domingo, 7 de diciembre de 2014

TRADICIÓN E INNOVACIÓN

Barata[3]Por: Jorge Gómez Barata

Existen ramas como la nanotecnología, la informática, la ingeniería genética, la biotecnología, las neurociencias y otras en las cuales al año las ideas comienzan a desactulizarse, a los cinco son viejas y cumplido diez se vuelven historia antigua. De haber progresado al mismo ritmo que la cultura política, ninguna de esas disciplinas existiría y los países más desarrollados se alumbrarían con lámparas de aceite, se trasladarían a caballo y se curarían con yerbas.

Por un extraño fenómeno, mientras en los siglos XIX y XX la cultura material, especialmente la ciencia, la tecnología, la economía y la vida urbana, registraron impresionantes avances, en el ámbito del pensamiento y de los modelos y las estructuras políticas, los aportes fueron mínimos.

En el siglo XVIII las ideas liberales progresaron e indicaron el camino que condujo a las grandes revoluciones que, en Estados Unidos (1776) y Francia (1789) inauguraron la era de la democracia, instalando modelos políticos que, en el siglo XIX, se replicaron en Iberoamérica y Japón. Desde entonces, en esas esferas no hubo cambios sustanciales.

La única innovación significativa se registró en el siglo XIX con el surgimiento del socialismo de matriz marxista. Un tronco común a partir del cual se fomentó un pensamiento alternativo al capitalismo que dio lugar a tres grandes corrientes políticas: la más radical condujo al comunismo, otra derivó hacía el reformismo socialdemócrata y un ramal al pensamiento político inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia, conocido como Democracia Cristiana.

La opción socialdemócrata que propuso conciliar el capitalismo con ciertos estándares de justicia social, tuvo éxito en parte de Europa y, aunque anulada por el fascismo, revivió en la posguerra y, en varios países avanzó en la construcción de los “estados de bienestar”. Un modelo político de inspiración socialista liberal y economía social de mercado que las concesiones al neoliberalismo ha puesto en crisis.

En cuanto al comunismo, cuyo triunfo en la Rusia de 1917 pudo ser un aporte trascendental, tuvo que enfrentar la hostilidad visceral de la burguesía mundial, del fascismo, el imperialismo, así como lidiar con defectos de génesis, errores teóricos interpretaciones torcidas del pensamiento de Carlos Marx y asumir los costos de desviaciones políticas como el estalinismo y el inmovilismo que, en conjunto, dieron al traste con el proyecto.

En materia política e ideológica, con significativas excepciones, el mundo de hoy se orienta por ideas producidas entre 300 y 150 años atrás y persigue metas identificadas hace más de dos siglos. En el extremo de una escala que incluye el conservadurismo, el fundamentalismo y el dogmatismo, se encuentran fuerzas retrógradas que, como el Islam político radical, demonizan la democracia y el estado de derecho y se plantean la instauración de regímenes teocráticos y califatos.

Tal vez la explicación del fenómeno radica en que la burguesía no necesita innovar porque el marco liberal es suficientemente amplio y flexible y permite un desarrollo del capitalismo prácticamente infinito. Quien lo necesita es la izquierda marxista que, al declararse inconforme con el status quo, está obligada a proponer alternativas. Ocurre sin embargo que, desde el poder, en lugar de acogerlas, el socialismo real rechazó las nuevas ideas.

Referido a la cultura, la tradición encanta y las restauraciones son magnificas, mas, cuando se les asocia al pensamiento político, son pesos muertos, lastres que conducen a la consagración del status quo, cierran el paso a la innovación y consagran el conservadurismo que, en la dosis exacta es tolerable pero, exagerado se torna raccionario.

Obstaculizar las ideas nuevas, rechazar las innovaciones, no tomarse en serio la necesidad de sustanciar científicamente la labor ideológica, creer que en ese ámbito todo está dicho y basta con reproducirlo en los nuevos escenarios e inculcarlos a las nuevas generaciones, es tratar de persuadir a “nativos digitales” rumiando dogmas que hace 200 años eran ya discutibles.

Esos empeños, donde quiera que se realicen y bajo cualquier excusa, son absurdos y maneras poco inteligentes de perder tiempo y oportunidades. Allá nos vemos.