martes, 21 de julio de 2015

La lucha por el bien común

Por: Rolando López del Amo

Desde mi niñez escuchaba el relato bíblico en el que Jesús interrumpe un acto de muerte por lapidación a una mujer pecadora dirigiéndose a los futuros verdugos con estas palabras: El que esté libre de pecado que lance la primera piedra. Y todos dejaron caer al suelo las piedras que tenían ya en sus manos y se marcharon del lugar.

Y es que la naturaleza humana no es perfecta y todos cometemos faltas a lo largo de nuestras vidas.

Allá por 1962, en conversación con el compañero César Escalante, este me decía que en el decursar de la vida cometemos errores pequeños, medianos y grandes. El también insistía en que la autoridad personal no la daba el cargo que se ocupara, sino la que dimanaba del reconocimiento de los otros hacia nuestra persona por la conducta y capacidad que mostráramos.


Toda esta enseñanza iba encaminada a prevenir la arrogancia que nos amenaza, especialmente, en nuestros años juveniles. Era advertir: tú también cometes y cometerás errores. Sé autocrítico. Al final del día pasa revista a lo que has hecho.

José Martí nos decía que Dios existe en la idea del bien, o sea, que el bien es el sentimiento y la realidad superior. Por ello el fundador de una denominación cristiana aconsejaba: haz todo el bien que puedas, a todo el que puedas, cada vez que puedas, mientras puedas.

Y es que este animal mamífero que somos tiene algo más que el resto: la capacidad de razonar, de lograr con su inteligencia ir más allá de su condición puramente animal y modificar leyes naturales como la del más fuerte y crear valores superiores en la ciencia, la tecnología, las artes, el conocimiento, el sentimiento.

La idea del bien es la que preserva. La del mal corrompe y destruye.

Tanto la idea del bien como la del mal es un logro de la mente humana. Los otros animales actúan por instinto en su medio natural y, aún ellos, pueden modificar su conducta en contacto con el ser humano. Pero lo humano no existe aisladamente, sino en sociedad. Es en el seno de la sociedad que llegamos a ser lo que somos. Y seremos tan buenos o malos como predominantes sean las ideas, las normas y hábitos de nuestro modo de vivir.

Salvar lo mejor que nos legaron las pasadas generaciones, ayudarnos mutuamente para reforzar lo positivo en nuestras personalidades y limar a tiempo lo negativo se revierte a favor de todos.

Prevenir es mejor que castigar. Si lo primero falla, queda lo segundo. Pero si se logra salvar a otro de una conducta errónea, estamos también salvándonos a nosotros mismos.
Y en esta obra de salvación se necesita el concurso de todas las fuerzas que inciden en la sociedad, desde la familia y la escuela, hasta las organizaciones más diversas y los gobiernos.

Revisión, control, prevención, medidas de corrección y, sobre todo, ejemplo.

Y el mejor auxiliar para todos es la prensa, los medios de comunicación masivos. Estos medios pueden ser la voz de la mejor conciencia colectiva que informa y aconseja, que ilumina en lo oscuro, que une sentimientos y voluntades para el bien de todos.

Ya la Grecia antigua nos advertía en La Iliada que los dioses no dan todos los dones al mismo tiempo ni a un solo hombre todas las virtudes. No se puede tener, a la vez, todo lo deseado. Tampoco podemos ser eficientes en todo lo que hacemos, porque no podemos disponer de todas las virtudes. Somos buenos en una cosa y no lo somos en otra. 

De ahí la importancia de recordar lo que afirmó el filósofo más relevante de esa Grecia antigua, Aristóteles: el hombre es un ser social. Somos parte y producto de nuestro pueblo y nuestro tiempo. Solamente el trabajo entre todos, con la opinión de todos para a la búsqueda de lo mejor es que las cosas pueden hacerse lo más eficazmente posible. La unanimidad es muy difícil, pero el consenso es posible con discusión honesta y flexible, sin traicionar principios fundamentales.

Para avanzar como sociedad y como ser humano individual se necesita trabajo, estudio, esfuerzo, disciplina, conocimientos, análisis, buena voluntad, exigencia, control y comprensión de que la vida está en la compañía y la solidaridad superior que considera a toda la humanidad como la patria propia.

La democracia –también una forma de gobierno surgida en la Grecia antigua, aunque entonces se excluía de ella a los esclavos y las mujeres- es la forma política mejor que la sociedad humana ha encontrado. Pero tiene que ser una democracia como la definió Abraham Lincoln: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Tiene que ser profundamente participativa y constante. No limitarse solamente a la capacidad de elegir periódicamente a los gobernantes. Democracia sin justicia social, sin igualdad de oportunidades, con privilegios para ciertas familias, sin equidad ni solidaridad, no es democracia verdadera.

Del seno del pueblo surgirán los individuos que encarnen mejor sus aspiraciones, los líderes naturales. Valdrán tanto como sea su servicio a sus semejantes. Servir a los demás y no servirse de ellos.

No olvidar que lo que somos hoy es el resultado de lo que hemos sido antes y que el futuro se va forjando con lo que hacemos en el presente.

Las generaciones más jóvenes no deben cargar con los errores de las generaciones precedentes, sino identificarlos para no repetirlos y buscar nuevas soluciones basadas en el conocimiento y la razón. Pero sin olvidar que ella también puede errar. A todo hay que agregarle un ingrediente esencial: el amor por lo que se hace. Y algo más, la relación entre verdad absoluta y relativa. En la búsqueda del conocimiento vamos encontrando respuestas que damos por ciertas y con el tiempo encontramos nuevas verdades relativas que modifican la anterior. Pasar de Ptolomeo a Galileo, por ejemplo.

Haber nacido en el seno de un país que en tan breve tiempo histórico de constituirse como nación ha dado al mundo personalidades tan ilustres en variadísimas ramas de la actividad humana y un pueblo que, unido y fraterno, ha realizado hazañas épicas de resistencia y lucha por la humanidad toda, al precio de mucho sacrificio y sangre derramada por la victoria de la justicia y la solidaridad, es un compromiso moral enorme, un elevadísimo honor y una responsabilidad irrenunciable.

Recordemos con nuestro Apóstol:

Es doble manera de hacer el bien, dar pan al cuerpo y darlo al alma! (5-85)
La única manera de concebir el bien general es halagar y proteger el trabajo y el interés de cada uno (6-271)
Contra el dogma del mal eterno, el dogma nuevo del eterno trabajo por el bien (9-464)