domingo, 22 de marzo de 2015

EL PODER Y LA VANGUARDIA

clip_image001Por: Jorge Gómez Barata

Ninguna revolución evade su destino y de oposición se transforman en poder. Los líderes, surgidos de las organizaciones políticas populares, de los  claustros universitarios, los sindicatos, la intelectualidad, los estamentos populares y las clases medias, se trasforman en gobernantes dotados de poderes y sobrecargados de responsabilidades, corren el riesgo de alejarse de los medios donde se formaron y de sus bases.  

Las entidades revolucionarias que asumen el poder por vía electoral lo hacen en sociedades divididas que son escenarios de la resistencia de las oligarquías derrotadas que cuentan con dinero y poderosos medios, así como con respaldo del imperialismo y la reacción extranjera. Las fuerzas emergentes deberán además confrontar siglos de tradición que, entre otras cosas, generan temores al cambio.

Guiadas por el entusiasmo y por prisas autoimpuestas, los procesos revolucionarios viven la ilusión de tratar de resolver de modo expedito problemas sociales que se gestaron a los largo de siglos, generando expectativas difíciles de honrar a corto plazo.

En el afán por defender lo alcanzado y cumplir metas derivadas de ideales tan avanzados que solo podrán realizarse en plazos que trascienden las posibilidades de quienes los promueven y necesitan el concurso de generaciones futuras que vivirán en contextos históricos diferentes y tendrán sus propias visiones y expectativas y necesidades.

Entre los desafíos que encaran las vanguardias políticas que alcanzan el poder, figura transformar la realidad y cerrar el paso a las fuerzas restauradoras del viejo orden, conservando la capacidad para encabezar las fuerzas más avanzadas, convocar las mentes más lúcidas y abrir caminos al pensamiento y acogiendo corrientes y conceptos que, aunque diferentes a las metas originales, son pertinentes. Acatar las ideas y las soluciones nuevas y diferentes es una virtud que no siempre estuvo presente.

Ningún ejemplo ilustra mejor estas realidades que la experiencia bolchevique a quienes el dogmatismo y el exclusivismo ideológico, resultante de la adopción de una filosofía oficial, unida a los vicios entronizados por el estalinismo, empujaron a actitudes de intolerancia ideológica y política que deformaron al proceso y al partido e hicieron imposible la rectificación.

La madurez de los procesos políticos se aprecia, sobre todo en el consenso social que son capaces de generar, por la racionalidad de sus metas que deben ser compartidas por mayorías relevantes, por la viabilidad de sus caminos, inclusividad de sus consignas, por la amplitud de su base política y filosófica y por el carácter popular de su programa. Las sociedades divididas son hándicap que deben ser evitados.

La unidad y la cohesión social figuran entre los más importantes legados de la Revolución Cubana que en el plano internacional, más que a ganar conflictos y debates, se dedicó a evitarlos, lo cual es una doble victoria. Resistir al imperialismo es una meta posible. Mientras que exagerar las posibilidades y apurar los plazos para derrotarlo, puede dar lugar a equívocos. Allá nos vemos.