domingo, 16 de agosto de 2015

Unidad y buen juicio

Por: Rolando López del Amo

En su definición del concepto de revolución, Fidel incluyó la idea de cambiar todo lo que deba ser cambiado, claro está, para el perfeccionamiento de nuestro socialismo. Nuestro socialismo a mi modo de ver,  tiene tres componentes esenciales: independencia nacional, justicia social y solidaridad internacional.

A partir de la idea de Fidel mencionada anteriormente, Raúl, al hacerse cargo de la presidencia del país dejó bien claro que él no había sido electo para liquidar el socialismo. Las reformas que impulsa bajo la denominación de actualización de nuestro sistema persiguen el objetivo de una sociedad socialista próspera y sostenible. Y en ese camino no habrá concesiones de principios. Todo eso está dicho con claridad.

Como las teorías tienen que probar su validez en la práctica, a partir de nuestra propia experiencia vamos rectificando errores y buscando nuevas vías para lograr el objetivo anunciado.


El sueño de una sociedad comunista en la que cada ciudadano reciba de ella según sus necesidades tras el aporte de su trabajo y capacidades requerirá de una sociedad humana muy distinta a la actual, lo que el Che llamó un hombre nuevo. Ya Engels había hablado de un ser humano con un desarrollo integral. Recordemos la frase de que en el futuro no habrá pintores, sino hombres que, entre otras cosas, pinten. Pero el hombre nuevo no es un producto de laboratorio, sino el resultado del contradictorio desarrollo de la sociedad humana. En su creación intervienen múltiples factores, desde los económicos, hasta los éticos. Existen modelos de tales hombres y el Che, como antes Marx, Engels, Martí o Ho Chi Minh y Nelson Mandela después, por sólo citar a seis grandes ya fallecidos. Llegar hasta su altura es un camino aún largo para la humanidad toda.

En nuestro caso, contamos con millones de mujeres y hombres que tienen a los mencionados como paradigmas y han demostrado, en la práctica, su capacidad de actuar, trabajar y luchar por el bien ajeno hasta más allá del precepto bíblico de ama a tu prójimo como a ti mismo. Esa fuerza es la vanguardia probada de nuestro pueblo. 

Con una vanguardia ejemplar y consecuente se puede mover a toda una nación. 

La actualización de nuestra experiencia socialista es tarea ardua y compleja. El mundo en el que vivimos está estructurado bajo la dirección del capitalismo internacional en su fase superior. Es, al mismo tiempo, un mundo desigual, donde sobreviven formas de vida primitiva en estado tribal y Estados feudales.

Lo predominante es el mundo basado  en el afán de lograr riquezas materiales. Tanto tienes, tanto vales.

Los propietarios de las grandes fortunas pretenden regir el mundo de acuerdo con su conveniencia y se reúnen anualmente para intercambiar ideas de cómo hacerlo. Ellos aspiran a que no existan gobiernos que disientan de sus mandatos y operan con el látigo financiero en sus manos. Poderoso caballero es Don Dinero, como advirtió hace siglos el poeta español Francisco de Quevedo.

Cuba ha tenido que desarrollar su revolución bajo la brutal presión de la potencia más poderosa del mundo contemporáneo. Durante años neutralizamos los efectos genocidas del bloqueo gracias a la enorme ayuda del campo socialista encabezado por la URSS. Después vino lo que en la práctica fue un bloqueo adicional al existente. 

Hemos sobrevivido, pero eso, con ser mucho y de una dimensión épica, no es suficiente. Se trata de cómo, sin renunciar a nuestros valores fundamentales, les damos base material. Y esa base hay que crearla dentro del mundo real que nos rodea e interactúa con nosotros. 

A nadie escapa que esto requiere inteligencia y conocimientos, estudio y trabajo, crear condiciones para el mayor desarrollo de nuestras propias fuerzas productivas, combinando las distintas formas posibles y vinculándonos con el potencial extranjero sobre bases mutuamente beneficiosas. Y esto es, por decirlo de alguna forma, una revolución dentro de la revolución. 

Para que esta nueva etapa nos resulte beneficiosa y no cercene o quiebre los logros materiales y espirituales de estas más de cinco décadas de poder popular, es fundamental el papel de la vanguardia política y del sistema institucional cubano.

Como llega el fin de la presencia física de la dirección histórica de la revolución, con la autoridad que nadie les discute, para que haya continuidad en el cambio generacional hay que tener un programa claro y fortalecer el vínculo cotidiano entre dirigentes y dirigidos. Esa ha sido la clave del éxito de nuestra resistencia victoriosa: la sólida unión entre dirigentes y dirigidos. Sí, en la unión ha estado nuestra fuerza.

El tiempo apremia. No es hora de ser aldeanos vanidosos, sino de seguir lidiando con el gigante de las botas de siete leguas con la inteligencia de Meñique y la onda de David al cinto.