jueves, 9 de julio de 2015

#Cuba: Una vez más sobre la corrupción

Por: Rolando López del Amo 

Acabo de leer un artículo sobre la corrupción en Cuba escrito por Ernesto Escobar Soto. El trabajo es abarcador y contiene varias sugerencias para enfrentar este mal, que no por antiguo y universal  debemos aceptar como inevitable quienes estamos empeñados en el surgimiento de una sociedad humana mejor.

Uno de los aportes que en el siglo XIX hicieron Carlos Marx y Federico Engels fue el de señalar la influencia de la base económica de la sociedad en toda su superestructura ideológica. La existencia social determina, en última instancia, la conciencia social.

Nuestro José Martí, relativamente contemporáneo de Marx y Engels, llegó a la conclusión de que en la mayoría de los casos se necesita ser próspero para ser bueno.

La norma de la conducta humana no puede establecerse a partir de las excepciones como el caso de Sidarta Gautama, nacido en la cumbre del poder y la riqueza y que renunció a la placentera vida palaciega porque llegó a la conclusión de que la vida humana era toda sufrimiento y que había que salir de ella para alcanzar la paz del nirvana, sitio o estado no explicado por él, sino sólo mencionado como lugar donde no hay muerte. O el caso de Jesús, el nazareno, quien decía que su reino no era de este mundo y a un hombre muy rico que le preguntó qué debía hacer para seguirlo le respondió que vendiera todo lo que tenía y lo repartiera entre los pobres, con lo cual Jesús perdió a un posible seguidor pues el hombre no quiso perder su riqueza material. O los casos de Carlos Marx o José Martí quienes siempre antepusieron el cumplimiento del deber que se habían impuesto a la posibilidad de una vida acomodada.


Y para qué se hacen las  revoluciones sociales sino para reparar injusticias y traer prosperidad a las clases más pobres a través de la imprescindible corrección del desbalance de ingresos que concentra la riqueza social, que produce la sociedad en su conjunto, en unas pocas manos y sume a grandes mayorías en la pobreza.

Esa llegó a ser la práctica social en Cuba hasta la década de los ochenta del siglo pasado, a pesar del bloqueo económico, financiero y comercial de los EEUU y todos los errores cometidos por nuestra inexperiencia económica y administrativa.  La clave de nuestra estabilidad y bienestar de entonces estaba en la ayuda en extremo solidaria de los países del CAME, particularmente de la URSS que nos financiaba con precios altamente preferenciales nuestra producción de azúcar y nos entregaba anualmente dos millones de toneladas de petróleo para que las revendiéramos en el mercado mundial y nos suministraba gratuitamente el equipamiento militar. Cuando se liquidó el CAME y la URSS se desintegró y se perdió el socialismo europeo en el poder, sólo a la URSS le debíamos más de treinta mil millones de dólares que, recientemente, el presidente Putin condonó casi totalmente.

Al perder todo el financiamiento externo de que disfrutábamos y acentuarse el bloqueo yanqui, entramos en el llamado período especial, o sea, en el período real del mundo sin el apoyo internacionalista socialista. Y ahí se evidenciaron todas las flaquezas de nuestra economía. El valor de la moneda nacional bajó, de golpe, ciento cincuenta veces.

Se inició entonces la lucha por una sobrevivencia angustiosa y se manifestó la necesidad de hacer cambios, levantar prohibiciones, abrirse al mundo.

Esto tuvo algunos resultados y nuestra moneda dejó de cambiarse a 150 pesos por un dólar hasta estabilizarse en los 25 por uno actuales. Aún así, los salarios de los ochenta quedaron reducidos en 25 veces. Digamos que 250 pesos de los ochenta son hoy 10 pesos.

Hemos mantenido la gratuidad de la educación y la salud públicas, de los entierros y una cuota alimenticia subsidiada, mínima, para dos semanas al mes. Los comedores obreros fueron sustituidos por un subsidio en efectivo que compensó la ausencia de esa comida diaria en días laborables. Al suspenderse las escuelas en el campo, que eran incosteables y con muchos problemas docentes, la carga de la alimentación de los estudiantes regresó a sus padres.
De otra parte, al suprimirse la distribución normada de artículos industriales a precios subsidiados, sólo quedó  el mercado paralelo con precios abultados por un elevado impuesto de ventas del 240 por ciento.

Aunque la mayor parte de las familias son propietarias de sus viviendas, ya el desgaste de ellas requiere fuertes inversiones en reparaciones para lo que se han aprobado créditos y subsidios, pero no hay un plan de construcción de viviendas acorde a las necesidades acumuladas. Los servicios de medicamentos, electricidad, agua, telefonía fija y transporte urbano público siguen siendo subsidiados.

Sin embargo, el gasto en alimentos liberados, artículos de aseo personal, ropa y calzado está muy por encima de las posibilidades salariales de la inmensa mayoría de los trabajadores y de los jubilados. Algunos reciben pequeños estímulos en divisas y otros, no pocos, reciben remesas de sus parientes en el exterior. Pero hay quienes no reciben ni lo uno ni lo otro.

En medio de esa situación de economía de sobrevivencia se abren las grietas para las conductas corruptas y delictivas a todos los niveles. Y esa situación no se resuelve con llamados moralistas, ni supuestos códigos de ética. 

Históricamente existe un método educativo que ha probado ser el más efectivo: premiar lo bien hecho y sancionar lo mal hecho. La buena conducta requiere de estímulo material y moral, simultáneamente. Y viceversa.

Las personas que viven de un salario o una pensión necesitan que estos sean suficientes para cubrir sus necesidades razonable. De no ser así las convertimos en personas necesitadas y vulnerables a las acciones corruptoras.

Decenas de años de administración estatal monopólica han demostrado su ineficiencia.

La tarea más apremiante está en liberar al Estado de la mega administración omnipresente para concentrarla en los medios fundamentales de producción y dejar a las cooperativas y empresas privadas el resto de la economía y los servicios.

Todavía queremos tratar a las UBPC como si fueran empresas estatales y siguen los mismos viejos problemas con cientos de miles de hectáreas sin cultivar, ociosas.
No acabamos de poner en práctica los modestos lineamientos económicos y sociales aprobados por el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba y sólo faltan diez meses para el nuevo Congreso, de cuyos trabajos preparatorios no tienen información ni la masa de militantes del propio Partido y, mucho menos, el resto de la masa trabajadora.

El país necesita sustituir el estilo burocrático de dirección y administración por un estilo democrático participativo efectivo. Control popular a todos los niveles. Reducir instancias burocráticas. Socializar la propiedad, no estatizarla.  El Estado como conductor de lo macro, de las aspiraciones nacionales. Guía, supervisión, control. Pero la ejecución ha de ser variada, sobre todo en la economía, y darle al mercado el papel que aún desempeña en el socialismo que tratamos de construir.

Y cero secretismo, salvo en lo que realmente es secreto de Estado que hay que preservar. Lo demás, abierto al escrutinio público. El acceso a cargos y puestos de trabajo sea por convocatoria pública y no por agencias de colocaciones. Los cargos de gobierno sean por elección directa para que el elegido se sienta comprometido con sus electores de abajo y no con los selectores de arriba.
Pongamos en limpio nuestra obra. Separemos el grano de la paja y hagamos todas las rectificaciones que la práctica social, como criterio de la verdad, nos aconseja.