sábado, 6 de junio de 2015

MEMORIAS Y OLVIDOS

Por: Jorge Gómez Barata 

Estados Unidos es uno de los países más jóvenes del mundo. Como estado cuenta con 239 años de historia. En ese período ha librado más 80 guerras e intervenciones. De ellas, 27 fueron en América, e involucraron a 14 países. No cuento las operaciones encubiertas.   

Entre las aventuras estadounidenses en el extranjero las hay muy conocidas como la guerra contra México (1846-1848), España (1898), y la ocupación de Cuba (1898-1902), y otras menos citadas como el desembarco en 1831 en Puerto Soledad, Argentina; 

Montevideo en noviembre de 1855, y casi no se recuerda el caso del USS Baltimore en 1891, cuando por una pelea entre marinos en Valparaíso, Estados Unidos amenazó a Chile con la guerra. 


No obstante, las palmas del olvido son para las “guerras berberiscas” libradas por Estados Unidos, la primera entre 1801 y 1805 contra el rey de Trípoli que tenía como aliados a Túnez y Marruecos, y la segunda en 1815, cuando una flota al mando del comodoro Stephen Decatur cargó contra el rey Omar de Argel. 
Las guerras contra los bereberes, que incluyeron batallas navales, asedios y toma de ciudades, fueron las primeras operaciones de Estados Unidos en el extranjero no vinculadas con su independencia, y las primeras contra naciones del Medio Oriente, el Mediterráneo y África del Norte.

Los bereberes son pueblos musulmanes aunque no árabes, que entre otros sitios, se asentaron en la costa mediterránea de África del Norte y, como todos los lugareños, contaban con excelentes tradiciones y habilidades marineras, que en su caso aprovecharon para, durante siglos, practicar la piratería desde bases en la llamada “costa berberisca” (Trípoli, Túnez, Argel y Marruecos). 

Con cierta impunidad los piratas atacaban también poblaciones ribereñas de España, Italia y Portugal, aventurándose incluso hasta Inglaterra y los Países Bajos. Entre los más famosos de aquellos piratas figuraron los hermanos Barbarroja. 

Además de saquear buques, villas costeras, y cobrar rescates, los bereberes  capturaban y vendían esclavos, especialmente mujeres para los harenes del oriente cercano, y cobraban peaje a los mercantes en tránsito por aguas infestadas de piratas y corsarios. En los siglos XVIII y XIX las potencias europeas, con buques  mejor armados, se dedicaron a perseguir a los piratas bereberes.

Más pragmáticos y no tan poderosos, Estados Unidos, cuyos navíos eran también blanco de la piratería al navegar por el Mediterráneo, negociaron en 1796  el Tratado de Trípoli, mediante el cual se exoneraba de ataques a las naves de bandera estadounidense. 

Todo se complicó cuando en 1801 el pachá de Trípoli exigió más dinero a los norteamericanos. La demanda no sólo no fue aceptada, sino que Estados Unidos, que ya comenzaba a ser un “imperio serio”, envío destacamentos navales, cercó, bombardeó y ocupó Trípoli, y derrocó al pachá. Los nuevos gobernantes fueron obligados a suscribir otros tratados que pusieron fin a la piratería berberisca. La expresión “moros en las costas” perdió sentido. 

Desde entonces Estados Unidos perdió interés en el Levante, que estaba demasiado lejos, era demasiado pobre, y culturalmente remoto. En épocas de la Primera Guerra Mundial combatió al Imperio Otomano y, en lugar de participar del reparto del  Oriente Medio, dejó hacer a Inglaterra y Francia, que se lo dividieron como un botín. Entonces el petróleo ajeno y lejano no era importante para ellos.  

Las cosas cambiaron en tiempos de la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría, cuando por razones geopolíticas y económicas, contendió con la Unión Soviética por el control de la región. En los años noventa llegó a la locura y desde entonces, con provocaciones como las del 11/S y sin ellas, Estados Unidos se ha involucrado cada vez más negativamente en la región. 

Esa es otra historia que he contado y sobre la cual volveré una y otra vez. Allá nos vemos.