miércoles, 10 de junio de 2015

RETOS DE LA NORMALIZACIÓN

Por: Jorge Gómez Barata 

Los avances hacia la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos no conllevarán a reescribir la historia, ni es la búsqueda de escenarios idílicos, exentos de contradicciones, incluso de confrontaciones. Lo que se procura es un status quo razonable que absorba las asimetrías y permita una convivencia, aunque  contrastada y diversa, mutuamente aceptable y ventajosa.  

El proceso abierto mediante una larga negociación, que condujo a la aproximación de posiciones hasta hacer posible un diálogo, a través del cual los mandatarios de Cuba y Estados Unidos acordaron restablecer la relaciones diplomáticas, conducirá a eventos que no son exclusivamente políticos ni solo estatales, sino también  corporativos, sociales y culturales y que, además de abrir caminos y tender puentes, deberá cerrar brechas, incluso abismos abiertos por la hostilidad y la incomprensión. 

Del mismo modo que entre amigos y aliados es normal perdonar “pequeñas faltas” y mirar para otro lado para no ver lo desagradable, entre adversarios suelen exagerarse los rasgos negativos, y destacarse los lados feos. Durante medio siglo el acumulado es abrumador. En el discurso político, en la prensa y en la labor ideológica de ambas partes, la “razón de estado” ha prevalecido por encima de cualquier otra consideración.


Aunque obviamente no lo pactaron, los presidentes de Cuba y los Estados Unidos, Barack Obama y Raúl Castro, con estilos naturalmente sobrios, conducen el proceso de normalización serenamente, con moderación, realismo y mínimos retóricos. La Habana recibe la rama de olivo como premio a su resistencia sin estridencias triunfalistas, y Washington repliega políticas fallidas con la desenfadada manera norteamericana de decir digo donde antes dijo Diego.   

Del mismo modo que la mayoría de la sociedad y la prensa norteamericana, así como parte de la colonia cubana en los Estados Unidos, apoyan a Barack Obama por el inicio de la normalización de las relaciones con Cuba, también el pueblo y las instituciones cubanas respaldan al presidente Raúl Castro, tal vez con mayor entusiasmo, porque allí se encuentran las víctimas.  

Ello no significa que en uno y otro escenario se avance de modo expedito, por caminos libres de todo estorbo. 
La administración norteamericana pone en práctica las decisiones adoptadas, afrontando la resistencia del Congreso que, dominado por los republicanos, realiza una oposición de oficio, y aprovecha todas las oportunidades para tratar de desacreditar la gestión del presidente, que maniobra para evitar que la aproximación a Cuba incremente excesivamente las diferencias existentes entre la Casa Blanca y el Capitolio.  

El hecho de que en Cuba no exista semejante fenómeno, ni las diferencias de opinión tengan aquellos signos y matices, no significa que el presidente Raúl Castro y su equipo de relaciones exteriores y seguridad nacional avancen por caminos trillados y libres de obstáculos. También ellos deben tomar en cuenta una diversidad de criterios y precedentes que no es posible obviar. La Habana no es una excepción, allí hay que construir consensos.   

Para Cuba, el hecho de que el inicio de la normalización coincida con un momento de reformas, mediante las cuales se actualiza el modelo económico, y se despliegan cursos políticos y culturales tendientes al perfeccionamiento, la descentralización, la tolerancia y la democratización, se facilitan  las cosas.    

Sin embargo, en ambos países es preciso favorecer eventos culturales y sociales que contribuyan a las relaciones institucionales y a los vínculos pueblo a pueblo. En ese empeño habrá que desmantelar estereotipos y prejuicios, favoreciendo la objetividad y el rigor. La cohesión de la sociedad cubana, de la cual están ausentes las mezquindades partidistas, son tantos a favor. 

No obstante, se requiere que la voluntad política necesaria para avanzar en cometidos que implican al pueblo, la juventud, los trabajadores e instituciones de la sociedad civil, se haga explicita. La diplomacia abre caminos pero no puede hacerlo todo. 

Aunque las vanguardias y el público cubano están calificados para intuir ciertos procesos y en muchos casos obrar por instinto, y determinados asuntos pueden quedar librados a la espontaneidad, en materia de estrategias y objetivos globales se necesitan orientaciones y argumentos que solo las instancias políticas pueden proveer. Allá nos vemos.