martes, 9 de febrero de 2016

Acerca del proceso de actualización de nuestra sociedad.

Por: Rolando López del Amo

Ante la falta de una conceptualización oficial del proceso de reajustes en nuestra sociedad, de lo que se califica como actualización, surgen en los medios alternativos opiniones muy diversas que incluyen argumentos neoliberales, socialdemócratas, estalinistas y de cuantas etiquetas deseemos pegarles al proceso iniciado.

Lo cierto es, como advirtió hace mucho tiempo Fidel, que ningún movimiento revolucionario en el poder había dado con una formulación general válida para el esfuerzo de edificar una sociedad socialista.


El socialismo no es más que la idea de lograr una sociedad justa. La justicia social es su esencia. Parte fundamental consiste en armonizar los intereses del individuo con los de la sociedad en su conjunto. 
Varios pensadores imaginaron sistemas sociales en los que  se resolvieran estas desigualdades.  La Utopía,  de Tomás Moro, terminó convirtiéndose en el paradigma de estos sistemas.

El binomio de pensadores y luchadores revolucionarios que formaron Carlos Marx y Federico Engels en la segunda mitad del siglo XIX, analizó aquellas ideas de los socialistas utópicos y planteó, sobre las bases científicas de su época,  la posibilidad de una sociedad socialista que nacería del capitalismo desarrollado. Pero sabían que no nacería de parto natural, como tampoco ocurrió con el capitalismo, que vino al mundo chorreando sangre al compás de la guillotina, a pesar de estar inspirado por los ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

Y es que hay algo que no puede obviarse y no fueron ni Marx ni Engels quienes lo descubrieron: en las sociedades basadas en la propiedad privada sobre los medios de producción existen las clases sociales. Algunas de ellas ocupan los dos extremos de la sociedad y la caracterizan. En la sociedad basada principalmente en la producción con mano esclava, las clases fundamentales son los esclavos y sus amos o propietarios; en la sociedad feudal, los señores feudales y sus siervos; en el capitalismo, los burgueses dueños de los medios de producción y los proletarios, los que sólo disponen de su fuerza de trabajo Lo que sí aportaron Marx y Engels es que la historia de la humanidad, desde que salió de la sociedad primitiva y se dividió en clases, ha sido la historia de la lucha de unas clases sociales contra otras, de los desposeídos contra los poseedores, pobres unos y ricos los otros.  Todo el devenir histórico del siglo XX y lo que va del XXI demuestra que si se mantiene intacta la estructura burguesa del Estado, se pueden hacer reformas a favor del pueblo, pero sólo hasta el punto en que los intereses de las clases dominantes no sean afectados. 

La única revolución social profunda en América Latina y el Caribe en el siglo XX fue la cubana. Y gracias  a ella se pudo alcanzar el mayor grado de justicia social en nuestra historia y contribuir, con espíritu internacionalista, al progreso y mejoramiento de los destinos de otros pueblos del mundo.

Pero los éxitos de la revolución cubana se produjeron en un contexto histórico en el que existía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el CAME, lo que permitió  contrarrestar los efectos del bloqueo económico, financiero y comercial de los EEUU contra Cuba. El generoso apoyo financiero, el comercio a precios favorables, la transferencia de tecnología, la preparación de cuadros de alto nivel científico y técnico fueron un sostén fundamental para la consolidación de los éxitos de la revolución cubana y su defensa. La desaparición de ese mundo significó, en la práctica, un segundo bloqueo añadido al ya existente. Comenzó entonces un período que llamamos especial del cual aún no hemos logrado superar sus efectos negativos, pues la moneda nacional sigue devaluada en 25 veces en comparación con su valor anterior al período especial y las afectaciones en todos los sectores de la economía nacional. De tan honda crisis no se logra una recuperación rápida. La capacidad financiera del total de nuestras producciones y servicios son insuficientes para lo que se necesita hacer.

En estas complicadas circunstancias es que tenemos que realizar la actualización de nuestro proyecto socialista, sobre el que sigue pesando el bloqueo económico yanqui.

Tenemos un objetivo ya bien definido: lograr un socialismo próspero y sostenible. El gran reto consiste en cómo lograrlo.

De más está decir que resulta indispensable desarrollar todo nuestro potencial económico, ya sea productivo o de servicios, y eso requiere  trabajo, aplicación de la ciencia y la técnica, decisiones acertadas  de en qué invertir, qué ramas resultan más favorables de acuerdo con las condiciones del país y recursos financieros. Respecto a esto último el  gobierno cubano ha logrado una satisfactoria renegociación de su grande y pesada deuda externa, lo que unido al pago a los acreedores, le permite restaurar su credibilidad y tener acceso a nuevos financiamientos.

Lo que no podemos permitirnos es hacer inversiones equivocadas, malas contrataciones y malas ejecuciones. 

Una administración eficiente de los recursos disponibles, la sustitución de importaciones de tantas cosas que se pueden producir en el país y el crecimiento de nuestras exportaciones de mercancías y servicios son parte esencial de nuestro desarrollo económico. El ahorro de recursos gracias al  empleo de la ciencia y la técnica y formas organizativas correctas que le cierren el paso al despilfarro burocrático, siempre enredador y sofocante cuando se siente controlador y dueño.  

Además de las grandes decisiones macroeconómicas, necesarias para diseñar una ruta que nos lleve al objetivo deseado de prosperidad y sostenibilidad económica, se necesita crear las condiciones microeconómicas que garanticen el éxito de lo macro. Para decirlo de otra manera: es indispensable que cada trabajador se sienta interesado en lo que hace pues, de otro modo, los grandes planes se quedan en el diseño y no se materializan. El equilibrio individuo-sociedad es indispensable.

El principio de equidad es inherente a las ideas socialistas. Esto quiere decir que todos los ciudadanos gocen de igualdad de oportunidades y que sea su capacidad y su actitud ante el trabajo lo que determine los medios económicos que le correspondan dentro de lo que el país tiene para distribuir entre sus habitantes. Lo ideal sería tener abundancia de todo lo necesario para distribuir a todos de una vez; pero eso no es lo real, no hemos llegado a tales niveles de desarrollo económico.

Claro que esto crea diferencias de ingresos entre la población, pero esa situación es comprendida y aceptada siempre que los ingresos de la persona sean el fruto de su esfuerzo, de su trabajo, de su aporte a la sociedad.

Lo que es totalmente inadmisible es que los ingresos provengan del robo, del abuso de poder, de formas ilícitas que no son un reconocimiento al esfuerzo, al sacrificio, al mérito.

Pero la economía, aunque es la base de la sociedad, necesita ir acompañada de una superestructura jurídica y política adecuadas, de una cultura de vida, de una filosofía, de un pensamiento y unas estructuras coherentes que armonicen el todo de la vida en sociedad.

Si el socialismo es bienestar para todos tiene que ser el resultado del esfuerzo de todos, y de la voluntad de todos, del gobierno de todos, de la administración de todos. Tiene que ser profundamente democrático. Por supuesto que  la democracia requiere una estructura determinada pues no todos podemos hacer todas las funciones simultáneamente y tenemos que delegar en otros lo que todos necesitamos que se haga para el bien de todos. Pero esa delegación de autoridad tiene que estar sometida a control, a verificación de resultados y a retiro de la delegación si el resultado no es satisfactorio. Es por eso que esa democracia, además de ser electiva, debe ser participativa y revocatoria de la autoridad concedida si esta no se emplea correctamente.

Cómo en nuestro caso nos proponemos una actualización de nuestro sistema económico social, esto quiere decir que no estamos renunciando a nuestro pasado, sino sometiéndolo a una revisión para corregir errores, superar deficiencias. A nadie en su sano juicio se le ocurriría privatizar la atención médica o la educación general, derechos humanos que se alcanzaron con el triunfo revolucionario y se han mantenido aún en las circunstancias más difíciles. O dejar desamparados a jubilados y pensionados, a discapacitados. Pero financiar lo que eso cuesta demanda una economía eficiente y próspera. Y en las circunstancias actuales, requiere de un financiamiento del que el Estado no dispone  y se necesita movilizar los recursos de particulares  nacionales y otros de origen foráneo.
De esta forma, la estructura de la sociedad cubana cambia, pues resurgen clases sociales que habían desaparecido. 

La clave en esta situación,  desde mi punto de vista, está en no perder el control de la nación sobre sus principales recursos y que lo que venga del exterior desempeñe un papel complementario y asociado al proyecto nacional.

De otra parte, la práctica de 57 años nos demuestra que la excesiva participación estatal en la economía no ha sido beneficiosa y ha generado un sentido de no pertenencia entre los trabajadores. La gente no siente la propiedad estatal como algo suyo que debe cuidar, sino algo ajeno.

En las sociedades modernas más desarrolladas económicamente, las empresas pequeñas y medianas han mostrado ser más eficientes y satisfactorias y son un antídoto contra la excesiva centralización y concentración de los grandes monopolios. Y aquí desempeñan un papel las formas privadas y las cooperativas que estamos ensayando. Para que las empresas estatales sean eficientes, los trabajadores deben sentirse satisfactoriamente retribuidos y comprometidos con lo que hacen. Y ahí debe jugar su papel el control obrero, a través del sindicato, sobre el plan económico, el presupuesto, etc. Y fomentar un sentido de pertenencia en el que los japoneses han sido maestros. Recuerdo en alguna ocasión haberle preguntado a un trabajador japonés que de dónde era y en lugar de responderme  el nombre de la ciudad natal me respondió el de la empresa en la que trabajaba. Tenía una relación familiar con la empresa.

La riqueza distribuida es mejor que la concentrada. Se administra mejor. Se emplea mejor.

Y en la actualización de nuestra sociedad hay que incluir su sistema de gobierno: el poder popular.
Partimos de una base en extremo novedosa y justa: el pueblo propone y el pueblo elige. No hay en el mundo procedimiento más democrático, más popular que la elección de nuestros delegados de circunscripción. Pero estos delegados populares no tienen poder real. En primer lugar, no son profesionales y dedican a su función su tiempo libre, que no coincide con las horas de funcionamiento de las entidades gubernamentales municipales. Se arguye que son demasiados para profesionalizarlos. De acuerdo. Tengamos menos que abarquen más territorio, pero dedicados todo el tiempo a su mandato.

Cuando llegamos a la máxima dirección municipal, el que sí tiene determinado poder, ya este no llegó al cargo por un procedimiento popular como el delegado. Al del municipio lo propuso una comisión de candidaturas sobre la que pesa, decisivamente, el criterio de la dirección municipal del Partido. Y es a esa dirección a la que el electo responde y no a la base de la población que, en la mayoría de los casos, no conoce ni el nombre del dirigente municipal. En realidad, el poder mayor lo tiene el secretario del Partido del municipio. Y de ahí hacia arriba. Este es un mal que afecta a nuestra administración pública.

El presidente del poder popular municipal o alcalde, debe ser electo directamente y entre más de un candidato. Los candidatos aspirantes pueden ser propuestos por asambleas de vecinos o por organizaciones de masas y sociales. Igualmente para el dirigente de la provincia o gobernador. El dirigente municipal debe ser controlado por la asamblea de delegados, quizás uno por cada Consejo Popular. Al dirigente provincial lo deben controlar un grupo de delegados electos digamos,  a uno por municipio.

Para la Asamblea Nacional, cuya esencia debe mantenerse en cuanto a facultades, precisa de miembros profesionales que no tengan otras responsabilidades, salvo en casos de cargos nacionales, y cuyo número no exceda de 300, electos sobre una base provincial proporcional a su población,  y sean ellos los que elijan de su seno al Presidente y al Vicepresidente de la República. El Presidente designaría al Primer Ministro y los demás ministros. Con cuadros profesionales, la Asamblea Nacional funcionaría todo el año. 

Estas ideas son una proposición que busca hacer más efectivos nuestros órganos del poder popular.
La otra tarea es simplificar la burocracia, comenzando por los vicepresidentes del Consejo de Ministros como he propuesto en artículos anteriores y dar a los ministerios sus funciones rectoras y supervisoras y a las empresas la responsabilidad por la producción y los servicios. Menos burocracia y más gente vinculada a la base productiva y de servicios.

Es verdaderamente lamentable que aparezca una información de la Contraloría sobre la provincia de La Habana en la que se dice que hay unas pérdidas por 265 millones de pesos, una parte de ellos que no se precisa en divisas convertibles. Sin embargo, la información no dice que ocurrió con los responsables de lo mal hecho, cuántos y quienes fueron llevados ante los tribunales de justicia, qué medidas se aplicaron a  los responsables. La noticia así  es como decir que todo eso ocurre con impunidad, que se puede meter la pata o la mano como algo normal. Eso hace daño y le resta credibilidad a nuestro proyecto social, tanto como las reiteradas denuncias que aparecen en el noticiero nacional de televisión sobre aspectos diversos de la administración pública que dejan una imagen de anarquía e indolencia ante las cuales la población se siente indefensa. Y la paciencia del pueblo tiene límites y no se puede estar invocando a la revolución para cubrir el mal trabajo que más parece hecho por la contrarrevolución.

En esta etapa tan importante, en la que las relaciones internacionales de Cuba han alcanzado una altura y efectividad impresionantes, no podemos permitir que el trabajo interno sea el reverso negativo en lugar de la base sólida.

Una responsabilidad histórica fundamental recae en el trabajo de nuestro Partido como orientador, guía y ejemplo. Su fuerza está en su vínculo con las masas, en el reconocimiento que estas hagan del papel de nuestra organización.

Las cosas que atañen a todo el país tienen que salir de los cubículos de los burócratas para discutirse con las masas a través de sus organizaciones. Esta democracia participativa siempre nos ha dado buenos resultados. La consulta con el pueblo, que es el verdadero sabio, es la garantía mejor para que las decisiones de gobierno sean las adecuadas. La unidad del pueblo y la dirección revolucionaria ha sido la clave de nuestra victoriosa resistencia y lo es también para avanzar en el proyecto de justicia social e independencia nacional, próspero, sostenible y solidario.