martes, 28 de julio de 2015

NACIÓN, CULTURA Y POLÍTICA

Por: Jorge Gómez Barata

La idea de que el inicio de la normalización de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, la apertura de embajadas, y la consiguiente ampliación de los intercambios de todo tipo, pudieran facilitar la “penetración cultural norteamericana”, y de ese modo dañar la conciencia social, debilitar la identidad nacional, mediatizar procesos políticos e ideológicos, y poner en riesgo conquistas económicas y sociales parece inconsistente.

La preocupación aparentemente se deriva de una visión que tiende a exagerar el papel de la cultura, el arte, el espectáculo, la farándula, la banalidad y otras expresiones de la cultura artística y literaria en los procesos sociales, y en la formación de las ideas, las convicciones y las actitudes políticas.

Tampoco hay manera de sostener la idea de que el imperio se proponga utilizar sus recursos culturales para someter a la Cuba irredenta. Lo digo de una sola vez y de un modo esquemático: se trata de una capacidad de manipulación de la intelectualidad que el gobierno norteamericano no tiene, probablemente nunca se haya propuesto desarrollar, y que tal vez contradiga las esencias más profundas de su sistema político, y de la ideología predominante en aquella sociedad.


No se trata de que en Estados Unidos no haya un ministerio de cultura, un departamento ideológico, y de que nunca se hayan aplicado allí políticas culturales conducidas desde un centro. Hago otra afirmación esquemática: esa sociedad no funciona así.

Quien quiera ejemplos que revise la reacción de la inteligencia norteamericana ante el macartismo, y en casos particulares como el proyecto Manhattan. Mayoritariamente los norteamericanos repudiaban el comunismo, pero cuando trató de imponérseles que firmaran un papel jurando que no lo eran, reaccionaron airadamente, y entre los científicos del proyecto Manhattan, creadores de la bomba atómica, comenzando por su director científico Robert Oppenheimer, predominaban las personas de orientación socialistas.

En 1961, a poco más de dos años del fin del dominio imperialista en Cuba, la inmensa mayoría de la población cubana, que había sido predominantemente anticomunista, aplaudió la proclamación del carácter socialista de la Revolución, y apoyó la alianza con la Unión Soviética, a la cual hasta no hacía mucho repudiaba o temía. Todo ello sin dejar de conducir automóviles norteamericanos, admirar su tecnología, su música y su cine, y adorar su béisbol. Algunos políticos norteamericanos como Franklin D. Roosevelt disfrutaron de popularidad en Cuba.

A pesar de la opulenta presencia de la cultura norteamericana y europea, de la dominación colonial y neocolonial, y de la virtual dominación del capital extranjero, no existe un solo caso de algún país que haya perdido su identidad, incluso en Iberoamérica la conciencia y la cohesión nacional se forjó bajo la dominación colonial, y países como Puerto Rico y México, en los cuales la relación con los Estados Unidos ha sido más intensa, tal como ocurrió con Cuba hasta 1959, las esencias de la cultura y la nacionalidad han prevalecido.

La mexicanidad y la cubanidad no fueron nunca desmentidas, ni siquiera en las grandes comunidades asentadas en Estados Unidos está en peligro.

Aunque no es posible ni útil soslayar un pasado con momentos tan contradictorios como la Resolución Conjunta y la Enmienda Platt, y un período de medio siglo de aguda confrontación, ante desafíos enormes y oportunidades magnificas, muchas de ellas asociadas a la normalización de las relaciones con Estados Unidos, es alentador que la vanguardia cultural se haya integrado al estudio y la meditación sobre estos temas, lo cual seguramente servirá de importante apoyo a la gestión de la dirección política. Allá nos vemos.