jueves, 17 de diciembre de 2015

Economía y juventud

Por: Rolando López del Amo

Según lo que se ha informado públicamente, la asamblea de nuestro Partido Comunista en la provincia de La Habana ha fijado, entre sus prioridades, el trabajo en el campo de la economía y el trabajo con la juventud. En ambos casos se infiere que esas prioridades van acompañadas del trabajo ideológico, no entendido como descargas abstractas, sino conocimiento y explicación de la realidad y lo que hacemos para transformarla en bien de todos.


Carlos Marx y Federico Engels  insistieron en que la economía era la base de la sociedad. Mucho antes, los romanos que forjaron aquel impresionante imperio en torno al Mar Mediterráneo, decían que primero vivir y después filosofar. Un refrán español asegura: barriga llena, corazón contento. Y un poeta español, en una graciosa letrilla repetía en su estribillo: ande yo caliente- y ríase la gente y aseguraba que dejaba para el príncipe sus mil cuidados, en tanto él prefería una morcilla reventándose en su asador. Todo esto refleja la importancia que la satisfacción de las necesidades materiales tiene para el ser humano de distintas épocas. Solamente en circunstancias excepcionales surgen hombres excepcionales como nuestros padres de la patria, como Francisco Vicente Aguilera,  el cubano más rico del oriente del país que puso toda su fortuna y su autoridad al servicio de la nación y murió pobre y desterrado, tratando de salvar la revolución  que había proyectado e impulsado.

El VI Congreso del Partido Comunista de Cuba indicó como tarea fundamental trabajar, en ausencia de un programa más abarcador,  por la aplicación de un conjunto de lineamientos económico-sociales.
Es bien conocido el daño que nos ha producido y provoca el criminal bloqueo económico, financiero y comercial de los EEUU. Hemos hecho y seguiremos haciendo todo lo que esté a nuestro alcance por su eliminación. Pero la decisión final no está en nuestras manos y hay que trabajar en nuestra economía a partir de esa realidad. Se trata de precisar donde están los problemas que dependen de nosotros y resolverlos.

Por ejemplo, la dualidad monetaria es una creación nuestra.  Ese es un problema autóctono que produce una deformación que afecta toda la economía.  No hay forma de contabilizar y presupuestar adecuadamente con dos monedas, una de las cuales tiene varias tasas de cambio diferentes con respecto a la otra. Ese es un problema básico.

Un segundo problema, el más presionante para la masa de trabajadores y jubilados, es la muy desfavorable correlación entre los salarios y los precios de los productos básicos. Sencillamente, el salario no alcanza y esta circunstancia crea una base material para la ilegalidad, el robo y todo tipo  de irregularidades que no se resolverán ni con cien mil llamamientos diarios a combatirlos,
porque se establece una complicidad colectiva para la sobrevivencia que solamente quien no padece los efectos de esa desproporción y tiene resueltas sus necesidades materiales no alcanza a percibir. Este es un asunto clave, esencial.

Por supuesto que no puede haber aumento de ingresos sin aumento de producción y servicios y que ambos están inseparablemente unidos. Pero para que se aumenten la producción y los servicios los trabajadores tienen que sentirse estimulados y comprobar que a mejores resultados de su trabajo, aumentan sus ingresos. Y para lograr esto último se necesita, con urgencia, aplicar, sin pausa y con toda la celeridad posible, las transformaciones estructurales esbozadas en los lineamientos y a las que un sector  importante de una burocracia obstinada trata de ponerle freno para no perder su posición dominante.

El inmenso aparato administrativo que hemos creado es costoso e inoperante en no pocos aspectos. En artículo anterior, parafraseando a José Martí,  expresé que pusimos una cabeza de gigante en un cuerpo de hormiga,  como si en vez de ser un archipiélago de ciento doce mil kilómetros cuadrados, fuéramos la nación más extensa del mundo, como era la URSS con sus veinte millones de kilómetros cuadrados y más de quince repúblicas diversas.

La administración del país puede prescindir de oficinas y cargos que ahorrarían buena parte del presupuesto estatal. Recuerdo siempre que en nuestros primeros años de revolución sólo teníamos un Consejo de Ministros y un Primer Ministro, además del Presidente de la república. La clave está en descentralizar y controlar, sin asfixiar. Los controles los da el plan, que no puede ser un dogal, sino un elemento indicativo realista abierto a su modificación en caso de necesidad.

El otro control es el económico que hace la Contraloría General de la República y el cotidiano y más efectivo que deben hacer los trabajadores.

Hoy, en la esfera productiva, hay demasiados escalones. Digamos que una unidad productiva de base pertenece a una empresa; a su vez, la empresa tiene por encima un invento nuevo que es la organización de empresas de un sector y por encima un ministerio y más arriba un vicepresidente del Consejo de Ministros que atiende ese y otros ministerios y, finalmente, el Presidente del Consejo de Ministros. Es largo el camino para la toma de decisiones.

Si solamente existiera la unidad de base y una empresa nacional si corresponde y un ministerio que norma y regula,  nos ahorraríamos tiempo y dinero.

Es insensato que todavía, a lo largo y ancho del país, sigamos invirtiendo grandes sumas en establecimientos de servicio, restaurantes, tiendas, lavanderías, talleres de reparación, etc, etc. que deben estar en manos de cooperativas o cuentapropistas. Los ejemplos  mostrados por el Noticiero Nacional de Televisión de tres restaurantes estatales  que en un tiempo fueron insignias, totalmente vacíos, en tanto los centros cooperativos o particulares llenos, es prueba fehaciente de la justeza de lo planteado en los lineamientos del Partido y la inutilidad de mantener lo que no funciona y desangra la economía nacional. 

El Estado ha de velar por los medios fundamentales de la nación, sus riquezas colectivas nacionales como la tierra , los recursos minerales La banca y las grandes empresas de producción y servicios deben ser propiedad nacional, aunque la nación, por necesidades de capital, tecnología y mercados, pueda, en algunos casos, establecer asociaciones con empresarios extranjeros. Pero todo lo demás debe ser administrado por entidades cooperativas o personas privadas, bajo la regulación del Estado cubano, que se beneficiará con el cobro de los impuestos correspondientes. Y, atención, si estamos llamando a la inversión extranjera directa no asociada, sino propiedad extranjera, lo mismo hay que hacer con los ciudadanos cubanos que tengan los recursos financieros para ello. Caso contrario sería una discriminación inexplicable e insostenible.

Cuando los trabajadores se sientan dueños y comprueben que sus ingresos dependen de su inteligencia y esfuerzo, de su capacidad para hacer lo necesario y hacerlo bien, las cosas cambiarán para mejor.
La racionalización del aparato de administración estatal, provincial y municipal  permitiría, con los ahorros, mejorar los salarios de los servidores públicos que realmente sean necesarios. Funciones que hoy corresponden a varios ministerios podrían fundirse en uno solo. Bufetes de abogados y notarios, firmas de contadores públicos, oficinas de diseño y publicidad, pueden  ser autogestionadas. Estas menciones son apenas ejemplos.

De otra parte, en materia de precios, es verdaderamente desproporcionado el impuesto que se cobra por alimentos no normados y demás artículos que se venden en las mal llamadas tiendas recaudadoras de divisas. Ellas marcan, como una bolsa de valores, los precios del resto de las mercancías. Pero lo peor es que, asociada a esas organizaciones, se ha entronizado un nivel de corrupción extendido. Son las desventuras del Estado bodeguero y tendero. Establecimientos mal abastecidos y con pobre calidad en muchos de sus productos, nadie sabe, en el pueblo, lo que aportan a la economía nacional y la justificación de sus inversiones. En el barrio en el que vivo, mientras la bodega de los alimentos normados está en pésimo estado, surgieron, en un plazo de dos años, cuatro pequeñas bodeguitas recaudadoras, cerca de donde ya existían, y existen, dos tiendas más grandes y dos pequeñas en sendas estaciones de expendio de combustibles.  Todas ellas pobremente abastecidas. Es obvio que las cosas no andan bien ni hay controles adecuados.

Cuando pensamos en la cantidad de jóvenes que emigran hay que buscar las raíces. Creo que a todo ser humano le gusta viajar y conocer el mundo. De no ser así no existiría la enorme industria turística internacional. Pero como dice un viejo refrán ruso, ser huésped es bueno, pero estar en casa es mejor. Ahora bien, si en la ciudad de La Habana el plan de construcción de viviendas hasta el 2030 es de dos mil apartamentos anuales  y solamente para que los habiten las familias que llevan veinte años albergadas, en una ciudad con su planta habitacional en mal estado, la perspectiva no es nada alentadora.  Si un colchón –no hablemos ya de la cama o la base- cuesta 230 CUC  o  5, 730 CUP, equivalentes  a un año de salario medio en Cuba, comprenderemos las razones para la baja tasa de matrimonios y de nacimientos y la considerable cifra de jóvenes que emigran. Porque el que emigra lo hace, básicamente, por razones económicas y ve en  la emigración, por corto, mediano o largo plazo, la forma de realizar un proyecto de vida y ayudar a su familia.  Si no comprendemos esta realidad seguiremos dando tumbos y haciendo incesantes llamados que se perderán en el viento.

Mucho gasta el país en educar y preparar profesionales que luego perdemos. Se impone racionalizar. No podemos seguir siendo, por una parte, padrazos regalones, y por la otra succionadores que no dan respiro. Nuestra sociedad no fue imaginada para beneficio del vago y del delincuente, sino para premiar al laborioso, al esfuerzo y la virtud, como decía el himno de la escuela donde cursé la enseñanza primaria.

Necesitamos acción ya. El estancamiento en la puesta en práctica de los lineamientos y el cambiar todo lo que debe ser cambiado ya está en carrera contra el reloj. Y si los comunistas no lo hacemos ya, a tiempo y a favor del pueblo, hay un poderoso vecino diestro en maldades  deseoso de retrotraernos, por sus presiones y nuestras deficiencias, al viejo estado de vasallaje neocolonial.