martes, 21 de abril de 2015

MAYORIAS Y MINORIAS. LA UNIVERSALIDAD

clip_image001Por: Jorge Gómez Barata

Creo en las minorías, y me parece que aceptarlas y escucharlas es una buena idea, porque con frecuencia de ellas provienen las innovaciones. Todos los grandes hombres y proyectos comenzaron apartándose, y no pocas veces retando al status quo, o poniendo en dudas criterios establecidos. Nada hace creer que eso ha cambiado.

Lo nuevo es que como resultados de los procesos civilizatorios, la profundización de la cultura, y la generalización de la democracia en todos los ámbitos, la humanidad se ha vuelto más tolerante, acepta mejor lo diferente y es más receptiva a las innovaciones.        

Del mismo modo que ser minoría no necesariamente significa ser innovador, tampoco estar en mayoría garantiza que se tiene la razón. Enrique Ubieta, un pensador cubano de última generación, utiliza un argumento que convence: “…Los consensos no son verdades sino construcciones colectivas…”

Tales acuerdos a escala social alcanzan relevancia en la medida en que son compartidos por un mayor número de personas, y se transforman en valores cuando son asumidos por la mayor parte de la humanidad. Estos consensos asociados a la economía, la institucionalidad, la moral y la ética, así como a la fe, la política y a otras esferas, suelen ser ideas justas, atinadas y pertinentes, en torno a las cuales se cohesionan cientos y miles de millones de personas.

No es justo ni inteligente descartar, excluir, y muchos menos perseguir los pensamientos y juicios minoritarios, y es correcto permitir que en ambientes ordenados y protegidos, en tiempo, lugar, y forma,  se expresen, especialmente cuando su mensaje y su convocatoria no agreden, no causan daño a las comunidades, ni su contenido está socialmente descartado.

Los racistas,  los fascistas y  los xenófobos no son minorías legítimas, sino aberraciones que no merecen consideración ni oportunidades. Contra ellos existe un consenso universal.

En esa dialéctica no es extraño que, debido a manipulaciones intencionadas y al poder mediático de que disfrutan determinados sectores, se rechacen e incluso se demonicen ideas correctas, o se formen consensos en torno a programas erróneos, que no obstante atraen a grandes números de personas, y están vigentes hasta que surgen evidencias de que se trata de equívocos y son abandonadas por sus adeptos.    

Aunque con menos frecuencia ocurre también que algunas ideas o descubrimientos son excesivamente avanzados. Cuando surge esa evidencia, más que insistir como quien machaca hierro frío, es estratégicamente conveniente asumir el antológico: “Por ahora no es posible…”

Entre los errores del socialismo real basado en ideas minoritarias, aunque muchas de ellas justas, fue descartar y excluir juicios, valores e instituciones sustentados o acatados por pensadores avanzados, y compartidos por millones de personas. La práctica del ateísmo, la exclusividad ideológica, la crítica nihilista al pensamiento liberal y a la socialdemocracia clásica, fueron costosos errores. La exclusión de la crítica y la oposición legítima restaron posibilidades.

La rectificación de estas confusiones, que dañaron procesos que disfrutaron grandes apoyos de las masas, ha dado nuevas fuerzas a las luchas por la justicia social, la igualdad de oportunidades y la inclusión, y ha incorporado la tolerancia y la pluralidad. Los avances del socialismo democrático en América Latina son evidencias. Allá nos vemos.