jueves, 2 de julio de 2015

MAYORIAS ELECTORALES

Por: Jorge Gómez Barata

La generalización de la vía electoral como método de lucha para llevar al poder los líderes de la nueva izquierda en América Latina, crea escenarios políticos caracterizados por la innovación y la creatividad. Muchos de los antiguos preceptos teóricos y prácticos, así como tácticas y estrategias del movimiento revolucionario y socialista asociadas a la labor de masas y al ejercicio del poder, no son aplicables a las nuevas circunstancias. 

Si bien, por su orientación y por sus resultados, los procesos políticos que tienen lugar en Latinoamerica pueden ser justamente calificados como revolucionarios, se trata de avances alcanzados a partir de la movilización fuerzas sociales y vanguardias emergentes que actúan al amparo de las instituciones y las reglas establecidas. 

Alcanzar el poder por esa vía requiere de consensos que se construyen mediante tácticas electorales, se refuerzan desde el gobierno y habilitan a los gobernantes de izquierda para la búsqueda de objetivos estratégicos que si bien son de naturaleza revolucionaria, se alcanzan de modo gradual. 


Debido a que ganar una elección no es hacer una revolución, y disponer de una mayoría electoral no es lo mismo que disfrutar del apoyo que en su día tuvieron otros líderes, los avances están condicionados por circunstancias que no pueden ser soslayadas, entre ellas, el poder factico de las oligarquías. 

En las presentes circunstancias, lo más característico de la situación es la cohabitación de los gobiernos de la nueva izquierda con las estructuras que sustentaron el poder de las fuerzas políticas tradicionales. 

Si bien la izquierda logra mayorías electorales que las habilitan para gobernar legítimamente, la oposición, aunque electoralmente derrotada, conserva el poder económico y financiero, la prensa y los medios de difusión y mantienen más o menos intactas la influencia en las instituciones militares, policiacas y de seguridad. 

No siempre contar con mayorías electorales supone el respaldo de organizaciones sindicales y profesionales, así como de entidades de la sociedad civil, incluso de la izquierda tradicional que, por unas y otras razones, brindan un apoyo crítico o ejercen la oposición. 

Esas circunstancias demandan capacidad de maniobra y habilidades para formular programas inclusivos que sumen a sectores y elementos de las clases medias, pequeños y medianos industriales y comerciantes, incluso hacendados que suelen beneficiarse con los proyectos desarrollistas asociados al auge de la economía nacional. Si antes lo característico de las revoluciones era el radicalismo, ahora lo es la moderación. 

Las victorias electorales conllevan la tarea de sumar nuevas accesiones para ganar la próxima. Se trata de victorias parciales que se obtienen añadiendo adeptos a partir de cumplir las metas, honrar compromisos y satisfacer expectativas. La  lucha electoral demanda resultados a corto plazo que, aunque no necesariamente tienen que ser espectaculares, necesitan ser consistentes. 

Los procesos en curso no plantean el dilema entre reforma y revolución, sino que lo trascienden. Ahora se trata de alcanzar las metas de la revolución mediante reformas que sucesivamente se aproximan a los objetivos estratégicos, evitando los traumas que en el pasado conllevaron a grandes rupturas sociales. 

Más que de lucha de clases, hoy se trata de consensos nacionales que se refuerzan con la resistencia de los pueblos a la intromisión externa y se fortalecen en la medida en que se evidencia la connivencia de la reacción interna con poderes externos. En cualquier caso se trata de nuevas tácticas para nuevas realidades. Allá nos vemos.