lunes, 16 de marzo de 2015

EN EL LADO EQUIVOCADO DE LA HISTORIA

clip_image001Por: Jorge Gómez Barata

Estados Unidos cuya independencia y modelo político alguna vez fueron paradigmas inspiradores del pensamiento liberal avanzado, con el tiempo se convirtió para América Latina en parte de los problemas y raras veces de las soluciones. El fenómeno ha condicionado la historia americana y es a veces llamado “fatalismo geográfico”.      

En la única región del mundo declarada “zona de paz”, todo cuanto ocurre es parte de una confrontación. No hay manera de avanzar en la integración económica y política, efectuar una reunión internacional, aprobar un tratado de libre comercio y menos aún impulsar un proyecto popular sin que ello provoque una confrontación con Estados Unidos.

En Europa occidental existen media docena de estados de bienestar y varias monarquías. De la Comunidad Económica pasaron a la Unión Europea, adoptaron una moneda única y ahora quieren un ejército unificado. Nada de eso molesta a Estados Unidos. ¿Por qué allí sí y en Latinoamérica no?

Por increíble que resulte, Estados Unidos, el país más moderno y avanzado del planeta, en su política exterior hacía América Latina actúa “de oficio” como por inercia, asumiendo comportamientos anacrónicos que no toman en cuenta los cambios sociales y políticos que tienen lugar en una región en la cual nada es igual a cincuenta años atrás. 

Por alguna extraña razón, Estados Unidos se empeña en negar a otros lo que quiere para sí y auspicia en el extranjero lo que nunca toleraría en casa. En más de doscientos años ningún presidente norteamericano ha sido depuesto, nunca hubo allí un golpe de estado y jamás se ha permitido que ningún país intervenga en sus procesos políticos internos. ¿Por qué insistir en que en Iberoamérica sea diferente? 

El intervencionismo norteamericano en América Latina es resultado no sólo de las políticas imperiales, de las asimetrías económicas y de la superioridad militar sino del sometimiento de las oligarquías locales que con su sumisión al capital extranjero, consagraron un status quo en el cual Estados Unidos intervenía en defensa de oligarcas y dictadores cuando eran rechazados por sus propios pueblos.

Todo comenzó a cambiar con Cuba donde apareció un proceso político que sumó un gobierno insumiso, un pueblo que rechazó la intervención extranjera y un ejército que a pesar de una abrumadoramente desfavorable correlación de fuerzas plantó cara a una probable invasión norteamericana de lo cual, bahía de Cochinos fue un ensayo general. En honor a la verdad, sin el apoyo soviético que aportó armas y respaldo económico y político, el resultado pudo no ser el mismo.

Lo diferente en la época actual es que se han gestado procesos políticos que con apoyo popular y utilizando las reglas de la democracia que Estados Unidos proclama como válidas, se han instalado gobiernos populares que han desplazado a las oligarquías que ahora carecen de poder para llamar a los acorazados y recibir a la soldadesca norteamericana que al no poder entrar como libertadores, tendrían que hacerlo como invasores, lo cual puede no ser rentable.

Aunque no al mismo ritmo conque evolucionan las fuerzas políticas latinoamericanas que tratan integrarse a los circuitos globales, a la vez que promueven el desarrollo económico con inclusión, avanzan las instituciones militares cuyos mandos, como ocurre en los países avanzados, tienden a respetar las constituciones y las leyes y acatar a los gobiernos democráticamente electos, incluso a compartir con ellos la defensa de la soberanía nacional.

Del mismo modo que los generales y los militares  norteamericanos no ponen ni quitan gobiernos y defienden fronteras geográficas y no ideológicas, los ejércitos latinoamericanos van dejando de ser fuerzas de gendarmería al servicio de las oligarquías para transformarse en entes cada vez mejor integrados a las metas compartidas por las mayorías.

De ese modo, sin disparar un tiro, ganando combate mientras los evitan, las fuerzas armadas latinoamericanas, también se liberan del humillante sometimiento a que las oligarquías dependientes las condenaron por doscientos largos años. El camino es largo, pero la recompensa es fecunda. Allá nos vemos.