domingo, 31 de mayo de 2015

PERDER EL TREN DEL PROGRESO

Por: Jorge Gómez Barata 

En el Nuevo Mundo, Asia y África hubo colonialismo e imperialismo y las oligarquías nativas gobernaron, no solo de espaldas sino contra los intereses nacionales y populares. Sin embargo, en ninguna parte esos procesos históricos tuvieron efectos tan devastadores como en el Medio Oriente. Dos factores hicieron la diferencia: la total ausencia de democracia y la religiosidad. 

Sin embargo, no se trata de un fenómeno inevitable. En países enormes, profundamente religiosos, étnicamente diversos y que padecieron el colonialismo y el neocolonialismo, soportaron las pretensiones imperialistas y fueron parte de la Guerra Fría, como China, India y Turquía, el progreso se abrió paso porque, a tiempo, sus líderes separaron la política, el poder y el estado de la fe. 

Aunque condicionadas por sus culturas ancestrales y adaptadas a sus realidades, sin hacer excesivas concesiones al liberalismo occidental, esos y otros países acomodaron las instituciones democráticas y el laicismo a sus realidades y, practicando un autoritarismo moderado, lograron impedir que el primitivismo confesional y el régimen de castas se eternizaran en ellos. 


Por coyunturas favorables, como fue la derrota y disolución del Imperio Otomano en épocas de la Primera Guerra Mundial y las luchas armadas y políticas que los condujeron a la descolonización y a la fundación de estados modernos y laicos, los árabes lograron liberarse del yugo turco, del colonialismo y del imperialismo, pero nunca pudieron liberarse de ellos mismos ni traspasar el umbral del progreso político.

Tras miles de años de historia, no hay en el Oriente Medio ninguna democracia y se desconoce el estado de derecho, no funciona allí regularmente ningún parlamento y la administración de justicia no es independiente del poder y la fe. Nunca se ha celebrado en la región una elección genuina y están a punto de prevalecer fuerzas políticas que promueven la restauración del Califato y la instauración de códigos religiosos de los cuales, no solo occidente, sino prácticamente toda la humanidad se liberaron a tiempo. 

Debido a la combinación de funestos regímenes locales y la devastadora intervención de Estados Unidos y la OTAN, en Oriente Medio han progresado las temibles fuerzas del Estados Islámico, que son combatidas por congéneres locales tan conservadores, reaccionarias y políticamente atrasadas como ellos mismos. 

No es difícil imaginar lo que ocurrirá allí donde se consolide el Estado Islámico, cosa inminente, aunque tampoco es alentador el cuadro que se presentará para los pueblos que sean “liberados” por Arabia Saudita o Irán. 

Comentando un artículo anterior, un lector que calificó de pesimistas mis juicios me emplazó: “A corto, mediano o largo plazo: ¿Qué perspectiva de avance político percibe usted en el Medio Oriente?” No encontré argumentos para ser positivo. ¡Ninguna! le dije. Allá nos vemos.

La Habana, 31 de mayo de 2015