martes, 28 de julio de 2015

Persona y poder

Por: Rolando López del Amo

En época de mi niñez y adolescencia a mediados del siglo pasado, aparecía  en la popularísima revista Bohemia, semanalmente, una tira caricaturesca titulada El reyecito criollo en la que el personaje principal era el gobernante de turno de la república. Este aparecía cubierto con una especie de manto real y una corona en la cabeza; pero lo más significativo era que debajo de un sobaco y apretado por el brazo correspondiente,  aparecía un jamón de pierna de cerdo entero. El jamón entonces era el símbolo de las prebendas del poder político y a los beneficiarios se les decía que estaban pegados al jamón. Alrededor del reyecito aparecían otros personajes con sombreros de jipi y una azada o  guataca al hombro.  Se le decía guataca al adulador y guataquear al acto de hacerlo. Esos eran los cortesanos de la tira cómica.

Lo cierto es que el apego al poder de espaldas al pueblo trajo siempre nefastas consecuencias en Cuba, comenzando con el intento de reelección del primer presidente neocolonial, Tomás Estrada Palma, que culminó en una segunda intervención militar de los EEUU. Más adelante ocurrió con Gerardo Machado cuya reelección  degeneró en una sangrienta y brutal tiranía. El tercer personaje fue Fulgencio Batista quien, de hecho, desde la jefatura del ejército primero y y, consecutivamente, como Presidente gobernó el país durante once años antes de irse al exilio de millonario en los EEUU  y regresar, ocho años después, para encabezar, también con apoyo yanqui,  un golpe de Estado que lo retrajo al poder por otros siete años, implantando la peor y más sangrienta tiranía sufrida por Cuba en el siglo XX.


La república romana antigua, cuando estaba en peligro de ser atacada, elegía de su seno como dirigente al ciudadano que consideraba mejor preparado y más capaz de resolver la situación. Para ello lo nombraban dictador y le concedían plenos poderes mientras durase esa emergencia, pasada la cual, el temporal dictador regresaba a su condición anterior.

Cuando triunfó la revolución de octubre en Rusia, esta fue agredida militarmente por decenas de naciones enemigas que fomentaban la contrarrevolución armada interna y bloqueaban y desconocían a la nueva unión de repúblicas soviéticas. Esto creó una situación que, a la muerte de Lenin, facilitó concentrar excesivo poder en una sola persona.

Un fenómeno que causó mucho daño a la primera experiencia de los partidos comunistas en el poder  fue el culto a la persona del máximo dirigente y el otorgarle un tratamiento de adoración casi religiosa.

Esto conllevó al establecimiento de un régimen altamente centralizado con poderes omnímodos para el dirigente del país. Tal fue el caso de Stalin en la URSS. Hubo que esperar a que transcurrieran varios años después de su muerte para poner al descubierto todos los abusos de autoridad que se cometieron en aquel período. Tempranamente el compañero Fidel señaló que la historia recogía muchos casos de personas que habían abusado del poder que detentaban y pocos que lo habían utilizado con moderación.

Stalin ejerció el poder en un país antes regido por el poder absoluto del Zar. No había una tradición democrática.

Otro caso relevante por las dimensiones e historia del país fue el de China, regida por un emperador hasta la revolución democrática liderada por el Dr. Sun Yat Sen, que rápidamente dio paso a una dictadura militar hasta el triunfo de la revolución popular dirigida por Maozedong en 1949.

Sin embargo, el culto exagerado a su personalidad lo llevó a imponer decisiones disparatadas. El momento de clímax del culto a la persona del Presidente Mao ocurrió durante la llamada revolución cultural en la segunda mitad  de la década de los años sesenta cuando, utilizando a los jóvenes y estudiantes movilizados con su enorme autoridad histórica, creó el caos en la administración del país y consumó un golpe de Estado contra el Gobierno y el Partido con el apoyo del Ejército Popular de Liberación a cuyo frente estaba el más joven de los mariscales chinos, Lin Piao, creador de un  pequeño libro de citas del Presidente Mao, llamado el Libro Rojo, que comenzó a utilizarse como una especie de Biblia para ser consultado con el fervor de ciertas denominaciones cristianas protestantes.

Junto al culto a la personalidad del dirigente transcurría su permanencia en el poder sin límite de tiempo. Ese fenómeno se repitió también en Europa Oriental. 

Un caso muy singular fue el de Vietnam, cuyo máximo dirigente vivía con una modestia extrema, al punto que, siendo el Presidente de la República Democrática de Vietnam en el norte del país, se alojaba en un cuarto de la servidumbre de la antigua residencia del Gobernador francés, con el mobiliario mínimo y un par de uniformes para vestir. Su frugalidad era tan grande como su inteligencia y su sensibilidad de poeta, alma muy cercana a la de nuestro José Martí. Su pueblo, que tanto lo respetaba y admiraba, lo llamaba, simplemente, el Tío Ho. 

Los comunistas soviéticos, atrapados en una gerontocracia desgastada, terminaron perdiendo el poder, se desintegró la URSS y Rusia fue víctima de un capitalismo salvaje.

Los comunistas chinos sacaron sus experiencias propias, realizaron las reformas económicas necesarias y los ajustes políticos, entre los cuales establecieron que los cargos principales de dirección solo se ejercerían por dos períodos consecutivos como máximo. Un planteamiento semejante fue hecho por el compañero Raúl hace unos años.

Esta visión del dirigente principal del Partido, el Estado y el Gobierno cubanos aprovecha la mejor experiencia del movimiento comunista internacional y está en consonancia con el pensamiento  del Apóstol de nuestra nación, José Julián Martí Pérez.

Martí nos dejó dicho: 

La indiferencia del poder es la prueba más difícil y menos frecuente de la grandeza del carácter (10-177)
¿Qué tiene el poder, que envenena las mejores voluntades? (11-134)
Sólo resisten el vaho venenoso del poder las cabezas fuertes.

El espíritu despótico del hombre se apega con amor mortal a la fruición de ver de arriba y mandar como dueño, y una vez que ha gustado de este gozo, le parece que le sacan de cuajo las raíces de la vida cuando lo privan de él (13-154)
Sí, sólo las cabezas fuertes son capaces de renunciar a él, como lo hizo el compañero Fidel cuando sus condiciones de salud  y su avanzada edad no le permitían cumplir con las enormes responsabilidades de los cargos que el pueblo le había confiado.

  Sobre el papel de la persona también Martí nos dejó dicho lo siguiente sobre la revolución que preparaba:

Salvar a Cuba de los peligros de la autoridad personal y de las disensiones en que, por la falta de la intervención popular y de los hábitos democráticos en su organización, cayeron las primeras repúblicas americanas (1-458)

Para zares, no es nuestra sangre (2-278)
Aquí el hombre no tiene nada que hacer. Hoy es uno y mañana es otro. La persona hemos puesto de lado: ¡bendita sea la Patria! (2-280)

No es mi nombre, miserable pavesa en el mundo, lo que quiero salvar: sino la patria. No haré lo que me sirva, sino lo que la sirva (2-417)

La ciencia está…en hacer lo que conviene a nuestro pueblo, con sacrificio de nuestras personas; y no lo que conviene a nuestras personas, con sacrificio de nuestro pueblo. (2-216)

Ahora mismo va a ejercer su voto anual el Partido Revolucionario, a elegir a los que deben representarlo; y el que es Delegado hoy de los cubanos emigrados, puede dejar de serlo mañana. El poder de la idea, ordenada y activa, que va hoy con él, mañana, sin más que un cambio de urnas, puede ir con otro. La grandeza es esa del Partido Revolucionario: que para fundar una república, ha empezado con la república. Su fuerza es esa: que es la obra de todos, da derecho a todos. ((persona y patria, abril 93)

En esas ideas está la fortaleza de nuestro pueblo y de su Partido dirigente y de los líderes históricos de la revolución cubana

quienes proclamaron siempre, desde el comienzo de la lucha, en marcha con antorchas encendidas desde la Universidad de La Habana, hasta la Fragua Martiana y en el juicio por los asaltos a los cuarteles de la tiranía en Santiago de Cuba y Bayamo, a José Martí como su inspirador y guía.