miércoles, 24 de junio de 2015

Burocracia o democracia: he ahí el problema

Por: Rolando López del Amo

El pasado viernes 19 de junio el programa de televisión Mesa Redonda trató el tema del burocratismo.  Creo que hay que agradecer a la periodista Arleen Rodríguez Derivet la selección de un tema que, a no dudarlo, es de primerísimo importancia.

Fue una grata sorpresa iniciar la discusión con el actor mexicano Mario Moreno, creador del personaje  Cantinflas, tan popular en su tiempo y muy elogiado por Charles Chaplin. Pero esta vez Mario Moreno no cantinfleaba sino hablaba con mucha precisión al definir la burocracia como el poder de los funcionarios. 

El periodista José Alejandro, incansable luchador contra lo mal hecho y las injusticias, abuso y desidia de los burócratas ofrecía el antídoto para ese mal: la democracia, el poder del pueblo ejerciéndose cotidianamente por todos los medios a su alcance.

De otra parte, en su conversación telefónica, el convaleciente profesor Calviño  aclaraba que el burocratismo no es un fenómeno para ser tratado individualmente –aunque los burócratas que lo aplican son individuos-, sino institucionalmente, como sistema.


El burocratismo es una concepción del gobierno de los Estados y otras agrupaciones humanas y no es privativo de un régimen económico social en particular.  La Roma esclavista, la España o la China feudales y las sociedades capitalistas todas, más las que iniciaban e inician el tránsito al socialismo lo confirman.

Resulta obvio que todo Gobierno, para ejercer como tal, necesita de instituciones, organismos, leyes. Y todas las funciones que de ahí se derivan están a cargo de funcionarios. La clave fundamental consiste en definir para quienes realizan el trabajo los funcionarios, si para el bien general o el de ciertos grupos de poder.

En la China antigua los emperadores crearon un sistema nacional vertical de funcionarios, desde la corte en la cúspide, hasta la base: el mandarinato. Se llegaba a esa condición mediante exámenes y luego de iniciada la carrera de funcionario público, controlada estrictamente desde arriba hasta  abajo, el mandarín ascendía a cargos más importantes. La opinión del pueblo no contaba para nada. De ahí tantas injusticias  e insurrecciones campesinas a lo largo de la historia del país.

En síntesis: el poder del funcionariado en la administración del Estado es asunto viejo. Que lo diga el difunto Cardenal Richelieu.

Que los funcionarios se necesitan es algo innegable. Lo que sí hay que garantizar es que sean honestos, laboriosos y conscientes de que su función es la de servir al público y no servirse de él.  Pero esos funcionarios requieren que haya instituciones y leyes sencillas y claras que sean de conocimiento y control públicos.

Cuba cuenta, en teoría, con la capacidad de revocar a los funcionarios de elección pública, pero no es así para los designados. De ahí la importancia del papel de las organizaciones políticas y sociales y de los medios de comunicación en el combate a los abusos que puedan provenir del funcionariado. Democracia participativa y controladora que pueda contribuir a las decisiones necesarias.

En la medida en que se descargue nuestro aparato estatal de tanta cosa que lo agiganta estaremos contribuyendo a reducir el peso de la burocracia en la vida cotidiana de la nación. Menos funcionarios mejor preparados y empleo de técnicas avanzadas ayudarán en las tramitaciones. El nuevo carné de identidad es un ejemplo en ese sentido.

En las empresas estatales los sindicatos tienen que desempeñar un papel muy activo en la defensa de los intereses de los trabajadores y hacer escuchar su voz y enfrentarse a las decisiones injustas o erróneas. No se trata de adoptar posiciones populistas demagógicas pues  si la empresa no es eficiente ni rentable no puede ofrecer lo que no tiene. Pero sí hay que favorecer la racionalidad y el estímulo que reclama la prosperidad de un colectivo que hace las cosas bien.

Las cooperativas tienen la virtud, por su naturaleza misma,  de combinar los intereses colectivos con los individuales. Los negocios de particulares se deciden por su propietario y, si emplea otros trabajadores, es el sindicato el que debe velar por los intereses de estos. Esto es válido para un restaurante o para una gran empresa de inversión extranjera, o de capital mixto  o nacional. En cuanto a la administración pública en todos sus niveles también existen los sindicatos.  Ellos pueden ser el instrumento mejor para la lucha contra el burocratismo y la corrupción asociada a él.

La mayor responsabilidad por lo que ocurre en Cuba le corresponde a su único Partido político. Si el Partido se desvincula de las masas del pueblo, pierde el rumbo. La responsabilidad de los militantes comunistas es la mayor. Ellos han de ser ejemplo y núcleo capaz de aglutinar a los que le rodean para avanzar hacia los objetivos comunes y enfrentar a todos aquellos que obstaculicen el bien común. Pero es imprescindible que el Partido tenga un programa claro, de dominio público y que reciba el apoyo del pueblo. 

Por mis funciones partidistas en  1962  tuve un contacto cercano con el compañero César Escalante, quien dirigía, a nivel nacional, la Comisión de Orientación Revolucionaria del Partido. Nunca olvidé una advertencia que me dijo: la autoridad de una persona no se la da el cargo para el que ha sido nombrado. La autoridad real es la que los demás reconocen en tu  persona por tu capacidad para dirigir, por tu desempeño en el cargo. Ese es un elemento que no puede faltar, ni en individuos, ni en instituciones.

El Partido y el conjunto de organizaciones que existen en el país, desde las obreras y campesinas, hasta las estudiantiles y religiosas, con un trabajo consensuado pueden ser la vanguardia en la lucha contra el viejo mal 
del poder del funcionariado, independientemente  de la justificación que invoque para su desafuero.

Y los medios de comunicación todos que hagan su parte y no se dejen contagiar, como previno la compañera Arleen, por ese viejo mal que se reproduce con más facilidad y rapidez que el marabú.