martes, 20 de enero de 2015

Ley de Ajuste Cubano: la decisión está en la otra orilla

Ley de Ajuste Cubano: la decisión está en la otra orilla

Carlos Pereyra

LA HABANA. El final del filme cubano Juan de los Muertos nos presenta a los “buenos” lanzándose al mar en un auto antiguo adaptado para navegar mediante flotadores y otras transformaciones. Para esa aventura iban mejor preparados que los cientos que se han lanzado a cruzar el Estrecho de La Florida casi en barquitos de papel.

Si los héroes del cine en su auto-lancha y/o los muchos que se han arriesgado en barquichuelos improvisados pisaban (o pisan) territorio de EE.UU., “no problem”: la Ley de Ajuste Cubano los amparaba y ampara con los pies secos. Con los mojados se ganan un boleto de vuelta gratis y seguro en buques de la Coast Guard.

El tema de la inmigración ilegal de cubanos a EE.UU. es de antigua data y mis compatriotas están amparados por la Ley de ese país que les otorga permiso de residencia al año de estancia, además de otros beneficios excepcionales. Solo para cubanos. Los demás no porque los nuestros son personas acosadas por sus opiniones políticas, no importa que el motivo esencial de sus travesías haya sido durante años (y sea hoy) el factor económico.

Washington hizo un acto de travestismo político: todo el que huye de la isla no es un emigrado, sino un perseguido por sus ideas, etc. Porque el sistema en su conjunto no funciona. Aprovecho para preguntar: ¿funciona el sistema político mexicano o de otros países que nutren la emigración ilegal y en una cuantía impresionante? ¿Los Castro gobiernan en esos países también?

El punto es que Washington, con las oportunidades publicadas por años y certificadas en ley, alentó claramente las salidas ilegales y el tráfico humano. El tema es de su entera responsabilidad. La que corresponde a Cuba es mejorar las condiciones económicas en el país; lo mismo aplica a México y demás países que padecen la emigración ilegal.

La ruta 80

“He intentado irme de varias maneras”, me narra Pepe (51 años), que trabaja como plomero y electricista independiente.

En 1996 intentó salir junto  a un grupo por un punto al  oeste de playa Baracoa, al occidente del país, “pero éramos demasiados para un barquito que cuando más cabíamos 3 o 4”, relata. Tiraron a suerte quién se quedaba en tierra “y me tocó a mí”, dice.

En el año 2002 decidió presentarse en la Oficina de Intereses de EE.UU. en La Habana, pues tenía (“y tengo”), una prima en Miami. “Me plancharon”, dijo. Le negaron la visa y él supone que fue porque pensaron que era posible emigrante. “Me jodió, pero tenían razón…, lo mío era quedarme allá”.

Pero Pepe vio una luz: unos amigos le contaron que existía “la ruta 80”. Viaje seguro, rápido, lanchas de dos motores y alta velocidad. Estaría en Miami en seis horas a los sumo.

La ruta 80 hacía (o hace actualmente, lo desconozco) viajes regulares entre los cayos y Cojímar pues al parecer le tiene tomado “el tiempo a las patrulleras de aquí y a las de allá…, y me embullé”, reconoce Pepe.

Los marineros que trabajan para la “ruta 80” siguen la misma rutina marítima de los “tínes” de infiltración a Cuba durante la década de los años 60 del pasado siglo. Este tránsito marítimo es similar al de los traficantes de drogas. Lo sabe bien una mansión en las Bahamas, residencia de “El cojo”, marinero más audaz que Colón y que fuera guía inicial de los caminos sobre el mar para las infiltraciones en costas cubanas.

Pero sigamos con Pepe que la oferta de esa salida le recordó el refrán que dice “la  alegría dura poco en casa del pobre”.

“Tenía que pagar desde allá (EE.UU.) unos 5 mil dólares y mi prima, con dos  trabajos y a cargo de sus dos hijos, no podía”.

La  otra alternativa consistía en si había cupo por fallo, entonces sí, “pero tenía que  pagar al contacto desde aquí 2 000 y el resto al lanchero cuando ya estuviese en la lancha rápida”. Respira y añade: “de dónde coño podía yo sacar tanto dinero. Ná, me jodí. Aquí  estoy buscándome la vida y esperando a ver si esto mejora porque ahora, a la  edad que tengo, allá no encontraré pincha”.

¿Y ahora?

El futuro de la Ley de Ajuste Cubano es tema propio de las autoridades de Washington, y no de Cuba. Entre los dos países deben convenir, eso sí, sistemáticamente y no de manera puntual, la persecución al tráfico humano. El punto que nos toca a los cubanos de aquí y de a pie, ya lo sabemos: reformar la economía, abrir los cerrojos que impiden producir más y mejor, ampliar los marcos para iniciativas individuales y cooperativas de segundo y tercer nivel,  para disponer de más dinero, porque ningún salario alcanza. Y participar más activa y decisivamente como ciudadanos que somos.

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