miércoles, 22 de abril de 2015

#CUBA Y LA #OEA

logo-cuba-oea1Por: Jorge Gómez Barata

Cincuenta y tres años después, con su relevante participación en la VII Cumbre de las Américas, Cuba puso un pie para el retorno al sistema interamericano, y lo hizo en grande. La pregunta es ¿cuál es el próximo paso?

La OEA no fue fundada por iniciativa de los Estados Unidos, sino de los países latinoamericanos que tramitaron su creación en la Conferencia de Chapultepec en 1945, como parte de una posición común de rechazo o condicionamiento a la inclusión del veto en la Carta de Naciones Unidas.

En 1948 la organización fue constituida por 23 países. Catorce de los cuales, en 1962, votaron por la expulsión de Cuba, seis se abstuvieron, y México no rompió relaciones con La Habana. Con posterioridad ingresaron otros 13 países, 12 de ellos del Caribe más Canadá y, en 2009, en San Pedro Sula, 35 estados acordaron invalidar la resolución de 1962, con lo cual los derechos de la isla fueron automáticamente restablecidos.

Por sus propias razones, principalmente por el tradicional sometimiento de la organización a los Estados Unidos, el estado cubano se abstuvo de ejercer el derecho a participar en las actividades de la OEA hasta abril del presente año, cuando al más alto nivel, la Isla intervino en la VII Cumbre de las Américas, cuyos acuerdos suscribió y en la cual el presidente Raúl Castro tuvo un brillante desempeño.

Resulta evidente que la Organización de Estados Americanos de hoy no se parece a la que en 1962 expulsó a Cuba, y que más de la mitad de los países que la integran no suscribieron aquella decisión. Por otra parte, con el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos, la isla tendrá vínculos diplomáticos con todos sus integrantes.

En la coyuntura actual, y de cara al significado de la presencia de Cuba para reforzar el papel de los países progresistas de la región, y habida cuenta de que el país ya participa del principal evento de la entidad, no parece lógico ni ofrece ventaja alguna mantener a una fuerza como la de Cuba al margen de la actividad de la OEA.

La presencia de la isla significaría un extraordinario apoyo a los países que al interior de la OEA libran importantes batallas, favorecería el cambio de la correlación de fuerzas en la organización, y proporcionaría la posibilidad de contar con una representación adicional en Washington.

Seguramente, como siempre ha hecho, sin obviar los principios que guían su política exterior, en función de contribuir a la causa latinoamericana y con pleno ejercicio de la soberanía nacional, la dirección cubana considerará la nueva situación creada y decidirá lo más conveniente.

De todos los procesos históricos la política es el más susceptible a los cambios, y la más obligada a responder a las exigencias de los diferentes momentos. Por mi parte considero que todas las opciones deberían estar abiertas. Allá nos vemos.