miércoles, 17 de junio de 2015

CUBA-ESTADO UNIDOS: OTRAS NEGOCIACIONES

Por: Jorge Gómez Barata

Con la notable excepción de la II Guerra Mundial, que concluyó con la rendición incondicional de Alemania y Japón, los grandes conflictos internacionales suelen finalizar mediante complejas y dilatadas negociaciones. Con frecuencia se aceptan mediadores, se aceptan “laudos”, son tratados en conferencias multilaterales, o se someten a instancias judiciales internacionales. 

En América Latina se han ejercitado todas las fórmulas, aunque nunca se había planteado una situación como la que actualmente se ha configurado entre Estados Unidos y Cuba, que aun con la voluntad de los respectivos presidentes Raúl Castro y Barack Obama de avanzar en la normalización de sus relaciones diplomáticas, a seis meses de haberlo decidido, no logran abrir una embajada. 

Aunque más de medio siglo de hostilidad, bloqueo norteamericano, agresiones de todo tipo, y respuestas calibradas, forman barreras difíciles de sobrepasar, el obstáculo mayor proviene de la oposición del partido Republicano, que haciendo uso de la mayoría de que disfruta en el Congreso, ha secuestrado la determinación del presidente de rectificar la política hacia Cuba. 


La experiencia evidencia que los arreglos son más difíciles cuando implican intereses territoriales o económicos, aluden a la soberanía nacional, conjugan  varios de esos elementos, implican a terceros, tienen impactos globales, y se tornan excepcionalmente complejos cuando suman fenómenos políticos e ideológicos. Algunos de estos elementos concurren en el diferendo entre Cuba y los Estados Unidos.

Probablemente la primera vez que la firma de representantes estatales de los Estados Unidos y Cuba se estampó en un pacto internacional fue en el Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919, que puso fin a la Primera Guerra Mundial. 

La Primera Guerra Mundial dio lugar al ajuste territorial y geopolítico más importante desde que España y Portugal se apoderaron de América, tanto que frecuentemente es citado como un “nuevo reparto del mundo”. En virtud de aquel tratado desparecieron tres imperios: Ruso, Otomano y Austro-Húngaro, y nacieron varios estados, Yugoslavia, Checoslovaquia, y la Turquía moderna, republicana y laica. 
Entre los resultados más significativos estuvieron el cese del dominio otomano sobre el Oriente Medio, que abrió las puertas a la recolonización por Inglaterra y Francia. El tratado obligó a Alemania al pago de voluminosas “Reparaciones de Guerra”, lo cual sumado a la ruina ocasionada por la guerra, sumió al país en la pobreza, cosa que influyó en el auge del revanchismo alemán, desbrozó el camino al fascismo, e influyó en el desencadenamiento de la II Guerra Mundial. 

Aunque el Tratado fue negociado por altos representantes de los Estados Unidos, Gran Bretaña, y Francia, su verdadero artífice fue el presidente norteamericano Woodrow Wilson, que por medio de aquel instrumento creó la Sociedad de Naciones. El ex presidente de México, Francisco León de la Barra, fungió como presidente de la Junta de Arbitraje. 

La participación de Cuba en el arreglo se debe a que el 7 de abril de 1917 el gobierno cubano de entonces se unió al de Estados Unidos, y declaró la guerra a los Imperios Centrales, entre ellos Alemania. El hecho provocó una ácida polémica en el Congreso cubano, debido a que el artículo 10 del tratado establecía que: “Todas las naciones firmantes deberían responder de conjunto, en caso de agresión sobre cualquiera de los firmantes…”. A ello se opusieron varios representantes cubanos. 

No obstante, Cosme de la Torriente, un destacado político de la época, argumentó que la cláusula, al sellar la alianza con Estados Unidos, reforzaba la seguridad de Cuba. Cuestión de criterios. Son cosas de la diplomacia y de la política. Allá nos vemos.