lunes, 25 de mayo de 2015

DESATAR LOS DEMONIOS

BarataPor: Jorge Gómez Barata

En el pasado, antes de involucrarse en cualquier guerra o intervención, incluso contra adversarios notoriamente débiles, Estados Unidos planeó metas, definió objetivos y forjó alianzas. Así hizo George Bush (padre) al confrontar a Saddan Hussein por la invasión a Kuwait. El caos comenzó cuando su hijo ignoró esas lecciones y otras advertencias y ante los sucesos del 9/11 tomó decisiones erróneas que han conducido al callejón sin salida de hoy.

La invasión a Irak, que sin objetivos definidos y sin estrategias de salida, condujo a la ocupación del país y la destrucción de sus estructuras estatales y políticas, trastornando delicados equilibrios que moderaban las rivalidades confesionales entre chiitas y sunitas, empoderó fuerzas atávicas que desde hacía seiscientos años esperaban la revancha. Los sucesos en Libia, Siria, Egipto y Yemen reforzaron las peores tendencias del radicalismo islámico.

En estos momentos, el llamado Estado Islámico, una suma de tendencias ultra reaccionarias que se nutre con resentidos y mercenarios de todo el mundo, ha formado una fuerza militar insospechada y utilizando métodos de lucha terroristas, ha tomado el control de la mitad de Irak y Siria, cuyos gobiernos pudieran colapsar en cualquier momento.

En 1991, con menos argumentos y una situación política y militar favorable, George Bush (padre) respondió a la invasión a Kuwait y con una coalición internacional de más de 30 países y medio millón de efectivos, invadió a Irak. La aventura se repitió en 2003 pero esta vez el país fue ocupado y si bien Saddan Hussein fue detenido y ahorcado, nunca más el orden ha podido ser impuesto.

En una coyuntura en que es imposible repetir tales experiencias ni emprender operaciones terrestres que requerirían meses de preparación y el empleo de decenas de miles de hombres, Estados Unidos está desconcertado. No puede abandonar el campo, pero no hay nada que pueda hacer para controlar la situación.

Entre tanto, sin prisa, y sin retórica, adoptando medidas militares eficientes, Irán aprovecha la situación para expandir su influencia en la zona, cosa que, por sus propias razones, tratan de contrarrestar tanto Arabia Saudita como Israel. Rusia y China miran para otro lado. El Estado Islámico es el único ganador.

Hoy, nadie, en ninguna parte y con ninguna jerarquía, incluyendo al Pentágono, a la OTAN y la Casa Blanca, incluso los círculos de poder de Irán, tienen idea de a dónde puede conducir la situación en el Oriente Medio. Los gobiernos de la región, especialmente los de Irak, Siria, Libia, Yemen y Afganistán han perdido el control de la situación en sus respectivos países y Egipto trata de retomarlo a un precio virtualmente impagable.

Si alguien le dijera que sabe cómo detener al Estado Islámico, restablecer el orden en Siria, devolver la tranquilidad a Libia, democratizar a Yemen, reconstruir el sistema político egipcio y llevar a Irak a un status social y político semejante al que tuvo 12 años atrás, no le crea. Allá nos vemos.