martes, 21 de julio de 2015

#Cuba: Desafíos y oportunidades de la convivencia pacífica


Por Carlos Alzugaray[1]

La reapertura de las embajadas de Cuba en Washington y de Estados Unidos en La Habana es un hecho histórico trascendental que marca, en el plano formal, legal e institucional, el viraje radical que han dado las relaciones entre ambos países a partir del 17 de diciembre pasado.

Hay que reconocer que es un paso que se ha dado gracias ante todo a la resistencia con sabiduría del pueblo cubano y de sus dirigentes, particularmente del Presidente Raúl Castro.

En su discurso ante la Asamblea Nacional del pasado 15 de julio, el mandatario cubano significó la importancia histórica del hecho con las siguientes palabras:


“Habrá concluido así la primera fase del proceso iniciado el 17 de diciembre y comenzará entonces una nueva etapa, larga y compleja, en el camino hacia la normalización de las relaciones, que requerirá voluntad para encontrar soluciones a los problemas que se han acumulado por más de cinco décadas y afectan los vínculos entre nuestros países y pueblos. Como hemos dicho, se trata de fundar un nuevo tipo de lazos entre ambos Estados, distintos a los de toda nuestra historia común.”

En este proceso hay que reconocer la audacia y el coraje del Presidente Obama pues ha ido en contra de un presupuesto muy común en la política y la ideología imperialista de la clase dominante en ese país: que establecer relaciones diplomáticas con un país adversario o negociar con él, reconociendo así la legitimidad de su gobierno, es una concesión tan importante que sólo puede hacerse como resultado de que la otra parte haga grandes concesiones. 
Así se actuó infructuosamente durante años con la Rusia soviética y la China popular, donde la realidad impuso el cambio a largo plazo sin que esas naciones hicieran las concesiones demandadas.

El caso de Cuba es aún más significativo pues se trata de un pequeño país vecino y no de una gran potencia. En su declaración pública sobre la apertura de embajadas, el presidente norteamericano hizo dos cosas de alto contenido simbólico pero también práctico. La leyó ante la prensa desde el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca acompañado por el Vicepresidente Biden. Los conocedores de la política norteamericana saben que ese escenario está reservado para las grandes iniciativas en política exterior. Por otra parte, al anunciarlo dijo:


“Este es un paso histórico en nuestros esfuerzos por hacer avanzar la normalización de las relaciones con el gobierno y el pueblo cubanos, y por comenzar un nuevo capítulo con nuestros vecinos de las Américas.”

No hubo intento por separar al pueblo del gobierno, una característica de sus pronunciamientos anteriores sobre el tema.

Tanto el liderazgo cubano como el estadounidense han sido realistas, audaces y creativos. Aunque no hay nada escrito, la práctica diplomática convencional tenía como presupuesto axiomático que el establecimiento o restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos Estados constituía el paso final en el camino de la normalización. Aquí se han invertido los términos y el epílogo se ha convertido en prólogo.

Para ello, Cuba renunció a su posición original de no aceptar relaciones diplomáticas sin que se levantara el bloqueo. Esto es lo realista y no implica concesión alguna de principios.

Por el contrario, hacerlo como se ha hecho tiene una importancia práctica significativa: permite a ambas diplomacias trabajar activamente en todo aquello en lo que hay intereses comunes, como la lucha contra el narcotráfico, la preservación del ecosistema común, seguridad y regulación de la aviación civil y salud pública, por poner sólo algunos ejemplos. Las relaciones diplomáticas y la apertura de embajadas facilitan así lo que pudiéramos llamar las múltiples normalizaciones en distintos terrenos. Obviamente ambos gobiernos han sido pragmáticos y no han dejado que se interpongan en el camino de este comienzo de la normalización los grandes problemas que nos separan: levantamiento del bloqueo, compensaciones mutuas, cese de la política subversiva, devolución de Guantánamo, y derogación de la “Ley de Ajuste Cubano”.

Establecer espacios de cooperación racional y normal entre ambos gobiernos en aquellos temas donde es incontestable el interés común puede allanar el camino para la solución de asuntos más espinosos, sin lo cual no se puede hablar de normalización.

La normalización o las normalizaciones múltiples no van a lograrse de golpe, pero sí se puede avanzar en ella(s) ampliando y profundizando la cooperación en todo aquello que se pueda. El objetivo sería construir sólidamente y en la práctica el conjunto de reglas y procedimientos que serían la base de la normalización definitiva: respeto por la legitimidad de ambos gobiernos; beneficio mutuo; negociación de los temas conflictivos sobre la base de un espíritu amistoso y civilizado; y no interferencia en los asuntos internos de la otra parte. La utilidad práctica de esta estrategia para Cuba resulta innegable.

Este camino puede llevar a lo que sería el gran objetivo cubano: que Estados Unidos abandone el propósito central de su política estatal durante más de medio siglo. Hasta que no se demuestre lo contrario, Washington ha perseguido en Cuba el designio de un “cambio de régimen” por la fuerza y la coerción (de eso se trata el bloqueo). En la nueva fase, con el restablecimiento de relaciones y la reapertura de embajadas, podemos estar adentrándonos en lo que se pudiera llamar el comienzo una “convivencia pacífica” que no está exenta de riesgos pero que puede tener beneficios tangibles sobre todo en el plano económico en la medida en que el bloqueo vaya sucumbiendo, como es lícito suponer.

Según se vaya llegando a acuerdos mutuamente beneficiosos entre ambos países, el apetito por derrocar al gobierno existente en Cuba, lo que he asociado antes con el “síndrome de la fruta madura”, irá dando paso a la consideración realista y pragmática de que no vale la pena intentar derrocar un gobierno sólido y estable con el que se llegan a acuerdos que son beneficiosos para intereses legítimos del gobierno norteamericano en el plano diplomático; de seguridad; económico y comercial; y cultural, científico y educacional. El turismo será un importante componente de esta relación.

Oportunidades y desafíos de la nueva fase

El camino que se abre en la nueva fase, con las relaciones diplomáticas restablecidas, tiene oportunidades pero también desafíos. Hay al menos dos retos significativos: las actitudes que puede generar la asimetría entre ambos países y la larga historia conflictual entre la voluntad hegemónica norteamericana y la aspiración cubana al ejercicio pleno de su soberanía, independencia y autodeterminación.

Ambos obstáculos estuvieron siempre presentes en la relación diplomática.

La asimetría en relaciones internacionales genera dos posiciones contrapuestas entre una gran potencia como Estados Unidos y un pequeño país vecino como Cuba. Del lado norteamericano habrá una tendencia a comportarse como Tucídides describió a Atenas en su zenit durante la Guerra del Peloponeso: las grandes potencias hacen lo que quieren, los pequeños países sufren lo que tienen que sufrir.

Ya en la campaña electoral de 2008, Obama criticó esta predisposición a imponer y no negociar diplomáticamente los conflictos con países más débiles. Hay que decir que lo ha puesto en práctica en varias acciones trascendentales de política exterior como las negociaciones con Cuba e Irán. Pero nadie puede garantizar que una futura administración republicana no la reavive.

Del lado cubano puede generarse la actitud muy bien descrita por un proverbio oral de la cultura swahili en África acerca de la hierba y los elefantes: para la hierba poco importa que los elefantes hagan el amor o la guerra, siempre va a terminar aplastada.

Tanto cubanos como estadounidenses tenemos que trabajar para demostrar que no hay un fatalismo en estas preconcepciones o prejuicios.

Los políticos, diplomáticos y hombres de negocios estadounidenses tienen que habituarse a la idea de que Cuba no va a plegarse, y nosotros, a que no todo lo que hace Estados Unidos es perjudicial para Cuba.

A la asimetría hay que añadirle el peso de la historia. Para los que dentro de Cuba miran con sospecha y/o aprensión la normalización abundan ejemplos de acciones negativas de Estados Unidos contra Cuba y particularmente de sus diplomáticos y de su Embajada. Recuérdese por ejemplo el claro apoyo de la misión diplomática estadounidense a Machado y a Batista y su constante interferencia en los asuntos internos cubanos para favorecer a aquellos ciudadanos que son percibidos como más afines a los intereses imperialistas, como lo ha venido haciendo en los últimos años.

Sin embargo, las circunstancias históricas han cambiado. Sería muy largo enumerar cómo lo han hecho pero vale la pena apuntar un factor determinante: la larga historia de resistencia de nuestra diplomacia y la efectividad con la que nuestros dirigentes y diplomáticos neutralizaron los intentos de aislamiento de Estados Unidos.

La Cuba de hoy es distinta a la Cuba de antes de la Revolución, pero también es distinta a la Cuba asediada de enero de 1961 cuando Eisenhower rompió relaciones. Entonces se preparaba la agresión de Girón y se confiaba en que el conjunto de medidas adoptadas por Estados Unidos en el famoso plan encubierto de la CIA aprobado en marzo de 1960 lograría el propósito que se buscaba.

Se puede estar de acuerdo con el Presidente Obama cuando ha dicho que se debe evitar ser esclavo de la historia, pero no es recomendable olvidarla ni evadir sus lecciones so pena de repetir los errores del pasado, como alertaba Santayana, el gran filósofo norteamericano.

También se puede concordar con Raúl Castro cuando llama a tener relaciones civilizadas en las que aprendamos el arte de vivir con nuestras diferencias y respetando mutuamente nuestros intereses legítimos.

La Embajada norteamericana en Cuba debe trabajar para eliminar la natural desconfianza que existe en nuestra sociedad y en nuestro gobierno hacia sus actividades. Tienen que hacerlo con respeto, transparencia y buena voluntad. Ese es el desafío que tienen sus diplomáticos.

Pero también hay un desafío en nuestras instituciones y en nuestros ciudadanos. Para generalizar algo que probablemente tenga muchas aristas, tanto en un caso como en otro hay que tener claros cuáles son nuestros principios e intereses. A mi entender, cada cubano que entre en contacto con un diplomático norteamericano debe extenderle el respeto y la hospitalidad que se le otorga a cualquier extranjero, dándole el beneficio de la duda. Al propio tiempo debe hacerles ver que la interferencia en los asuntos internos cubanos es inaceptable; que los Estados Unidos y sus representantes no son ni jueces ni parte en nuestros debates y deliberaciones internos. Sí, debemos aceptarlos como observadores de nuestra realidad nacional, a lo cual tienen derecho como lo establece la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas, y nos interesa que entiendan esa realidad tal cual es. Otra cosa, totalmente distinta, es que utilicen esa prerrogativa para interferir en nuestra política.

Mucho más grave es que haya ciudadanos cubanos que estimulen esa predisposición. No permitir injerencias extrañas en nuestra política es un deber cívico de cada ciudadano cubano. Hacer lo contrario es un error gravísimo que sólo puede traer perjuicios a nuestra Patria.
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[1] El autor es un diplomático, educador y ensayista cubano.