martes, 2 de junio de 2015

LA REVOLUCION REINVENTA LA DEMOCRACIA

Por: Jorge Gómez Barata 

En las etapas preindustriales de la civilización occidental el poder se ejercía de modo directo, despótico, violento, y unipersonal. Las élites ocupaban todos los espacios y funciones. No necesitaban las instituciones, y la participación política se desconocía. Con la era moderna todo cambió. La revolución y la democracia hicieron la diferencia. 

La democracia es resultado del auge de la ilustración y de la difusión de la cultura política, un triunfo del humanismo, y la base para el desarrollo de las nacionalidades, la formación del estado-nación, y de categorías tan relevantes como la de soberanía popular. La democracia entronizó los gobernantes electos y el estado de derecho, y se hizo funcional a los intereses de los pueblos. 

La búsqueda de  la democracia condujo a las revoluciones de las Trece Colonias de Norteamérica (1776), Francia (1789), Rusia (1917), México (1910), y Cuba (1959). Ningún movimiento político contra la democracia o sin ella, ha conquistado el favor de los pueblos, ni ha trascendido. La idea es cabal porque sostiene el derecho a rebelarse contra la opresión, lo cual convierte a la revolución en fuente de derecho. 


Recientemente en Venezuela tuvo lugar un evento de título  sorprendente: “Inventar la Democracia del Siglo XXI”. Aunque no conozco el contenido de todas sus tesis y sus conclusiones, el hecho de que el tema se aborde en un escenario como la Revolución Bolivariana, es sumamente importante. 

La democracia debutó de la mano de las revoluciones, y si ahora las propicia, se ha completado un círculo perfecto. El planteamiento del tema de modo integral y multilateral en Venezuela es particularmente importante, dado el perfil socialista que el presidente Hugo Chávez imprimió al proceso que tiene lugar en ese país. 

Para el socialismo asumir la democracia, adaptar sus contenidos a procesos políticos y entornos culturales concretos, incluso tratar de reinventarla, es un avance respecto al rechazo que en su tiempo hiciera el socialismo real, que aun después de renunciar a la “dictadura del proletariado”, trató de justificar el autoritarismo con interpretaciones torcidas de la democracia. 

Es cierto que el proceso histórico mediante el cual la democracia se ha abierto paso ha sido excepcionalmente difícil, pero también lo es que sin ella ningún pueblo ha logrado nada duradero. Por ejemplo el Oriente Medio, donde las oligarquías conservadoras, las teocracias y los imperios, en nombre de reyes, profetas y caudillos han impedido el protagonismo popular. 

En las últimas décadas la nueva izquierda latinoamericana, que probó todos los caminos, ha alcanzado éxitos relevantes mediante la opción electoral, que permite a las mayorías expresarse y escoger por ellas mismas. Ninguna prueba mejor de la fortaleza de la democracia asociada a la revolución que Venezuela, donde consultado en 14 oportunidades, el pueblo ha preferido la opción socialista.  

La revolución que libera a los pueblos y los hace protagonistas del proceso político es la consumación del ideal democrático, que se realiza mejor cuando, de modo integral, se observan sus reglas y se asumen consecuentemente sus preceptos. Perfeccionar los mecanismos y las instituciones que la llevaron al poder es un compromiso de las vanguardias latinoamericanas. 

La crítica a la democracia burguesa, ha dicho Rosa Luxemburgo, no puede convertirse en la crítica a la democracia en general. Al reinventar la democracia, la revolución se recrea ella misma. Allá nos vemos.