viernes, 24 de julio de 2015

ESTADOS UNIDOS #CUBA: SEGUNDA TEMPORADA

Por: Jorge Gómez Barata 

Debido a que no se esperaba, nadie en Cuba se preparó para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, ni para aprovechar los efectos de cambios de gran calado. A pesar de tratarse de eventos asociados a la política exterior, su impacto en la evolución de procesos económicos internos, que forman parte de las reformas en curso, son considerables. 

Cuando hace algunos años la dirección cubana se persuadió de que el modelo económico instalado, como parte de los esfuerzos por construir el socialismo no era eficaz, y emprendió la tarea de actualizarlo mediante la rectificación de algunas políticas y la introducción de otras, el panorama no era alentador. 

Entonces, el bloqueo económico, financiero, comercial y tecnológico norteamericano, reforzado por una implacable persecución financiera, aplicado también por aliados y clientes de Estados Unidos, colocaba a la economía de la Isla, devastada por más de veinte años de crisis, en una difícil posición para realizar reformas de fondo. Los anuncios de los presidentes Raúl Castro y Barack Obama el 17D introdujeron datos que cambiaron la ecuación. 


Hoy se conoce que, para intentar un repunte, la economía cubana necesita crecer consistentemente durante varios años por encima del cinco por ciento anual, hazaña que solo puede ser realizada a partir de captar inversiones extranjeras por encima de los seis mil millones de dólares anuales, lo cual era difícil de lograr en el entorno formado por el bloqueo y la hostilidad norteamericana. 

El pragmatismo con que los mandatarios de ambos países encararon la coyuntura, permitió exitosas negociaciones diplomáticas, que han conducido a un escenario en el cual todos ganan y todos se benefician, no solo con aperturas económicas, libertad para el comercio, la inversión y las transferencias tecnológicas. El cese de la hostilidad contra Cuba contribuye al saneamiento del clima político global, y tiene para Estados Unidos el efecto de una eficaz operación de lavado de imagen. 

A partir del 17 de diciembre pasado se percibe un clima de distensión, y un ambiente de confianza que facilita negociaciones ulteriores, y un sostenido esfuerzo  de los líderes y funcionarios norteamericanos y cubanos por explicar las políticas, y lo que es más importante, el respaldo creciente de la población de ambos países. Todo ello complementado por un repunte de las relaciones internacionales de la Isla entre las que se destaca un renovado interés por invertir y comerciar con Cuba. 
Por supuesto que existe una larga lista de asuntos por resolver, y que la “normalización completa” es como un horizonte que se aleja mientras se avanza. En su esencia más profunda, respecto al pasado Estados Unidos y Cuba tienen poco que añadir. Casi todo está dicho y hecho, y si bien no está mal tomarlo como  referencia, de lo que exactamente se trata es de construir una nueva relación. Ese y no otro es el desafío.

Probablemente entre los procesos que requieran de un tiempo mayor figuran los fenómenos culturales, incluyendo entre ellos los contenidos y los prejuicios ideológicos y la cultura política. No se trata ahora de cambiar la cultura política, sino de enriquecerla, y de introducir en las estructuras ideológicas datos que permitan involucrarse con solvencia en eventos que serán cada uno una novedad. 

La nueva etapa histórica no tiene por qué repetir el pasado. Las nuevas tareas no serán obra de arqueólogos que examinan ruinas, sino de constructores que trazarán nuevos y audaces proyectos. La distensión está llegando, y es preciso alimentarla y reforzarla con hechos, con palabras, y con ideas.  

No comparto la metáfora de que en lo adelante todo será más difícil. Me parece al revés. Lo mismo que el 17D, el 20 de julio en Washington me pareció ver triunfar la buena fe. Hay que darle chance a la esperanza que estuvo embargada demasiado tiempo. Allá nos vemos.