lunes, 9 de noviembre de 2015

LIDIAR CON FUEGO AMIGO


Ninguna vanguardia y ninguna revolución evade su destino: conquistar, ejercer y conservar el poder, no para siempre, sino hasta alcanzar sus metas. Ser el gobierno o estar en la oposición es una inversión de roles que desafía la gravedad, y puede sorprender a vanguardias y militantes, que de activistas pasan a funcionarios, y de críticos a criticados. La neutralidad del observador se convierte en el compromiso del protagonista.

En América, donde el presidencialismo se asocia al bonapartismo y a tradiciones autoritarias incorporadas al ADN político, el poder presenta riesgos adicionales.
    
No recuerdo el momento en que en América Latina se entronizó la mala práctica según la cual la izquierda no critica a la izquierda, ni ésta ejercita la autocrítica. Esa  involución empobrece el proceso político progresista, y acrecienta la posibilidad de errar. Según Raúl Castro “la crítica, como el purgante, aunque sabe mal, cura”.


Que recuerde, el último debate al interior de la izquierda latinoamericana tuvo lugar en la década de los sesenta, e involucró a Fidel Castro y a los partidos comunistas en torno a la lucha armada. Ninguno tuvo toda la razón ni estaba completamente equivocado. La historia decretó las tablas.
  
El tema viene a colación a propósito de las turbulencias políticas en Brasil y las elecciones en Argentina, cuyos resultados, desfavorables para la izquierda, se atribuyen a errores a los cuales algunos añaden el adjetivo de “graves”, sin que nadie los haya especificado de modo claro y en forma de sumario.

El problema no es que en Argentina, Bolivia, Brasil o Venezuela las vanguardias y los líderes cometan errores, cosa que se salda al reconocer que son humanos y no infalibles. La cuestión radica en si no hubo posibilidades de preverlos y si las hay para examinarlos, reconocerlos, e impedir que se ahonden o repitan.      

Aciertos y errores hay siempre. El quid del asunto es determinar si existió solvencia política para prever, o examinarlos una vez detectados. Ello es importante para lograr que las organizaciones políticas y populares sean parte de genuinas vanguardias habilitadas para discusiones internas, la crítica, las autocríticas, y las rectificaciones, y no sólo maquinarias electorales o instrumentos de poder, en cuyo caso el riesgo de burocratización y acomodamiento son enormes.  

Es importante además entrenar y habituar a los líderes de la izquierda para lidiar con “fuego amigo”, y a los militantes para no solo apoyar, aplaudir, y acatar, si no también ejercitar la crítica constructiva.  
  
Recientemente Noam Chomsky, probablemente la más reputada de las figuras de la izquierda norteamericana, decidido partidario de los procesos progresistas latinoamericanos a los cuales ha elogiado y acompañado, expresó puntos de vista críticos, moderados, correctamente expuestos, de naturaleza constructiva, y totalmente atendibles que, antes de ser evaluados colectivamente, fueron refutados por el presidente Nicolás Maduro.
   
Afortunadamente no ha ocurrido lo mismo con los juicios de Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, quien advierte que “…los procesos progresistas han generado condiciones de vulnerabilidad… ante lo cual, el primer paso es reconocer y analizar en qué decisiones nos equivocamos…”,  y añadió “…la historia de los gobiernos progresistas se va a definir al interior de ellos mismos, no por fuera”.


La primera vez que escuché a Fidel Castro citar a Lenin fue en 1962 cuando aludió en sus palabras respecto a que “La seriedad de un partido revolucionario se mide por la actitud ante sus propios errores”. Se atribuye a un prohombre latinoamericano  haber dicho “Saben elogiarme pero no defenderme”. Allá nos vemos.