jueves, 23 de abril de 2015

Ser cubano, ser humano

Cuban boyPor: Rolando López del Amo

Los cubanos provenimos de orígenes étnicos muy diversos con tradiciones, lenguas y creencias religiosas distintas. Pero las circunstancias del diario convivir se fueron imponiendo. Vivir y trabajar juntos nos hizo visibles y cercanos unos a otros. La vida nos unió y nos une cada vez más. Como expresa uno de los versos del himno internacional de los trabajadores, el hombre es hermano del hombre.

Vivir es estar en relación, enseñó el chino Laozi. Y Martí nos amplió: La vida está en la compañía y el sacrificio (5-436)

La soledad es la no vida. Como es sabido, somos seres sociales.

Los seres humanos necesitamos alimentarnos, disponer de un lugar para vivir, apropiarnos del saber acumulado por nuestra especie a lo largo de su historia, curar nuestra salud si enfermamos, copular y crear sucesores para que no se extinga la especie, hacer placentera nuestra existencia en este mundo, disfrutar de su hermosura y protegernos de sus inclemencias. Larga es la lista de necesidades y clara la respuesta: todo hay que lograrlo en sociedad. Nada es el ser humano sin sus congéneres.

A partir de estos antecedentes –y sin sujetarnos a teoría alguna- podemos comprender que sin el trabajo humano no se logra nada de lo necesario para no quedar reducido a la etapa primigenia en que éramos solamente recolectores de los alimentos que podía ofrecer la naturaleza de cada lugar. Ni sabíamos prender fuego para cocinar lo que ingeríamos.

El trabajo nos hizo crecer, experimentar y avanzar entre fracasos y éxitos. Y aprendimos a guardar la memoria de lo ya conocido para no repetir errores. En torno al trabajo y gracias a él fuimos pasando de un estadio a otro. Sin embargo, junto con el progreso, surgió la desigualdad amparada en la fuerza y la astucia. Así llegamos a nuestros tiempos, los mismos que hoy oyen crujir los cimientos de sus viejas estructuras.

Ideas de justicia, fraternidad, respeto y amor circulan desde antiguo.

Sin embargo, los que controlan el poder económico y, a través de él, el militar y el político y, sobre todo, el mediático, el de la comunicación, se las arreglan para mantener un sindicato de la exigua minoría para perpetuar su dominio. Ellos están organizados y bien coordinados y tienen muy claro lo que desean y lo que arriesgan cada día. Pero no son invencibles.

La clave del triunfo de las ideas de justicia está en la unidad de los que padecen. No basta con indignarse y salir un día a desfilar por unas horas en calles o plazas. Se trata de mantener de manera sostenida, dentro de cada país y a nivel internacional, una coordinación sólida y eficiente y unos objetivos comunes bien definidos, precisos, que respondan a los anhelos de los pueblos, a sus ansias de paz y bienestar. Si en lugar de haber gastado sumas enormes en salvar a instituciones financieras causantes de las crisis se hubieran destinado esos fondos a salvar familias y poblaciones enteras, crear empleos y producir bienes y servicios, a dar respuesta a las necesidades básicas de los más desfavorecidos para convertirlos tanto en productores como consumidores, en personas activas dentro de una sociedad laboriosa y equitativa, las cosas habrían cambiado para bien. Frente a la explotación de unos por otros, frente al despojo, la solidaridad.. No se trata de salvar a unos pocos banqueros millonarios sino a millones de necesitados.

En el caso de Cuba, como pedía José Martí,

Lo que importa es que todos los cubanos buenos, todos los cubanos activos, se junten con libertad y sinceridad. (2-76) para que no se pierda el ideal de la república con todos y para el bien de todos.

Sin olvidar que el Apóstol, que veía la humanidad toda como la gran patria, afirmó:

Para mí, todo hombre justo y generoso ha nacido en Cuba (3-236), porque lo cubano tiene entre sus rasgos esenciales la generosidad y la lucha por alcanzar toda la justicia posible.