viernes, 22 de mayo de 2015

POLITICA EN ZONA DE CONFORT

BarataPor: Jorge Gómez Barata

En una misma generación, los cubanos vivieron el entusiasmo y las tensiones del triunfo de la Revolución, su obra social y el inicio de la construcción del socialismo. La esperanza fue contrastada por el despliegue de hostilidad de los Estados Unidos con bloqueo, invasión contrarrevolucionaria, acciones terroristas y éxodo migratorio y por la sorprendente exhibición de solidaridad de la Unión Soviética. 

Así crecieron y nacieron las tres cuartas parte de los cubanos que, entre victorias y reveces, consumaron sueños o pospusieron metas. Todo ello en medio del inevitable trauma de la división de las familias, no sólo por fronteras geográficas sino también ideológicas y que cada hogar vivió en una intimidad perturbada por manipulaciones políticas de los sentimientos filiales y religiosos.

El fin del socialismo en Europa y la desaparición de la Unión Soviética dieron lugar a una crisis económica sin precedentes, esta vez acompañada por una zaga de frustraciones doctrinarias. A la zozobra se unió la precariedad económica. En la coyuntura las administraciones norteamericanas fueron implacables y el bloqueo fue judicializado por las leyes Torricelli y Helms-Burton.

Un energúmeno, que alguna vez fue un intelectual progresista, pidió en Miami tres días de licencia para matar. Afortunadamente, en los años noventa, a la exigua izquierda de la emigración y las personalidades representativas de los cubanos en el exterior, con los  cuales se había iniciado el diálogo, se unieron los moderados y algunos radicales que desandaban el camino sumándose a los que creyeron que el país y la nación son prioritarios. Sobre enormes desavenencias comenzó el tendido de puentes.

La resistencia se convirtió en un programa político destinado a salvar lo que pudiera ser salvado y sobre todo a no claudicar. Fidel Castro se aferró al timón y llamó a levantar la boga. No sabía para donde iba exactamente la nave, pero no era para atrás. En la coyuntura el cantor más ilustre de la gesta usó la licencia concedida a los poetas y  dignificó  la necedad.

Por un extraño giro que ningún manual puede explicar, de la crisis surgió en América Latina una nueva izquierda, que no solo habló y prometió, sino que se hizo con el poder y lo uso para revivir la meta socialista. Una camada de líderes, jóvenes competentes y legitimados por millones de votos, sin predicar contra la violencia o la lucha de clases, eligieron las urnas. Hugo Chávez regresó del “por ahora” y en Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, El Salvador las masas votaron por el cambio y en todas partes las oligarquía fueron desplazadas y los neoliberales contenidos.

Sorpresivamente, cuando la generación histórica llega al final de su ciclo protagónico y que se le sumaron al principio entran en tiempo de descuento, la política se asoma a nuevas dimensiones. El 17 de diciembre cambió el escepticismo por la esperanza. Nadie regalará nada a los cubanos, pero los dejaran hacer. Estados Unidos puede proseguir con su plan y los cubanos no abandonaran el suyo. Siempre que lo hagan de modo pacífico, es plan contra plan, no fusil  contra fusil.

Si lo que quieren es comerciar, que compren y vendan, si es viajar que lo hagan y si divertirse, felicidades. Si lo que desean es ayudar, nadie le dará un portazo. Cuba pide poco  y no demanda nada que no merezca. Respeto, tal vez alguna reparación y ser tratada conforme a derecho, como los demás y que se practique la reciprocidad.

La diplomacia criolla luce competente y la dirección política esclarecida y responsable. La Iglesia criolla y el papa bendicen y auspician y el presidente norteamericano se suma a los críticos del bloqueo. Con los cañones enfundados y bajo buenos augurios, celebran la tercera ronda de conversaciones. La promesa es de éxitos. 

Son bienvenidas las alertas pero innecesarias las advertencias que promueven más desconfianza. Raúl, Obama y el Papa saben lo que hacen. Críticos hay y son poderosos. Una mesa de negociaciones no es un campo de batalla sino una zona de confort político. Allá nos vemos.