domingo, 2 de agosto de 2015

2015: el año de #Obama


El presidente ha logrado concretar trascendentes iniciativas que parecían imposibles

MOISÉS NAÍM 25 JUL 2015 - 19:59 CEST

En 1989 cayeron muros, se hundieron dictaduras comunistas y se desprestigiaron malas ideas políticas y económicas que, a pesar de ser nocivas, contaban con muchos seguidores. En la primera mitad del 2015, en EE UU se dieron cambios revolucionarios en sus relacio-nes internacionales, en su política social y en las reglas que definen lo que es una familia. Y los cambios en EE UU van a tener consecuen-cias más allá de sus fronteras.

Barack Obama llegó al poder hace seis años y medio impulsado por una inusitada ola de esperanzas. Millones de personas que antes no se habían interesado en la política se entusiasmaron por este jo-ven senador cuyo nombre, apariencia e historia personal eran perci-bidos por muchos expertos como impedimentos insuperables para alcanzar la presidencia de EE UU. Pero los expertos se equivocaron y Obama ganó las elecciones.

Cuatro años después fue reelecto, a pesar de que como presi-dente había enfriado los entusiasmos. Su llegada a la Casa Blanca no produjo los resultados que sus votantes —y quizás hasta él mismo— esperaban. Y el Obama que despertaba sueños y motivaba a los apá-ticos mutó en un líder cauteloso, distante e incapaz de doblegar a sus adversarios internos y externos. Los jefes del Partido Republicano (uno de los cuales declaró que el objetivo era bloquear todas las ini-ciativas del nuevo presidente), y los líderes de Irán, China, Rusia y de Oriente Próximo parecían más poderosos y eficaces que Obama.


Además, el día que llegó a la Casa Blanca la lista de emergencias que debía atender de inmediato incluía la mayor catástrofe económi-ca en más de medio siglo, dos guerras que su país estaba perdiendo, altos y crecientes índices de desigualdad económica y el renovado y ambicioso activismo internacional de China y Rusia, todo ello con los aliados tradicionales europeos postrados por la crisis, y el prestigio y la influencia internacional de EE UU en su punto más bajo desde la guerra de Vietnam.

Barack Obama y su equipo se dieron a la tarea de enfrentar es-tas crisis pero el progreso fue lento, los retrocesos frecuentes y la frustración creciente. Sus críticos explicaban que el problema era Obama —su pasado, su ideología, su inexperiencia, su personalidad—. Muchos observadores descontaron como una oportunidad perdida su paso por la Casa Blanca. Enfatizaban que los presidentes estadouni-denses solo alcanzan a hacer grandes cambios al inicio de su manda-to. Esto es debido a que en las elecciones legislativas que se celebran a mitad del periodo presidencial, los votantes suelen dar la mayoría a la oposición, que se ocupa de frenar o sabotear las iniciativas del Go-bierno.
Y así pasó esta vez también. Con sus rivales controlando las dos cámaras del Congreso, todo hacía pensar que, en la práctica, la presi-dencia de Obama había llegado a su fin y que no había que esperar mayores cosas de él en el tiempo de mandato que le quedaba.

Pero no ha sido así. Los expertos se equivocaron otra vez con Obama. En 2015 logró concretar trascendentes iniciativas que pare-cían imposibles tan solo unos meses antes.

Está, por supuesto, el acuerdo con Irán, cuyas consecuencias económicas y geopolíticas son enormes. Y la normalización de las re-laciones con Cuba y el fin de más de medio siglo de hostilidades con el régimen de los Castro. Para sorpresa de muchos, Obama también lo-gró el apoyo del Senado para negociar la participación de su país en el Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio (TPP, por sus siglas en inglés) con otros 11 países de la región de Asia-Pacífico. El TPP tiene el potencial de transformar las relaciones económicas en esa parte del mundo, además de crear un importante contrapeso a China.

Todo esto ocurre en un contexto de recuperación de la econo-mía de EE UU: crecimiento, desempleo de solo el 5,3% y en caída, re-surgimiento de la industria y la transformación del país en la princi-pal potencia energética, sobrepasando a Arabia Saudí y Rusia. Es cierto que los salarios medios aún no se han recuperado y que los ni-veles de desigualdad son inaceptables. Pero incluso en estos temas tan complejos Obama ha tomado medidas que podrían revertir las tendencias. Su reforma sanitaria por ejemplo, sin duda tendrá impac-tos económicos y sociales positivos e importantes.

Finalmente, el verano de 2015 ha comenzado con una decisión que cambiará la vida de millones de personas que hasta ahora habían sido marginadas. En junio, la Corte Suprema de EE UU legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo, una iniciativa que la Ca-sa Blanca había venido apoyando.

Obama merece unas vacaciones.

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