miércoles, 17 de junio de 2015

LA CORRUPCIÓN EN EL TRÁNSITO AL SOCIALISMO

Por Roberto Fernández García

Carlos Marx, en su trabajo, Contribución a la crítica de la economía política, advierte: “El modo de producción de la vida material condiciona el progreso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre lo que determina su ser; sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.” Y asegura más adelante en la misma obra: “Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen  nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua.”  Estas tesis marxistas resultan imprescindibles para comprender la esencia del tránsito del capitalismo al socialismo y, en particular, las características especiales que rodean el período de transición al socialismo en los países subdesarrollados, identificadas por Lenin años después.

Fue precisamente Lenin, en su intenso bregar por aplicar las enseñanzas de la teoría marxista en las condiciones de un país económicamente atrasado –variante que no había sido prevista por Marx– quien descubrió la necesidad, en dichos países, del establecimiento de un régimen temporal de capitalismo de estado bajo la dirección del gobierno revolucionario en el poder, que además de aplicar una política de igualdad, justicia y equidad sociales durante una etapa que él denominó período de transición del capitalismo al socialismo, posibilitara alcanzar los niveles de desarrollo económico y, con ello, la evolución de la conciencia social correspondientes a la sociedad burguesa altamente desarrollada, a fin de propiciar el avance de las fuerzas productivas de la vieja sociedad, y encaminarlas hacia el socialismo, una vez transformadas estas últimas a partir de las nuevas condiciones materiales de existencia y la evolución de la conciencia social.


Al respecto, Lenin aseguraba, en su Informe sobre las tareas inmediatas del poder soviético, el 29-4-18: “…solo el desarrollo del capitalismo de estado, solo la implantación minuciosa de la contabilidad y el control, solo la organización y la disciplina laboral más rigurosa nos llevarán al socialismo…”  Y abundaba, en su artículo titulado El carácter de nuestros periódicos: “¿Acaso la lucha de clases en la transición del capitalismo al socialismo no consiste en proteger los intereses de la clase obrera contra los puñados, los grupos, las capas de obreros que se aferran tenazmente a la tradición-costumbre del capitalismo, considerando al estado soviético igual anterior, para trabajar lo menos y lo peor posible, y sacarle la mayor cantidad de dinero?”

Las anteriores conclusiones de Marx y Lenin ponen de manifiesto que la nueva sociedad se engendra dentro del capitalismo, y que –en el caso de los países subdesarrollados que emprenden el camino al socialismo–  en la transición hacia la primera fase del comunismo, persisten en la conciencia del pueblo los rezagos de la sociedad precedente; la que solo podrá evolucionar en la medida en que mejore la calidad de vida de la sociedad, lo cual crearía las condiciones objetivas que posibilitarían la evolución gradual de la conciencia social de las masas populares. 

Esas reminiscencias capitalistas parecen constituir la base que sustenta la corrupción que subsiste en la primera fase de la sociedad comunista; sobre todo en el tránsito al socialismo en los países económicamente atrasados, debido a que la mayor parte de la población procede de la formación anterior, sin la evolución necesaria de la mentalidad; por lo que piensa y actúa acorde al nivel de desarrollo de la conciencia social existente, que es la que rige la manera de pensar y de actuar de la mayoría; y el ejemplo de actuación que genera la masa domina el pensamiento y la acción de todos, para regenerarse en los jóvenes, que crecen viviendo en limitadas posibilidades materiales, para heredar los hábitos de conducta y costumbres que genera la pobreza en que viven. Esta situación generalizada, irremediablemente reproduce los valores de la sociedad precedente, que continúa viva en la memoria, las costumbres y la práctica cotidiana de gran parte de la población, pese a los esfuerzos de la dirección revolucionaria por desarrollar la educación a través de todas las vías posibles; pues –como también asegurara Carlos Marx: “El hombre piensa como vive”, y mientras continúen viviendo en la misma realidad material de antes, se regenerará la manera de pensar y de actuar propia de aquellos tiempos; no solo en quienes viven en esta situación; sino también en los que, gracias a su posición económica y política, ocupan un lugar privilegiado en la escala social y reciben por encima del pueblo.  

Por otra parte, los errores que comete la dirección revolucionaria con la intención de acelerar la fase de tránsito a fin de alcanzar más rápido la etapa socialista, no pocas veces provocan resultados económico-sociales contrarios a los propósitos iniciales; pues tales iniciativas con frecuencia conllevan a regular la vida económico-social al detalle, así como a centralizar y concentrar el poder político-económico, incrementando la burocracia gubernamental, en cuyas manos se deposita todo el poder, lo que genera la indetenible tendencia al acomodamiento y los privilegios, dando lugar a la corrupción administrativa en las altas esferas de poder. Así se corroe al sistema desde dentro; en primer lugar, entre las capas oficiales, cuyo ejemplo negativo repercute en la población y genera la tendencia popular a imitarlos; y al mismo tiempo facilita las actividades subversivas que, en el terreno ideológico, llevan a cabo de manera subrepticia por todos los medios a su alcance –que no son pocos, por cierto– las principales potencias capitalistas para ejercer la manipulación ideológica y la subversión política sobre la población de los países en tránsito al socialismo, cuya eficacia quedó demostrada con la desaparición de la URSS y del Campo Socialista de Europa del Este; y se pone de manifiesto en nuestra realidad cotidiana, y en los intereses que demuestran los círculos de poder del prepotente vecino del Norte en su política hacia Cuba.   

Las reminiscencias capitalistas en la transición socialista, también perviven en la mentalidad de las capas de revolucionarios procedentes de la clase obrero-campesina, intelectuales y pequeño-burgueses que integran las élites dirigentes a todos los niveles, y no son pocos los que, al disponer del poder político-económico y gozar de una posición privilegiada fuera del control popular, se ubican por encima de la ley, acomodándose para terminar corrompiéndose y degradándose ideológicamente, lo que da lugar a que no pocos de ellos, llegado el momento, se pasen al lado del enemigo –tal como ocurrió en la URSS y otros países ex socialistas, y no han faltado en Cuba– y hasta lleguen a formar parte de los gobiernos contrarrevolucionarios que restablecen el capitalismo después que, en contubernio con las potencias enemigas, logren el derrumbe de la revolución, participen en el restablecimiento de los gobiernos capitalistas y hasta los  encabecen, para transformarse, de la noche a la mañana, en fieles servidores de las potencias occidentales, facilitando la entrega de la economía nacional al capital extranjero y a sus cómplices nacionales.

La supervivencia de la conciencia burguesa en el tránsito al socialismo, unido al subdesarrollo económico y las privaciones materiales de vida –sin olvidar el bloqueo económico de los EE. UU. han mantenido contra Cuba por más de 50 años con la intención manifiesta de empeorar las condiciones de existencia del pueblo e impedir el desarrollo económico del país– son factores que entorpecen la evolución de la conciencia social, al impedir el mejoramiento de la vida de la gente, situación que –unido a los errores políticos que cometemos– aprovecha la propaganda enemiga para minar la confianza del pueblo en el futuro revolucionario, sobre todo en los jóvenes, minados por la propaganda y la influencia ideológica que producen los centros especializados adjuntos a los servicios de inteligencia y subversión política de los principales gobiernos del mundo capitalista para manipular la conciencia de la juventud en nuestros países, con el fin de impedir, a toda costa, que el relevo generacional responda a los intereses políticos, económicos y sociales que garantizarían el porvenir independiente y soberano de la nación.  

En conclusión, la corrupción es una reminiscencia del capitalismo que lastra la conciencia social durante la etapa socialista y tiende a minarla desde adentro, lo que aprovechan las fuerzas reaccionarias de dentro y de fuera para impedir el triunfo de la nueva sociedad. Por tanto, resulta imprescindible alcanzar los niveles necesarios de desarrollo económico-social para elevar las condiciones de vida de la población y la evolución de la conciencia social. Pero, al mismo tiempo, tenemos que desatar una efectiva guerra sin cuartel contra la burocracia oportunista y corrupta, estamento en el que –según ha demostrado la historia– se engendra y crece con mayor facilidad el germen de la traición. 

Varadero, 10 de junio de 2015.