miércoles, 7 de octubre de 2015

CAMBIAR LAS REGLAS DEL JUEGO


Entre los problemas estructurales de América Latina, dos son responsables de la situación general de continente. Ellos son la incapacidad para trascender el modelo económico agroexportador establecido en la colonia, y la debilidad institucional que ha impedido la entronización de la democracia.

La base del modelo agroexportador fue el comportamiento depredador de la ocupación europea que asumió al Nuevo Mundo como un botín, y se dedicó a organizar el saqueo. En la primera etapa se trató de cargar a lomos de animales, transportar en sus navíos, y trasladar a Europa todo cuando podía ser apañado. A esa estructura se sumó el capital extranjero, que en connivencia con las oligarquías nativas, dio lugar a la dependencia y el neocolonialismo.

Extraer y acopiar sin costos, o producir materias primas y productos semielaborados para exportar utilizando mano de obra esclava o barata de baja calificación, dio lugar a un modelo económico que a lo largo de más de medio milenio, no ha hecho más que perfeccionarse impulsando el “desarrollo del subdesarrollo”.


Ese modelo que sobrevivió a la independencia, volvió la espalda a la población nativa, creadora de las riquezas y en gran medida excluida del consumo. Ningún país latinoamericano, en ninguna época, y ningún proyecto de desarrollo, incluyendo los esfuerzos nacionalistas, ha dado prioridad al consumo nacional y al mercado interno.
Todos, de un modo u otro se resignan a ser apéndices de las economías metropolitanas y conviven con la pobreza, y de alguna manera continúan cambiando diamantes por espejos.  

Debido a realidades, equívocos doctrinarios y políticas económicas erradas, la historia económica y política latinoamericana ha estado constituida por una noria fatal, en la cual se alteran ciclos de bonanza derivados de mayores demandas y mejores precios para la exportación, y épocas de “vacas flacas”.

Invariablemente, una parte de los ingresos obtenidos por concepto de exportaciones de productos valiosos, a los cuales se agrega poco o ningún valor, retornan al extranjero por concepto de importaciones, mientras otra, emigra en forma de depósitos bancarios, inversiones o gastos suntuosos o superfluos.

Atrapada en ese círculo vicioso, de un modo anómalo, América Latina pobre y atrasada, comienza a integrarse a la economía global, donde pretende alternar con potencias y economías altamente desarrolladas, y con países capaces de cubrir prácticamente todas sus necesidades.

Para que ese modelo, excluyente, discriminador, explotador e injusto funcionara, se requirió de una estructura política autoritaria, que asumió la forma de gobiernos oligárquicos, conducidos por caudillos y muchas veces por dictadores. El modelo económico latinoamericano, desde el descubrimiento hasta la fecha, no sólo impide el desarrollo, sino que es incompatible con la  democracia.

Cambiar esa ecuación es la tarea histórica que ha comenzado a realizar la generación de líderes de la nueva izquierda democrática que, por vía electoral, se ha colocado al frente de los gobiernos, y comienza a regir los destinos del continente.

Ahora no se trata solo de cambiar a los actores, sino de modificar las reglas del juego.