miércoles, 24 de junio de 2015

#BRASIL


Habría que ser políticamente miope o excesivamente apasionado para no percatarse de que el proceso político brasileño resbala por un plano inclinado, que puede conducirlo a un retroceso estratégico. Una tendencia así favorece la contraofensiva conservadora en América Latina. Mirar para otro lado y no advertir los peligros causa más daño que beneficio.
 No es que como afirmó Henry Kissinger: “Hacia donde se incline Brasil se inclinará América Latina…” sino que por su condición de primera economía latinoamericana y por su desempeño político liderado por el Partido del Trabajo y Luiz Inacio Lula da Silva, el gigante sudamericano devino referente e inspiración para el movimiento popular y la izquierda regional.
Las alarmas se dispararon con el difícil  triunfo de Dilma Rousseff que aunque electa, fue retada por candidatos de diversos perfiles, se subrayó por las manifestaciones de masas que pasaron de la crítica a la oposición y se ha agravado al sumarse evidencias de corrupción que, aunque encuentran en PETROBRAS un claro referente, abarcan también al PT y a elementos del gobierno.
Se trata de una historia recurrente asociada a los emporios económicos estatales y paraestatales que manejan enormes recursos económicos, sobre todo dinero, influyen decisivamente en las políticas económicas y por esa vía, en todas las políticas de los gobiernos concernidos. Brasil no es una excepción sino parte de una regla a la que prácticamente ningún país latinoamericano escapa.
Como si PETROBRAS fuera poco, se han detectados graves hechos de corrupción que involucran a otros entes emblemáticos, entre ellos las constructoras Odebretch y Andrade Gutierrez, las dos mayores de Brasil y entre las mas importantes del mundo con operaciones en más de una docena de países, incluido Estados Unidos,  cuyos directivos, han sido arrestados junto con otro medio centenar de “pejes gordos”. 
Además de brillantes empresarios, Odebretch y Acevedo, hoy encarcelados,  eran emblemas del esfuerzo desarrollista de Brasil, parte del activo político del PT, socios económicos del gobierno y allegados a Lula y Dilma. Según se afirma, Emilio Odebretch, fundador de la empresa y padre del detenido, declaró: “… Si apresan a Marcelo, tendrán que construir tres celdas: una para mí, otra para Lula y la otra para Dilma…Mi hijo no va a caer solo”.
Aunque Lula había advertido de síntomas negativos al interior de sus gobiernos y del Partido del Trabajo, las evidencias lo han llevado a reconocer que: “…El  PT está viejo…Perdió parte de su utopía. Sus militantes solo piensan en cargos…Tenemos que definir si queremos salvar nuestra piel o nuestro proyecto…”
Sería erróneo creer que se trata solo de Brasil. De muchas maneras, en diferentes momentos, el mal se presenta allí donde los movimientos, partidos y líderes de izquierda, asumen los costos que implica gobernar y las inevitables alianzas, sin las cuales el modelo propuesto, difícilmente pueda avanzar.
Tal vez las vanguardias políticas encuentren el modo de enmendar errores, relanzar sus proyectos respectivos y realizar de modo gradual las transformaciones estructurales necesarias, especialmente el perfeccionamiento de las instituciones democráticas, imprescindibles para el buen gobierno.
En realidad no se trata del fin del “milagro brasileño”. Milagro hubiera sido que la corrupción no hiciera peligrar a la “gallina de los huevos de oro”. Allá nos vemos.