miércoles, 11 de marzo de 2015

PASARELA EN LA HABANA

BarataPor: Jorge Gómez Barata

Cuando el próximo mes de mayo, François Hollande aterrice en La Habana, se consumará un hecho sin precedentes: nunca un presidente de Francia ha estado en Cuba.

Durante décadas el aislamiento provocado por el bloqueo norteamericano impidió casi completamente los contactos políticos y diplomáticos de Cuba con América Latina, Estados Unidos, y Europa. Las escasas visitas de alto nivel a la isla durante un largo período fueron un botón de muestra.

En 1975, diez seis años después del triunfo de la Revolución, llegó a Cuba Olof Palme, primer ministro de Suecia y el primer jefe de gobierno de Europa Occidental en visitar la Isla desde 1959. Poco después, en 1976 lo hizo Felipe Gonzalez, primer ministro de España. El mismo año viajó a la capital cubana, Pierre Tradeu, primer ministro de Canadá.

El hecho de que en 1961 Cuba optara por el socialismo y estableciera nuevas alianzas políticas, abrió espacios a su comercio y creó múltiples relaciones, sin que ello favoreciera la llegada de mandatarios de aquel entorno. Tardaron 15 años, hasta 1974, cuando arribó a La Habana Leonid Breznev, primer líder de un país socialista europeo en visitar Cuba. Veinte y cuatro años después, en 1998, en el ocaso de su carrera, lo hizo Mijaíl Gorbachov.

El primer jefe de gobierno extranjero que visitó Cuba después del triunfo de la Revolución fue Cheddy Jagan, primer ministro de Guyana, en 1960. En octubre de 1962 lo hizo Ahmed Ben Bella, presidente de Argelia, primer mandatario de África del Norte que estuvo en Cuba.

Trece años después del triunfo revolucionario, Cuba fue honrada con la primera visita de un jefe de estado latinoamericano, Salvador Allende, que lo hizo en 1972. En septiembre del mismo año arribó Julius Nyerere, presidente de Tanzania, primer líder del áfrica negra de visita en Cuba.

La de Francia fue la segunda de las grandes revoluciones que en el siglo XVIII forzaron un cambio de época. Antes, en 1776, ocurrió la de las Trece Colonias de Norteamérica. Aquellos movimientos políticos introdujeron la democracia liberal, aunque con notables diferencias institucionales.

Debido a sus intensos conflictos internos y a la resistencia del entorno europeo, la Revolución Francesa tardó en consolidar la república, vivió varias restauraciones, y no puso fin a la monarquía en Europa, que sobrevive hasta hoy. En cambio, siguiendo la pauta norteamericana, en Iberoamérica se formaron más de 20 repúblicas, todas presidencialistas.

Es imposible establecer hasta dónde las estructuras republicanas y el presidencialismo influyeron en el errático desempeño de la institucionalidad política latinoamericana. No obstante, tales fórmulas se han incorporado a la cultura política de los pueblos de la región que cada cierto tiempo eligen a sus gobernantes. Así, en una noria eterna, han llegado al poder prohombres y sátrapas, figuras y figurillas. Allá nos vemos.