martes, 28 de abril de 2015

LA VIOLENCIA NO ES OPCIÓN

clip_image001Por: Jorge Gómez Barata

La prolongada guerra civil que se libra en Colombia, desde hace más de 60 años ha establecido dos record: duración y estancamiento. Ojalá lo dilatado de las negociaciones no aporte el tercero. 

Si bien desde épocas pretéritas y hasta períodos recientes, la violencia y la lucha armada fueron alternativas reconocidas como justas y viables para los movimientos progresistas y las revoluciones, tales métodos se han devaluado y han dejado de ser opciones para proyectos de cualquier ideologías.

La violencia es considerada hoy como un instrumento de la reacción más que de la revolución.

Los remanentes que por diferentes razones sobrevivieron, como es el caso de la guerrilla colombiana y que dilatan el momento de dejar las armas y acoplarse a otras formas de la lucha política, corren el riesgo de dejar pasar oportunidades y desacreditarse completamente.

El debate no gira en torno a si un día tuvieron o no razón, o si el estado contra el que luchan está plagado de defectos. Sino a realidades y percepciones nuevas. Lo cierto es que hoy no existen argumentos a  favor de la violencia que sean compartidos por mayorías significativas. La retórica destinada a justificar la lucha armada carece de vigencia.

Al margen de la conocida hegemonía mediática ejercida por los grandes poderes facticos, locales y globales, se trata de un fenómeno de naturaleza social asociado a los contenidos de la cultura política predominante.

Guste o no, cuando la evaluación de un fenómeno con obvios matices y contenidos justos se instala en ambientes locales y en el imaginario universal, se forman consensos frente al cual de nada sirven los argumentos que defienden opciones que la humanidad descarta. Es el caso de la lucha armada.

Ello no significa que se critiquen o se condenen a las grandes revoluciones de Estados Unidos (1776), Francia (1789), México (1910), Rusia (1917), China, (1949) Cuba (1959) Nicaragua (1979) por su apelación a la lucha armada, porque en ellas se ejerciera la violencia ni porque en alguna se cobijaran corrientes extremistas. No obstante, ni siquiera quienes las consideran paradigmas y admiran sus conquistas, justifican el reciclaje de sus métodos.

Por sus proyecciones en las negociaciones para el fin del conflicto, la guerrilla colombiana, que logró excelentes acuerdos previos, parece haber perdido la noción del tiempo y el sentido de la urgencia, adoptando perfiles maximalistas que difícilmente la conduzcan a avanzar en plazos razonables, hacía el fin del conflicto, que es el objetivo fundamental y la conquista que debe proporcionar las garantías para insertarse en la sociedad y desde esa condición, avanzar en la consecución de sus metas y programas.

Algunas demandas de la guerrilla al gobierno para que se comprometa e incluso introduzca transformaciones estructurales previas a la paz, son de tal naturaleza que incluso, caso de haber alcanzado el poder, a la propia guerrilla le hubieran resultado difíciles o inviables. Es irreal pedir a la oligarquía que realice transformaciones que solo un movimiento político popular puede lograr.

Las experiencias de la segunda oportunidad para el Frente Sandinista en Nicaragua y los esfuerzos de los exguerrilleros salvadoreños para utilizar las palancas del poder y lograr en paz lo que no pudieron obtener en el conflicto, no son modelos pero si hechos y experiencias. Allá nos vemos.