viernes, 16 de enero de 2015

SIN PRETEXTO PARA MATAR

clip_image001Por: Jorge Gómez Barata

“El dibujo, decía René de la Nuez, el gran caricaturista cubano recién fallecido, es el lenguaje más universal. Dibujos son los que hay en las cuevas de Altamira. Escribir es dibujar los sonidos”. “Dibujar —me contó— es oficio de niños y de niñas. Los niños dibujan, incluso antes de hablar, leer y escribir. Todos los dibujos infantiles son caricaturas…”

Seguramente, los jóvenes que ingresaron a la redacción de “Charlie Hebdo” para vengar con balas presuntas ofensas realizadas con lápices, alguna vez dibujaron y seguramente, por haber nacido franceses, los hermanos Sarif y Chérif conocieron “El Pequeño Príncipe” el libro francés más leído, traducido y vendido de todos los tiempos. Un libro infantil que cuenta la historia con dibujos. Su autor, Antoine de Saint-Exupéry, escogió como escenario el Sahara, un entorno árabe.

Escrito y publicado en 1943 en Estados Unidos cuando Francia, patria del autor, estaba ocupada por los nazis, El Principito cuenta la historia de un aviador perdido en el desierto, donde se encuentra con una criatura de otro planeta, un niño que le parece un príncipe.

Con trazos de conmovedora ingenuidad, más que con palabras, Saint-Exupéry narra la historia de un chico que dibujó una boa que se había comido a un elefante, por lo cual su anatomía, inflamada en el centro y delgada en los extremos, hacía que los adultos creyeran que se trataba de un sombrero. Cuando el niño le pide que dibuje un cordero, el autor, carente de habilidades, no puede hacerlo, y pinta una caja dentro de la cual, le cuenta, está el cordero.  El Principito se da por satisfecho.

No se trata de un engaño sino de una fantasía que viven y disfrutan juntos, mientras el hombre repara su avión y le cuenta cuentos. En uno de ellos concluyen que. “Sólo se ve bien con el corazón y que lo esencial no puede ser captado por los ojos…” “El arte del dibujo —explicaba René— muestra lo que la gente no ve…Los artistas no son más inteligentes, sino más sensibles, tal vez por eso sufren más…”

Nadie logra recordar un hecho de barbarie cometido contra periodistas como el asesinato en el semanario Charlie Hebdo, cuando dos fanáticos penetraron en la redacción, mientras se trabajaba en ella, y fríamente, uno por uno, como quien cumple un ritual macabro, balearon a los caricaturistas cuyo único pecado había sido dibujar. 

La respuesta no es pedirles a los dibujantes que dejen de dibujar, a los escritores de escribir, y a los críticos de criticar. De lo que se trata es de suplicar a los asesinos que dejen de matar, impedírselo, y demandar que cuando lo hagan, no invoquen a Dios, al Profeta ni a la fe.

Hay que suplicarles con todas las voces: ¡No maten lo que de niño hay en los hombres! ¡No maten a los que dibujan, escriben, piensan y crean! Preferiblemente: ¡No maten a nadie! Allá nos vemos.