domingo, 14 de junio de 2015

POLÍTICA: COSTOS Y SALDOS

Por: Jorge Gómez Barata 

La hostilidad de los Estados Unidos hacia el proceso revolucionario cubano data de 1959. Exactamente 56 años. Es demasiado tiempo. Equivale a la mitad de los 112 años de existencia del estado cubano constituido en 1902, y más 20 por ciento de los 239 años del estado norteamericano. 

El primer acto positivo relevante y legalmente registrado de los Estados Unidos hacia la nación cubana fue la Resolución Conjunta, adoptada por el Congreso el 20 de abril de 1898, firmada por el presidente William McKinley un día después, en la cual expresamente se reconoce el derecho del pueblo cubano a la independencia. 


De esa misma época data la más brutal intromisión norteamericana en los asuntos de Cuba: la Enmienda Platt, aprobada por el Congreso, el 2 de marzo de 1901, e impuesta a los integrantes de la Asamblea Constituyente, que con el país ocupado y regido por un gobernador estadounidense, hicieron resistencia hasta que se les comunicó un ultimátum: “Hay República con Enmienda, o no hay República…” La última votación fue de 16 contra 11. 

Salvando las distancias de tiempo y espacio, la escala y la naturaleza de uno y otro conflicto, vale la pena recordar que la Revolución Bolchevique triunfó en 1917, y en 1933, apenas 16 años después, la Unión Soviética fue reconocida por los Estados Unidos, que en 1941, ocho años más tarde, la convirtió en su principal aliado en la II Guerra Mundial. 

A fines de los años sesenta del siglo pasado asistí a una conferencia en la cual se explicaron las consecuencias políticas del establecimiento de la alianza entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Según se dijo entonces, el entendimiento tuvo implicaciones mundiales que trascendieron la lucha antifascista. Para los norteamericanos significó deponer o atenuar las actitudes anticomunistas, y para los soviéticos, dejar de promover la revolución mundial contra el capitalismo. 

De aquel acomodo surgió la estrategia de los frentes populares promovidos por Moscú, y la tolerancia norteamericana respecto a los comunistas en América Latina. Por una deliciosa paradoja, el comunismo y el liberalismo avanzaron más en América Latina cuanto más se acercaron los dos grandes adversarios ideológicos. 

Ese fenómeno en parte explica que tras la caída del dictador Gerardo Machado en 1933, se efectuara en Cuba, en 1940,  la Asamblea Constituyente, en la cual, para redactar la Carta Magna, se sentaron en la misma mesa liberales y comunistas. 

Para los comunistas cubanos de entonces, el proceso conllevó el costo de aceptar a Batista, electo presidente en 1941, hecho por el que todavía se les impugna, a mi juicio injustamente. En términos políticos prácticos, ganaron más de lo que perdieron, porque no solo participaron de modo relevante en la Constituyente,  sino que aprovecharon la coyuntura para profundizar su influencia en el movimiento obrero, y para convertirse en una fuerza política de significación nacional. 

Debido al arreglo con Estados Unidos, la Unión Soviética fue más lejos al decretar en 1943, vísperas del Conferencia de los Tres Grandes en Teherán, la disolución de la Internacional Comunista. 

Aludo el tema para señalar uno de los muchos precedentes que existen, y sustentar la afirmación (que solo a mí me compromete) de que, obviamente, el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, la normalización de los vínculos estatales y de las relaciones pueblo a pueblo, y el fin del bloqueo (que llegará), supondrá ajustes más o menos significativos en el comportamiento de ambos estados que, como mínimo, evidenciarán alguna tolerancia mutua. 

En los duros años noventa, cuando los eventos actuales no podían ser imaginados, y sin embargo, se intentaban aproximaciones con la Comunidad Cubana radicada en Estados Unidos, Fidel Castro advirtió: “No se puede estar a la vez en guerra y de fiesta…” 

Aunque hoy no estamos de fiesta, las perspectivas de normalización alejan los peligros de guerra, que tal vez algún día, desaparecerán del horizonte de las generaciones venideras. No hay que ocultar que el actual proceso conllevará costos, pero tengo la certeza de que serán mayores los beneficios. El asentimiento de los cubanos, de la mayoría de la colonia cubana en Estados Unidos, y de la opinión pública norteamericana, tiene el valor de un referendo. 

Quienes crean que ajustarse a los tiempos y maniobrar inteligente y creadoramente, es muestra de debilidad, omiten la historia y no entienden la política. Luego les contaré más. Allá nos vemos.

La Habana, 13 de junio de 2015