

A los defectos de génesis, a lo largo del tiempo, como un error sobre otro, se  sumaron déficits de democracia, simplismo en la apreciación de los fenómenos sociales, dogmatismo, así como limitaciones al ejercicio de la crítica, sacralización de los liderazgos, rechazo a las ideas renovadoras y falta de libertad para pensar diferente. El conjunto condujo a la mayor catástrofe política de toda la historia. 

Mientras más profundizan la cultura política y se elevan los rangos de participación, como ocurre con las revoluciones sociales, las sociedades se tornan más dinámicas y es mayor la movilidad social. También se incrementa la capacidad para criticar e innovar. En lugar de encausar esas tendencias que ella misma había generado, el sistema soviético las limitó, en algunos momentos como en épocas de Stalin, incluso violentamente. 


Mediante esos procesos dilatados en el tiempo, las mayorías se tornan protagonistas, las clases populares conquistan mayores espacios, unas generaciones relevan a las otras y la juventud reclama no pequeñas cuotas de prerrogativas delegadas, sino el poder para hacer a su manera lo que antes los mayores hicieron a la suya. No hay nada nuevo. 

Los fenómenos que hace veinte años dieron al traste con la Unión Soviética y los países del llamado socialismo real, en los cuales las mayorías y las elites del propio sistema clamaron por una renovación que tardó demasiado y se realizó inadecuadamente provocando fenómenos en el cual triunfó, no una oposición que nunca contó con fuerzas para hacer peligrar el sistema, sino que sobrevino una completa desmovilización social. De ahí que no se tratara de un derrocamiento, sino de un derrumbe.  

Es simplista atribuir aquella debacle, solo a la  ineficiencia económica y al atraso tecnológico y soslayar que la indiferencia y la apatía a escala social sobrevino cuando se hizo evidente que se trataba de un proyecto político concebido a partir de metas inalcanzables, a lo cual se sumó la antipatía hacia cúpulas dirigentes políticamente autistas que se burocratizaron y perdieron contacto con la realidad.

A pesar de la enorme importancia que en aquellos países se atribuyó a la política, la teoría y la ideología, sus cúpulas gobernantes no se percataron que el cambio de estrategias, el perfeccionamiento de los modelos y la renovación de los liderazgos es el modo como la innovación se manifiesta en la política y es consustancial a ella. Ocurre siempre y en todas partes. ¿Qué puede hacer pensar que en Cuba será de otra manera? 

Seguramente el Congreso del Partido, anunciado para el próximo mes de abril trabajará para renovar y relanzar el proyecto político vigente a partir de la idea ya expuesta de redefinir metas y objetivos y ajustar el ideario vigente para diagramar un curso que conduzca a una sociedad próspera y sostenible, a lo cual, por mi cuenta añado “inequívocamente democrática”. 

En Cuba corre a cargo de los conductores de la reforma o actualización del modelo, hacer explícito el modo de lograrlo. De otra manera, lo que puede ser la base para un programa viable, asume el riesgo de convertirse en otra consigna fallida.