jueves, 22 de enero de 2015

BOKO HARAM: CONTRA TODAS LAS BANDERAS

clip_image001Por: Jorge Gómez Barata

África, donde los evolucionistas colocan la cuna de la especie humana y las lecturas bíblicas ubican al Paraíso, es un muestrario de calamidades aunque probablemente ni una sola sea tan radicalmente negativa como Boko Haram.

Ninguna de las desgracias que han condenado a África a los padecimientos que ha conocido en los últimos cinco siglos es endógena, sino que han estado asociadas a los procesos civilizatorios que dieron lugar al colonialismo, al saqueo y la implacable explotación de sus poblaciones, incluyendo la trata de esclavos. Todo ello estuvo acompañado por la introducción de la fe cristiana y más recientemente del Islam.

La llegada de la civilización europea que asumió la forma de invasiones, en lugar de favorecer el progreso africano, lo paralizó, influyendo desastrosamente en el devenir económico, social, cultural y demográfico. Cinco siglos de ocupación, saqueo y el secuestro de su población en número que puede llegar a los 50 millones de jóvenes vendidos como esclavos, privó al continente de cientos de generaciones e introdujo deformaciones estructurales cuyas consecuencias subsisten.

En África la democracia es tan reciente que, en 47 países, apenas hay alguna consolidada y en pocos han madurado instituciones civiles que aseguren el funcionamiento y la estabilidad de sistemas políticos avanzados y garanticen los derechos y la participación ciudadana. 

En muchos países africanos existen organizaciones tribales, prácticamente ninguno se libra de conflictos étnicos y las tensiones religiosas principalmente derivadas de la presencia del Islam, afectan a la mayoría de ellos.

Nigeria uno de los mayores países africanos, con casi un millón de kilómetros cuadrados, el más poblado con alrededor de 150 millones de habitantes y uno de los más solvente, no es excepción sino botón de muestra. Precisamente allí surgió y progresa una de las más salvajes expresiones del sectarismo y el atraso: Boko Haram.

Boko Haram carece de ideología y de doctrina. No es una organización política ni una secta religiosa, tampoco una etnia o tribu, sino un aborto que asume como enemigos mortales a los gobiernos y las fuerzas públicas de cualquier país, a los musulmanes que no acaten sus mandatos y a quienes practican otras religiones. Persigue a los ateos y agnósticos, a los intelectuales, los maestros y los estudiantes. Boko Haram está contra todo, todo el tiempo y del modo más violento que pueda ser imaginado.

Como mismo ocurrió con Al Qaeda, el Estado Islámico y otra decena de organizaciones terroristas que se escudan en una matriz islámica, Boko Haram, ha crecido al calor de manipulaciones de las situaciones en las cuales se conjugan el atraso, el oscurantismo, la pobreza y las frustraciones de los pueblos, con ambiciones y pasiones de individuos y sectas que de muchas maneras son alimentadas por las políticas imperiales.

Las levas de Boko Haram asesinan cada semana a más personas de las que murieron en las Torres Gemelas de Nueva York el 11-S. La peligrosidad de este fenómeno, ante el cual las autoridades de Nigeria parecen impotentes, es que se extiende por los países limítrofes y amenaza a toda África.

De no detenerlo, Boko Haram puede tomar el poder en Nigeria o dividir al país, lo cual, de cara a lo que ocurre en otras regiones, significa una amenaza real y de corto plazo para toda África, que tarda en reaccionar. No me extrañaría que llegue al extremo de pedir a Francia, Gran Bretaña e incluso a Estados Unidos que intervenga, tal como ocurre con el Estado Islámico (EI).

Se trata de inconsecuencias políticas que se reiteran y alimentan una noria que no parece tener fin. Allá nos vemos.