martes, 10 de febrero de 2015

LA ECONOMIA Y LA POLITICA

BarataPor: Jorge Gómez Barata

Sobran razones para poner en duda la racionalidad del proyecto de liquidar por medios violentos el más eficaz de los modelos económicos creados por la humanidad. Carlos Marx nunca propuso tal cosa, sino que, reconociendo el papel a las contradicciones y la virtualidad de la violencia social emanada de la dinámica de las clases, sostuvo que el desarrollo capitalista conduce al socialismo, entendiendo como tal, una nueva época en la historia de la humanidad.

Ese fenómeno válido para una concepción global del desarrollo histórico que se realiza en plazos prolongados, no excluye la existencia de gobiernos de orientación socialista, que de modo legítimo intenten acortar plazos y abrir caminos. Los bolcheviques y la socialdemocracia de matriz marxista ensayaron respuestas que en algunos sitios condujeron a los “estados de bienestar”, y que la nueva izquierda latinoamericana parece estar elaborando mejor.

Al margen de que circunstancialmente sea viable, como ocurrió con los planes quinquenales impulsados por Stalin o el conjunto de medidas adoptadas por Franklin D. Roosevelt durante La Gran Depresión, probablemente en la ciencia y la práctica política no exista error más categórico que la creencia de que la economía de un país puede ser dirigida, fomentada, controlada y evaluada desde un centro, a partir de la voluntad de un grupo de personas.

Lo único comparable con semejante equívoco es la pretensión de que ese cometido puede ser logrado por “la mano invisible del mercado” y al margen del estado, como propone el neoliberalismo.

Las evidencias históricas corroboradas muestran que la prosperidad económica es resultado de una combinación de múltiples factores, entre los cuales sobresalen el tiempo que permite el despliegue y la maduración de procesos culturales, la acumulación de saberes y recursos, la conformación de los estados y las identidades nacionales, el despliegue de la iniciativa económica a escala social, así como la asociación entre el capital y el trabajo lo cual desempeña un rol principal.

Ninguno de los regímenes autoritarios y elitistas, basados en las castas, anteriores al siglo XVIII intentó ni siquiera liberar a las fuerzas productivas, y dotar de protagonismo a todos los factores sociales en un clima de apertura y tolerancia, que permitiera investigar, experimentar y avanzar en la búsqueda tanto de beneficios empresariales como del bienestar general. Ford, Edison, Tesla y un sinnúmero de grandes inventores, además de empresarios, fueron benefactores de la humanidad.

El liberalismo económico original, una doctrina socialista, entronizó la democracia política, la participación popular, la tolerancia cultural y facilitó la movilización de las fuerzas sociales: empresarios, trabajadores, comerciantes, líderes sindicales y políticos, y la asociación del capital con el trabajo, creando premisas para la repartición equitativa por medio del mercado y del consumo.

Los reveses de los modelos económicos y políticos generados desde la Unión Soviética, exportados a una decena de países que, a pesar de contar con vanguardias políticas calificadas, pueblos consagrados, asistencia externa y tiempo suficiente, no pudieron consolidarse, debería ser prueba suficiente de su inviabilidad.

La rectificación puede ocurrir de un modo u otro, con ritmos y plazos apropiados pero es inevitable. Con vientos a favor y en contra, tensiones laterales y pausas más o menos justificadas, Cuba avanza. Allá Nos vemos.