sábado, 26 de septiembre de 2015

LUCHA DE CLASES Y RECONCILIACION


A partir de los entendimientos con los papas, tres de los cuales han visitado el país, el reencuentro con la Iglesia Católica y otras denominaciones, así como el reconocimiento del papel de la fe en la vida social, el liderazgo cubano tiene la oportunidad de cuadrar el círculo y hacer lo que ningún país socialista hizo: conciliar el marxismo y el cristianismo. No se trata de hacerlo a nivel filosófico o retórico, sino en términos de poder y diseño del sistema político en los marcos de un estado laico, lo cual favorece el protagonismo de la sociedad civil.

Ese curso comenzó a gestarse en los años setenta, cuando Fidel Castro exteriorizó un pensamiento que enfocó positivamente la idea, no solo de la convivencia, sino incluso de la cooperación, dando inicio a un paulatino acercamiento a la Iglesia Católica y otras denominaciones, principalmente protestantes.


En reuniones con jerarquías y autoridades religiosas en Chile, Jamaica y Cuba, así como en pronunciamientos contenidos en textos y entrevistas, a lo largo de los años ochenta se crearon premisas a las cuales, tanto el Vaticano como la Iglesia Católica local respondieron positivamente. Muestra de ello fueron las conclusiones del Encuentro Nacional Eclesial Cubano efectuado en 1986.
Aquel rumbo fue acelerado por la crisis del socialismo y la desaparición de la Unión Soviética, que no solo mostró lo errado de ciertas concepciones filosóficas y la inconsistencia teórica de algunos postulados, sino que condujo a rectificaciones políticas e institucionales. En 1992 se realizó la reforma constitucional, que convirtió en laico el estado, suprimió el ateísmo como doctrina oficial, y eliminó toda forma de discriminación por motivos religiosos. El partido y la juventud comunista también adoptaron esa posición.

No sin desencuentros circunstanciales, las nuevas posibilidades fueron aprovechadas por las instituciones religiosas y los laicos para reivindicar su papel y ocupar espacios en la actividad social. En noviembre de 1996, Fidel Castro fue recibido por el papa Juan Pablo II en el Vaticano, y estuvo presente en la misa que éste oficiara durante su visita a Cuba en 1998.

Desde su acceso a la presidencia, Raúl Castro ha alentado esos procesos que han sido favorecidos por la jerarquía eclesiástica cubana, en especial por el cardenal Jaime Ortega, que ha desempeñado un papel relevante en los avances registrados.

Al reencuentro de la Iglesia y la Revolución contribuye la tradición de los movimientos y organizaciones laicas, que en el pasado desempeñaron un papel de cierta relevancia en el quehacer político nacional. Pocas veces se recuerda que fue la Asociación Católica Universitaria (ACU), la que en 1956-1957, mediante la Encuesta de Trabajadores Agrícolas, reveló la trágica situación del campesinado y los 350 000 trabajadores agrícolas, que con sus familias ascendían a 2, 100 000 personas. Por esa época se constituyó el partido Liberación Radical, primero de inspiración católica y definida posición nacionalista y anti batistiana fundado en Cuba.

La guinda en el pastel de un desempeño sepultado por décadas de desencuentro, hostilidad y promoción del ateísmo, fue la presencia de fieles y activistas religiosos en la lucha de la Sierra Maestra y la clandestinidad, que tuvo figuras emblemáticas como Frank País, José Antonio Echevarría, y el cura Guillermo Sardiñas, quién ostentó sobre su sotana verde olivo, los grados de comandante del Ejército Rebelde.

En conjunto ese proceso es favorecido por las reformas en marcha en la Isla, que introducen una economía mixta, moderan el papel del estado en la vida, e ineludiblemente avanzarán en la democratización de las instituciones y la vida nacional, abriendo espacios a entidades de la sociedad civil, entre ellas las iglesias. En esos contextos son inevitables las reformulaciones teóricas y filosóficas.


Tal vez sin renunciar a la idea de la lucha de clases, ni a las bases de la Doctrina Social de la Iglesia, la opción política vigente en Cuba pueda ser compatible con la acción social de las iglesias. El camino es largo, pero ya no parece tan difícil. Cuando se alega que el papa es revolucionario es posible acatar su liderazgo. En cualquier caso, tiempo al tiempo y apoyo a las reformas. Lo demás llegará. Allá nos vemos.